En la región Pasco, los Andes centrales del Perú albergan un paisaje volcánico de apariencia extraterrestre, caracterizado por colosales estructuras pétreas que emergen entre humedales, pajonales y lagunas. Este refugio natural conserva la memoria de antiguos procesos geológicos y evidencia el paso de los primeros cazadores que habitaron la puna hace 10.000 años.
El singular territorio destaca por su biodiversidad altoandina y un rico patrimonio arqueológico que incluye vestigios rupestres. Hoy, el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp) resguarda el lugar como área natural por su importancia paisajística, arqueológica y científica, donde abrigos rocosos y puquiales ofrecen condiciones clave para la vida.
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Ubicado en el distrito y provincia de Huayllay, región Pasco, el Santuario Nacional de Huayllay resguarda un impresionante territorio de 6.815 hectáreas entre los 4.100 y 4.546 metros sobre el nivel del mar. La reserva fue establecida el 7 de agosto de 1974 con el objetivo central de conservar las formaciones geológicas del Bosque de Piedras, además de su flora y fauna nativas, según detalla el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp).
Alrededor del 90% de la arquitectura rocosa posee un origen volcánico. La acción del viento y el clima labró columnas, cavidades y farallones en la meseta de Bombón, cuyas siluetas evocan figuras de animales como elefantes, cobras, cóndores y tortugas. Ese verdadero museo geológico al aire libre integra además bofedales, fuentes termales y lagunas que completan un entorno de belleza extraordinaria.
El destino alberga un invaluable legado arqueológico repartido entre cavidades y paredones pétreos. Investigadores identificaron más de 500 pinturas rupestres sobre la ocupación humana ancestral, varias con representaciones de camélidos. Quienes transitan sus senderos a pie aprecian esculturas famosas como el ángel, el turista y el rostro humano, de acuerdo con registros del Sernanp y el inventario del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo.
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Las pinturas rupestres confirman la llegada de comunidades primigenias a este paraje altoandino hace más de diez milenios. Aquellos albergues en las estructuras pétreas brindaron resguardo temporal frente a vientos helados, precipitaciones y temperaturas extremas de la puna. Asimismo, el acceso a fuentes hídricas junto a la abundancia de vicuñas convirtieron el territorio en un punto estratégico para la supervivencia mediante la caza y recolección.
Con el paso del tiempo, el arte parietal registró la evolución del vínculo entre las personas y los animales. De acuerdo con el portal de promoción turística Y tú qué planes, estas evidencias permiten situar el inicio de la domesticación de llamas y alpacas alrededor del 6000 a. C. y su posterior uso como transporte de carga hacia el 4500 a. C. Por esta razón, el vestigio resulta clave para analizar la transición desde bandas nómadas hasta sociedades pastoriles en el Perú profundo.
Por otra parte, la riqueza científica trasciende la superficie. La guía del Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (Ingemmet) documenta rocas volcánicas, materiales sedimentarios, vestigios de antiguos ambientes marinos y formas producidas por procesos glaciales, glaciofluviales y fluviales. Este patrimonio natural facilita la reconstrucción sobre la historia geotectónica de la cordillera central, el poblamiento prehistórico y la adaptación de la biodiversidad en ecosistemas de extrema altitud.
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