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Nevaco Global
26 de septiembre de 2026

La Europa de Le Pen, Weidel y Meloni: cómo los ultras planean tomar la UE

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Los extremistas ya no quieren sacar a sus países de la Unión: quieren mandar en esta. Para transformarla en un mercado único sin peso político. Y sin las reformas en defensa, finanzas o energía que son apremiantes

La izquierda no ha sido capaz de situar a una mujer al frente de alguno de los grandes países de Europa, y las gobernantes que hemos conocido, de Thatcher a Merkel, pertenecían al bando conservador. Sin embargo, hoy tenemos a tres mujeres liderando la ultraderecha que avanza a paso firme por el continente: Marine Le Pen, favorita en las presidenciales francesas de abril y mayo; Alice Weidel, la cabeza más visible de Alternativa para Alemania (AfD), la fuerza que rompe todos los techos en las elecciones regionales; y Giorgia Meloni, primera ministra italiana desde 2022, que aspira a la reelección en primavera. Su empuje puede cambiar Europa, quizás hasta hacerla irreconocible, en muy pocos años.

Un temor se extiende por las instituciones europeas: que la extrema derecha se haga con el poder de grandes capitales y que logre también formar una mayoría en Bruselas con los alicaídos conservadores, que acabe con la actual gran coalición europeísta (centroderecha, socialistas, liberales y verdes), la que, al menos con los dos primeros, ha gestionado la UE desde su fundación. El vuelco puede consumarse entre 2027, cuando coinciden elecciones relevantes en Francia, España, Polonia, Italia y Grecia, y 2029, cuando toca renovar el Parlamento Europeo. Los ultras ya no quieren sacar a sus países de la Unión: quieren mandar en esta. Si no para dinamitarla, para transformarla. Para reducirla a un mercado común, y ya veremos el euro, sin peso político. Y devolver así la soberanía a los Estados.

Le Pen, Meloni y Weidel no son lo mismo, como no lo son sus partidos ni sus contextos nacionales. Coinciden en un discurso nacionalista, por la seguridad, contra la inmigración y contra la transición verde, pero no tanto en su posición sobre la UE ni en sus propuestas económicas. Tampoco en su afinidad con la Rusia de Putin. Meloni se ha mostrado más pragmática de lo esperado en su primer mandato: se integró en el consenso europeísta y mantuvo el apoyo a Ucrania. Ya le ha salido una escisión por la derecha (Futuro Nazionale) y, aun si vuelve a ser la más votada, no tiene asegurada la reelección. Marine Le Pen ha avanzado, desde que rompió en 2015 con su padre Jean-Marie, en la estrategia llamada de “desdemonización” para mostrarse más votable por el francés medio: incluso apoyó la protección constitucional del aborto y se desmarcó de Trump. Ya no defiende como antes el Frexit, la versión francesa del Brexit, pero quiere otra Europa, que llama “de las naciones”. Los ultras alemanes de Weidel son con mucho los más agresivos: apuestan por desmantelar la Unión y el euro, por el cierre de las fronteras y por la “remigración”, eufemismo de limpieza étnica. A Kiev ni agua: quieren levantar sanciones a Moscú.

En este contexto se produce la evidente derechización de la Comisión de Ursula von der Leyen, que ha redefinido sus prioridades. Frente a la agenda verde y los fondos de recuperación de la pandemia que marcaron su mandato anterior, ahora se ha empeñado en la desregulación (o “simplificación” normativa) y en sacar a los inmigrantes, lo que se ha denominado como una “melonización”.

Que Le Pen se instalara en el Elíseo de París, la capital que junto a Berlín forma el eje de la Unión, abocaría a un cambio de rumbo más brusco. La candidata puede salvar esta vez los cordones sanitarios que le cortaron el paso en 2022, sobre todo si en la segunda vuelta se mide con Jean-Luc Mélenchon, líder de una izquierda dura que genera mucho rechazo. La presidenta del BCE, Christine Lagarde, coquetea con la idea de ser candidata del centroderecha; está por ver su tirón electoral, porque representa a las élites comunitarias que denuestan los ultras.

‌Lo de Weidel y AfD es más escalofriante. Por la historia reciente de Alemania, por su programa mucho más radical, porque en sus filas se inscriben quienes fueron neonazis, delincuentes o proxenetas. Y eso que Weidel es una candidata atípica para ese mundo: tiene como pareja a una mujer con origen en Sri Lanka, viven en Suiza y tienen dos hijos. Weidel forma tándem al frente del partido con Tino Chrupalla, un perfil que encaja mejor en el tradicionalismo. Es difícil que AfD conquiste el poder federal en Alemania, no tanto que llegue a ser la fuerza más votada. Allí se ha mantenido con cierta firmeza el cordón sanitario: democristianos y socialdemócratas han formado coaliciones siempre que ha sido necesario, con verdes y liberales como socios adicionales, para frenar a la ultraderecha. Rompe ese cordón una nueva seudoizquierda nacionalista (la de otra mujer: Sahra Wagenknecht), escisión de los poscomunistas de Die Linke, que se niega a aislar a AfD.

