Donde la madera huele a amor
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Es uno de los nombres más sonados de la literatura LGTBIQ+ de no ficción de los últimos años. Este estadounidense narra el devenir reciente del colectivo con un rigor y una profundidad emocional insólitos. Ahora publica en España su primer gran éxito, ‘Gay Bar’
“Lo aburrido es lo que hace que esto funcione”. El escritor Jeremy Atherton Lin (Nueva Jersey, 52 años) está explicando los mecanismos de una relación de larga duración entre dos hombres, en concreto la suya, y la moraleja de la frase es que andar buscando emociones fuertes puede moverte muy rápido pero no te va a llevar muy lejos. La relación, argumenta, al menos en su caso, está en los pequeños momentos cotidianos y repetitivos que habitualmente no se convierten en historias porque, en realidad, ni siquiera sus protagonistas suelen recordar muy bien. El mismo principio explica su trabajo como escritor. En los últimos cinco años, Atherton Lin se ha ganado fama en el mundo anglosajón como un historiador cultural LGTBIQ+ de primer orden, autor de dos libros que han acabado en la lista de lo mejor de sus años en The New York Times, Publishers Weekly, The New Yorker o Vogue. Escribe autoficción: relatos verídicos y personales que explican la evolución del colectivo en el último medio siglo, de los primeros orgullos al sida, al matrimonio igualitario, a los retrocesos MAGA. Pero estas narraciones están profundamente documentadas, a veces construidas sobre artículos periodísticos olvidados o sentencias judiciales: hablamos de un tipo capaz de escribir las más explícitas escenas sexuales y, al día siguiente, perderse en el acta de una votación en el Congreso en 2004 porque alguna de esas frases puede encapsular el momento histórico. Son relatos poderosos, pero lo aburrido, la documentación, es lo que los vuelve importantes. Lo aburrido es lo que hace que esto funcione. “Al escribir del relato LGTBIQ+ en clave tanto histórica como personal, el resultado es mixto. Da sensación de triunfo, por equívoco que sea, de progreso y logros. Pero es necesario contar los traumas y las tragedias”, explica una tarde de inexplicable sol británico en una playa cercana a su casa en Sussex, al sur de Londres.
Nacido en la costa este de Estados Unidos pero criado en California, en el oeste; americano pero afincado en Inglaterra, de rasgos blancos pero raíces asiáticas (padre chino y madre procedente de Europa del Este), Atherton Lin está acostumbrado a ver las cosas desde fuera. Estos días acaba de publicarse en España Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas (Capitán Swing), el primer libro en que aplicó esta fórmula que tanto le acerca a gigantes como Rebecca Solnit. En él, Atherton Lin cuenta la crónica de los bares (o discotecas o clubes) gais, o sea, la historia gay, desde una perspectiva nueva. Si bien, en el relato clásico, el bar es una solución —el lugar donde uno se siente arropado, incluido y protegido del mundo exterior—, el autor lo explora con un ojo más crítico: son refugios, sí, pero también fuente de traumas, reproducción de las dinámicas racistas o machistas del exterior. Esta mirada le ha permitido escribir Deep House, que publicó el año pasado (sin traducción en España) y que cuenta la historia LGTBIQ+ y sus intersecciones con la imnmigración con la mirada crítica en unos vicios que el colectivo no debería seguir ignorando.
Su libro hace lecturas bastante ambivalentes de los bares LGTBIQ+, lo cual es infrecuente en trabajos sobre el tema. ¿Cómo ha llegado a ellas?
Se ha hablado de estos espacios con lenguaje utópico. Al contar sus historias, yo no solo los celebro, sino que los critico por sus prácticas racistas, sexistas o tránsfobas, por ser lugares regidos por microjerarquías. El edadismo, la discriminación por el aspecto. Quería mostrarlos no solo como un refugio de las jerarquías del mundo exterior, que también lo son, sino una reiteración de ellas. Además, me considero, sobre todo, un escritor de memorias. Cuando tengo una idea pienso: ¿dónde quepo yo aquí? Soy un investigador obstinado, pero no separo esas dos áreas, la historia cultural y la primera persona. Y si me uso a mí mismo como vehículo para explicar algo me parecería hipócrita no expresar ambivalencia, confusión y cambios de opinión.
En tiempos de opresión, cuando el objetivo es demostrar la validez de algo que los demás intentan destruir, la ambivalencia quizá sea un lujo. Ahora, que los tiempos son otros, de opresiones quizá menos urgentes que antes, ¿la ambivalencia le parece una responsabilidad?
