Las consecuencias económicas de la guerra de Irán parecen haber colmado la paciencia del canciller alemán, que encadena críticas al estadounidense
Cuando, en junio de 2025, el recién elegido canciller alemán, Friedrich Merz, acudió a la Casa Blanca en su primera visita oficial tras su investidura, lo hizo con el objetivo de revivir la alianza transatlántica entre ambos países, y consciente de la importancia de Estados Unidos para Alemania, sobre todo, en materia de seguridad. Un año más tarde, y después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, declarase su intento de anexionar Groenlandia, lanzase un conflicto comercial e impulsara una guerra contra Irán sin previo aviso a sus aliados, las grietas en la relación bilateral parecen cada vez más profundas.
Durante tres visitas oficiales a Washington, Merz evitó ofender a Trump, con el objetivo de mantener viva la OTAN y su apoyo a Ucrania frente a Rusia y, además, suavizar el impacto de los aranceles con los que lleva meses amenazando el mandatario estadounidense. Si para ello tenía que agachar la cabeza cuando el líder republicano arremetía contra socios europeos como España, eso era visto como un mal menor. Todo con tal de no llevar la contraria a Trump en público y evitar uno de sus ya conocidos arrebatos ante las cámaras. El mandatario halagó entonces a Merz como “un hombre de gran éxito” y un “gran líder” que hace un “trabajo magnífico”.
El canciller parecía estar consolidándose como uno de los mandatarios europeos favoritos de Trump, sobre todo gracias al notable aumento del gasto en Defensa de Alemania. Su pasado como eurodiputado y su participación en organizaciones transatlánticas —fue durante mucho tiempo presidente de la asociación Atlantik-Brücke— le proporcionó probablemente una visión diferente a la de la política alemana, a menudo de carácter provinciano, y le permitió abordar la política exterior con una seguridad en sí mismo inusual.
Sin embargo, la guerra de Irán y la consiguiente crisis energética, que ha golpeado duramente a Alemania en un momento de gran debilidad económica, parecen haber colmado la paciencia de Merz, que hace días, durante una charla con estudiantes en un instituto alemán, dijo abiertamente que EE UU “está siendo humillado por Irán”.
Esas palabras desataron la ira de Trump, que afirmó que el canciller alemán “no tiene ni idea de lo que habla” y que “no es de extrañar que a Alemania le vaya tan mal, tanto económicamente como en otros aspectos”. Poco después, la Casa Blanca anunció la retirada de 5.000 soldados estacionados en territorio alemán. Merz se unía así a la lista de mandatarios, como el británico Keir Starmer o la italiana Giorgia Meloni, que durante un tiempo fueron los mejores amigos de Trump... hasta que dejaron de serlo.
Muchos se preguntaron en Alemania si esas declaraciones habían sido un desliz de Merz o si eran parte de una estrategia para reivindicar la importancia de contar con una Europa fuerte, como ya hiciera en la pasada Conferencia de Seguridad de Múnich.
“En primer lugar, no hay que subestimar a los alumnos alemanes”, explica Jürgen Hardt, portavoz de exteriores de la fracción conservadora en el Parlamento. En su opinión, el del canciller es “un análisis acertado de la situación, tal y como la perciben muchos ciudadanos estadounidenses y muchos ciudadanos europeos”.
Según el diputado cristianodemócrata, todo se ha exagerado en las últimas semanas. Él asegura que los parlamentarios alemanes siguen teniendo “muy buenas experiencias tanto con los diputados republicanos como con los demócratas, así como con representantes del Gobierno [de EE UU]”. “Y sé que también hay conversaciones entre el canciller alemán y el presidente de Estados Unidos de forma reiterada, al menos por teléfono”, afirma.
Algo que también ha señalado estos días el propio Merz, que ha vuelto a destacar la importancia de estas relaciones transatlánticas y que el viernes informó de que había tenido una “buena conversación telefónica” sobre Irán con Trump durante su viaje de regreso de China.
Paradójicamente, ese tuit llegó solo unas horas después de que en una charla con jóvenes durante la Jornada Católica, en la ciudad bávara de Würzburg, reconociera que su admiración por Estados Unidos no está creciendo precisamente, y afirmara que “no recomendaría” a sus hijos que “se fueran a EE UU” para formarse o trabajar. “Actualmente, los mejor formados de EE UU tienen grandes dificultades para encontrar trabajo”, remató, cargando a continuación contra el “clima social” que se está generando en ese país.
Al que fuera denominado “canciller de Asuntos Exteriores” —una crítica por la tendencia de Merz de eludir los problemas internos de un país inmerso en una profunda crisis estructural— muchos le echan ahora en cara no haber actuado con más diplomacia en la cuestión iraní. Incluso la ex canciller alemana Angela Merkel llamó esta semana a la serenidad. “Hay que buscar puntos en común y, al mismo tiempo, actuar sin miedo”, recomendó en una entrevista con la publicación alemana Focus. La política conservadora que gobernó Alemania desde 2005 hasta 2021, y que lidió con Trump en su primer mandato en la Casa Blanca, advirtió sobre el poder de los mandatarios en todo el mundo. “Quien ha llegado a esos puestos tiene, sencillamente, un poder increíble. Y por eso hay que tomárselo muy, muy en serio”.
Las acusaciones mutuas que Merz y Trump se han intercambiado recientemente son expresión de una desavenencia que llega aún más hondo que la que se produjo en torno a la guerra de Irak en la época del canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, que hasta ahora había sido “la mayor crisis en las relaciones transatlánticas” entre Alemania y Estados Unidos, como escribió estos días el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung.
“En aquel entonces, al menos, aún estaban juntos en Afganistán, lo que daba un propósito a la OTAN”, señalaba este medio. Ahora el país y Europa deben independizarse del antiguo aliado, que se ha vuelto voluble y poco fiable, pero al mismo tiempo luchan por que se mantenga la OTAN.
Para Dominik Tolksdorf, experto en relaciones transatlánticas del think tank Asociación Alemana para Política Exterior (DGAP), no hay que olvidar que la decisión de Washington de retirar tropas se engloba dentro de la reorientación estratégica de EE UU, aunque ahora sea visto como una represalia, y reconoce que las relaciones seguirán siendo difíciles en temas como Ucrania y las disputas comerciales.