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Nevaco Global
1 de septiembre de 2026

A cinco dólares el rayo divino

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Durante siglos para tener poder de fuego había que ser rey, general, presidente o, cuando menos, conocer al uniformado correcto. Había que fabricar cañones, mantener ejércitos, comprar aviones, construir cuarteles y disponer de un presupuesto nacional. Hoy basta una tarjeta de crédito, una tienda en internet y algunos miles de dólares para poner un aparato en el cielo capaz de vigilar una carretera, seguir una patrulla, llevar droga, reconocer un terreno o indicarle a alguien dónde está exactamente su enemigo. Y para derribarlos, los estadounidenses acaban de estrenar otra maravilla: un láser cuyo disparo cuesta menos de cinco dólares.

La semana pasada, el ejército de Estados Unidos derribó tres drones vinculados con cárteles mexicanos cerca de Texas. No lanzó misiles ni movilizó un escuadrón de cazas. Los siguió, apuntó un sistema láser y los rostizó en el aire. El haz de luz ni siquiera se ve, como nos acostumbraron las Guerras de las Galaxias de Hollywood. No hay rayo verde cruzando el firmamento haciendo «fwoosh», ni soldado gritando «¡fuego!». Hay una máquina que encuentra otra máquina, concentra energía durante unos segundos y se acabó el dron con cinco dólares.

Lo verdaderamente importante no es el precio del disparo, sino el precio que ha alcanzado el poder. Porque el dron tiene la virtud inquietante de servir para casi todo. El agricultor lo manda sobre un cultivo para revisar humedad, plagas o fertilización. Un ganadero puede contar animales sin recorrer kilómetros. Una constructora inspecciona una obra. Una empresa imagina repartir paquetes. Protección Civil revisa una barranca. Un muchacho filma una boda. Y un cártel vigila una patrulla. El aparato es el mismo. Lo que cambia es el dueño.

Ése es uno de los grandes problemas tecnológicos de nuestro tiempo: muchas herramientas dejaron de pertenecer exclusivamente a los poderosos. El avión nació como una proeza industrial; el dron cabe en la cajuela. La fotografía aérea fue durante décadas cosa de ejércitos; hoy la consigue cualquiera que tenga suficiente dinero y haya visto dos tutoriales en YouTube.

Vigilar desde el cielo dejó de ser privilegio del Estado. Y con ello se movió discretamente una de las columnas sobre las que construimos la vida pública: el monopolio de la fuerza. Un Estado funciona, entre otras razones, porque dispone de capacidades que el ciudadano común no tiene. Usted puede enojarse con el vecino, pero el ejército tiene tanques. Usted puede comprarse una camioneta; la fuerza aérea tiene aviones. Usted posee un teléfono; el Estado dispone —o debería disponer— de sistemas de inteligencia.

El problema comienza cuando el delincuente compra tecnología casi al mismo ritmo que la autoridad. Los cárteles entendieron esto perfectamente. Antes necesitaban un halcón en un cerro con radio y binoculares. Ahora pueden tener un halcón con cuatro hélices, cámara de alta definición y una vista espléndida de varios kilómetros. No cobra nómina, no pide comida y, si cae, se compra otro. La frontera norte lleva tiempo viviendo esa transición. Una carrera tecnológica propia de nuestros tiempos. Baratísimo el disparo. Carísima la época.

Estados Unidos dijo que la operación se realizó coordinadamente con México. Que los drones se derribaron dentro del territorio gringo. Claudia Sheinbaum ha advertido, correctamente, que una acción unilateral dentro de territorio mexicano sería una violación grave de soberanía. ¿Qué más podría decir? La soberanía ya no consiste solamente en poner una bandera, una aduana y soldados en una línea del mapa. Consiste en tener capacidad tecnológica para gobernar lo que ocurre dentro de ella.

La tecnología no distingue civilización de barbarie. Simplemente multiplica la capacidad de quien la sostiene. Por eso la noticia no son tres drones destruidos ni un maravilloso rayo láser de cinco dólares. La noticia es que comprar poder nunca había sido tan barato. Y cuando el poder se abarata, el Estado que no se moderniza, se encoge, y nomás vea qué encogido está nuestro Estado.

Carlo E. Núñez Aguilera es poblano, ingeniero en agrobiotecnología por el Tecnológico de Monterrey ─con especialidad en sistemas de producción agroalimentarios─ y maestro en desarrollo e innovación rural por la Universidad de Wageningen, en Holanda. Ha sido director de Seguridad Alimentaria, y de Innovación y Competitividad, para el Gobierno del Estado de Puebla.

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