La relación entre EE UU y Brasil atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas, en medio de otros frentes de crisis diplomáticas que le han surgido a Brasilia con Argentina y Paraguay. Sin embargo, la decisión de la Administración de Donald Trump de cancelar el visado de la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Viotti, ha supuesto un salto cualitativo en la turbulenta relación con la Casa Blanca que amenaza con lastrar la campaña presidencial brasileña y alterar el equilibrio político en América Latina.
Washington justifica la medida como una respuesta de reciprocidad al retraso del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en conceder el beneplácito diplomático —el agrément— al candidato estadounidense para ocupar la Embajada en Brasilia, Danny Pérez. Además, la Casa Blanca recuerda que Brasil denegó recientemente el acceso a dos funcionarios del Departamento de Estado.
Sin embargo, Brasil rechaza frontalmente esa versión. El Ministerio de Relaciones Exteriores sostiene que Washington incumplió las normas diplomáticas al hacer pública la designación de su embajador antes de completar el procedimiento habitual y acusa a Washington de utilizar el conflicto para presionar políticamente al Ejecutivo brasileño. En un comunicado de extraordinaria dureza, Itamaraty calificó la revocación del visado como parte de una “escalada deliberada de medidas hostiles” y denunció un intento de influir en las elecciones presidenciales previstas para el 4 de octubre.
El choque diplomático llega en el momento más sensible para la política brasileña. Lula aspira a un cuarto mandato presidencial frente al senador Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por la Justicia brasileña por el intento de golpe de Estado tras las elecciones de 2022.
El Gobierno brasileño interpreta que la sucesión de decisiones adoptadas por Washington —desde la negativa de visados hasta la retirada del permiso diplomático a Viotti— forma parte de una estrategia de presión política favorable al entorno bolsonarista. EE UU, por su parte, niega cualquier voluntad de interferir en el proceso electoral y mantiene que todas sus actuaciones responden exclusivamente a criterios diplomáticos y de reciprocidad.
La retirada del visado no constituye un episodio aislado, sino el último capítulo de una relación bilateral cada vez más deteriorada. Durante el último año ambos gobiernos ya protagonizaron fuertes desencuentros por los aranceles estadounidenses sobre productos brasileños, las sanciones impuestas contra responsables judiciales vinculados al proceso contra Jair Bolsonaro y las discrepancias sobre la regulación de las plataformas digitales y la política latinoamericana. Aunque Lula y Trump intentaron escenificar un acercamiento institucional meses atrás, los principales conflictos nunca llegaron a resolverse.
La crisis se agravó recientemente cuando Brasil negó el acceso a dos enviados del Departamento de Estado que, según Brasilia, pretendían abordar cuestiones relacionadas con la libertad de expresión y el proceso electoral. Las autoridades brasileñas consideraron aquella visita un intento inaceptable de cuestionar la fiabilidad del sistema electoral del país.
El enfrentamiento con Washington coincide con un momento especialmente complejo para la política exterior brasileña.
Mientras intenta mantener su protagonismo dentro de los BRICS y reforzar su papel como potencia continental, Brasil también afronta diferencias con algunos gobiernos vecinos sobre comercio, integración regional y seguridad fronteriza. La escalada con Washington implica un nuevo foco de presión sobre una diplomacia que debe equilibrar su relación con la primera potencia mundial sin renunciar a la autonomía estratégica que Lula ha convertido en una de las señas de identidad de su política exterior.
Por ahora, la embajadora Maria Luiza Viotti no será expulsada de Estados Unidos, aunque queda en una situación diplomática inédita. Washington ha dejado abierta la puerta a revertir la medida si Brasil aprueba finalmente el nombramiento de Danny Pérez, mientras el Gobierno de Lula insiste en que seguirá examinando la solicitud conforme a los procedimientos habituales y rechaza actuar bajo presión.
El desenlace dependerá en buena medida del resultado de las elecciones brasileñas y de la evolución de una relación bilateral que ha pasado, en apenas unos meses, de los intentos de distensión a un pulso diplomático que amenaza con convertirse en uno de los principales focos de tensión política del continente americano. @mundiario