‌El problema de las grandes coaliciones, en Berlín como en Bruselas, es que dejan vía libre a los extremistas para presentarse como única alternativa a lo que hay. El desastre de la CDU en las últimas elecciones regionales deja muy tocado al Gobierno del canciller Merz y pone en duda que la gran coalición siga sumando en próximas legislaturas. Que los conservadores de siempre sean engullidos por una ultraderecha en expansión no está ocurriendo solo en Alemania, y es una señal alarmante para el futuro de la democracia liberal.

La UE puede transformarse cuando alguien como Le Pen presida Francia, porque no se espera que sea tan dúctil como Meloni; un Gobierno de AfD se ve más lejano, pero causaría pavor. El vuelco puede llegar a las mismas instituciones europeas. En el Parlamento Europeo, las extremas derechas están divididas en tres grupos: los Patriotas (el partido de Le Pen, Vox, la Chega portuguesa y los húngaros de Orbán, entre otros); los Conservadores y Reformistas (el partido de Meloni con los polacos de Ley y Justicia); y casi sola AfD, demasiado radical incluso para los demás ultras, en un grupo llamado Europa de las Naciones Soberanas. No solo les diferencia el grado de extremismo, sino su relación con Rusia: Meloni y sus aliados polacos son atlantistas y apoyan a Ucrania; los Patriotas de Le Pen y AfD niegan el auxilio a Kiev y tienen ciertos vínculos con el Kremlin.

No les haría falta esperar a 2029: ya existe en Bruselas y Estrasburgo, las sedes del Parlamento Europeo, una mayoría de escaños de las derechas como alternativa inmediata a la gran coalición. Depende solo de los conservadores, noqueados en varios países, inclinarse a un lado u otro. En algunas votaciones se han unido el Partido Popular Europeo y los tres grupos más a su derecha, como aquella bochornosa en la que se aprobó el Reglamento de Retornos (centros de deportación en el exterior, separación de familias, límites al asilo), jaleado por la bancada ultra con gritos de “¡Send them back!” (enviadlos de vuelta). Algo se rompió ese día.

La UE tiene por delante tareas de enorme trascendencia que no serían posibles con el concurso de una ultraderecha embravecida. Entre las reformas más apremiantes figuran el diseño de una defensa común (con socios como Canadá y Reino Unido, sin EE UU) ante la amenaza cada vez más palpable de ataques de Rusia; completar de una vez la unión bancaria y la de los mercados de capitales, imprescindibles para movilizar las inversiones que hacen falta, o crear un auténtico espacio único en mercados fragmentados como la energía y las telecos. Reformas inaplazables, porque ya llegan tarde, si es que Europa aspira a tener un peso propio en el mundo.

Los agentes económicos no parecen inquietos por la idea de que las extremas derechas manden en Europa. Existen precedentes históricos de adhesión de las élites financieras a líderes autoritarios y hasta totalitarios. La derecha dura se debate entre dos tendencias contradictorias: el ultraliberalismo (la motosierra de Milei) y el proteccionismo (los aranceles de Trump). La gente del dinero aplaudiría recortes del gasto público, rebajas de impuestos o la desregulación; no tanto que se descuide el déficit (ya muy elevado) o que se desbarate el mercado único.

¿Y en España? Vox, sin rostro femenino alguno porque solo manda Abascal, tiene el viento a su favor, y solo le faltaba la crisis de Ceuta para mejorar su posición de cara a las elecciones del mes que sea de 2027. El partido ultra no está cerca, al menos por ahora, de dar el sorpasso al Partido Popular, uno de los escasos partidos conservadores que resisten en la UE. Ambos gobernarán juntos si les dan los números, porque nunca hubo aquí nada parecido a un cordón sanitario. Ni los populares muestran ya reparo alguno en firmar coaliciones con Vox, lo que han hecho siempre que lo necesitaban, ni la izquierda está dispuesta a facilitar un Gobierno del PP que excluya a los ultras, aferrada como está al “no es no”. De la gran coalición ni hablamos.

Sería una primera victoria de los ultras convencernos de que es inevitable que lleguen próximamente al poder. No lo es. Depende también de lo que hagan, hagamos, los demás. Lo primero: recuperar la iniciativa.

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