La ambivalencia me parece tan impura como cualquier otra cosa, pero es vital ser crítico con cualquier sistema jerárquico. En realidad, es necesario no solo cuestionarlo todo, sino cuestionarnos a nosotros mismos por cuestionarlo. Supongo que intento evitar ser un hater por culpa de algún residuo de odio a mí mismo, de homofobia interiorizada. De hecho, escribir Gay Bar me ha vuelto mucho más comprensivo, empático incluso, hacia las mismas afectaciones que tanto me aterraban en otros hombres gais. El fascismo del cuerpo perfecto, por ejemplo, presente tanto en la publicidad como en la calle: tiene mucho que ver con el miedo a una enfermedad terminal. Da pena pensarlo, pero hacerlo me ha dado un conocimiento más hondo de por qué sucede. Soy de los que se ponen nerviosos cuando se juntan con otra gente; estas investigaciones me han hecho ser más comprensivo.
¿Qué mitos sobre la vida nocturna LGTBIQ+ siente haber desmontado?
A mi primer bar me llevaron, no lo busqué activamente. Fui identificado. En la universidad, unos compañeros dijeron: “¡Sabemos exactamente adónde llevarte a ti!”. En contraste, lo que siempre oigo, de alguien de una generación anterior a la mía, es que sabían de un bar, secreto y sin distintivos; que se acercaron nerviosamente a él; que dieron la vuelta a la manzana y que no se atrevieron a entrar. Que al día siguiente sí entraron, que una drag queen los tomó de la mano y los subió a un escenario, que un chico guapo los besó, que así fue como se hicieron gais. La experiencia para muchos es más gradual y turbulenta. Podía ser decepcionante o directamente deprimente. Y me ha escrito mucha gente muy identificada con el relato tan poco utópico que yo describo. Aunque sí hubo, y los cuento en el libro, momentos en los que entre el garito y yo hubo una química que fue perfecta, aunque solo fuera por una noche, aunque solo fuera por una canción. Espero que, en esos pasajes, la musicalidad del libro (quizá no se puede hacer música con palabras, como no puedes hacer el amor con palabras, pero sí evocarla) pase de balada triste a temazo disco.
Habla de bares estadounidenses, ingleses, incluso madrileños. ¿Hay mucha diferencia de un país a otro?
Algo que puede que vaya en contra del movimiento gay es que se nos ve como gente que prolonga, vaya donde vaya, una monocultura, algo muy cosmopolita, ostentoso, de revista de moda. Hasta los nombres de los bares se repiten: hay un The Village en Londres que remite a Greenwich Village en Nueva York. Esto lleva implícita la idea de que la gente queer son siempre turistas dentro de la cultura regional. O colonizadores. El académico Carl Stychin decía que la transmisión del sida reforzó la idea de que los hombres gais ignoraban no solo las fronteras de las naciones, sino las de sus propios cuerpos.
¿Qué recuerdo le dejó su experiencia en bares gais como persona racializada?
Soy lo suficientemente joven, y quizá parezco lo suficientemente blanco, como para no haberlo pensado mucho en su día. O más bien no tenía el vocabulario necesario. En mi juventud era muy común, en los anuncios de contactos, exigir que no te escribieran “ni gordos, ni afeminados, ni asiáticos”. Yo puede que sea medio esas tres cosas. La estética de la época daba más valor a las identidades absolutas y sólidas: el jock [el joven musculado], el twink [el efebo delgado]; la lujuria socialmente construida iba hacia “tu tipo”. Y lo entiendo, es divertido jugar con los fetiches, pero puede ser inmensamente destructivo y deshumanizante para aquellos a los que hace sentir inadvertidos, sobre todo quienes no son blancos.
Gay Bar no escatima en intimidades sexuales. Deep House tiene una escena de sexo de nada menos que siete páginas. ¿Qué tal es exponer intimidades de esa manera?
De los autores que me inspiran, muchas son mujeres. O, mejor dicho, personas que no son hombres, porque Michelle Tea, que por cierto fue mi vecina, es no binaria. Eileen Myles sería otra. He leído mucha franqueza sexual no masculina y me parecía muy liberador ver a otros escritores reírse de sus experiencias y sus cuerpos. Esto que me parecía interesante pasó a parecerme verdaderamente importante.
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