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Nevaco Global
29 de julio de 2026

El enfoque de sistemas: cuando la FAO nos recuerda que la agricultura ya no cabe en los viejos moldes

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© Publicaciones del Chuvíscar S.A. de C.V. Todos los derechos reservados 2026

Desde hace más de una década, los foros internacionales vienen advirtiendo que la agricultura mundial entró en una zona de complejidad que ya no se resuelve con recetas simples. La Agenda 2030 de 2015, la Cumbre de Sistemas Alimentarios de 2021 y los informes del Grupo de Desarrollo Sostenible de 2023 coinciden en un punto: los sistemas agroalimentarios son demasiado interdependientes y presionados para seguir tratándolos como cadenas lineales de producción.

La FAO recoge esa trayectoria y la condensa en un documento paradigmático: Transformar la alimentación y la agricultura mediante un enfoque de sistemas. No es un manual técnico ni un catálogo de buenas prácticas. Es una invitación a cambiar la forma en que pensamos la agricultura, la alimentación y el futuro de nuestras sociedades.

Un diagnóstico que ya alcanzó a México. El sistema agroalimentario global enfrenta presiones simultáneas —crecimiento demográfico, degradación ambiental, estrés hídrico, pérdida de biodiversidad, variabilidad climática, desigualdad rural y cambios en el consumo— que ya no se pueden atender por separado. A esto se suma una paradoja que se siente en Chihuahua: mientras algunos territorios producen excedentes, otros viven inseguridad alimentaria crónica. El sistema, en su conjunto, no está generando bienestar equitativo.

La FAO es clara: la agricultura dejó de ser un sector aislado. Hoy define la salud, la economía, la estabilidad social y la resiliencia climática. Por eso propone un enfoque que permita ver el sistema completo y pensar en las consecuencias de cada decisión más allá de la parcela o del ciclo agrícola.

¿Qué significa un enfoque de sistemas? Para un lector no especializado, la FAO lo explica así: un sistema agroalimentario es todo lo que ocurre desde que se produce un alimento hasta que se consume. Y en ese sistema participan: Actores: productores, comerciantes, transportistas, consumidores, instituciones, comunidades, empresas, gobiernos. Políticas: reglas, incentivos, programas y regulaciones. Mercados: precios, competencia, acceso, distribución, exportaciones e importaciones. Infraestructura: caminos, acopios, riego, transporte, almacenamiento, tecnología. Comportamientos de consumo: lo que la gente compra, cómo cocina, qué desperdicia y qué valora.

Cuando la FAO habla de “actores”, no se refiere a especialistas en Bruselas o Roma: somos todos los que tocamos el sistema alimentario, desde quien siembra hasta quien compra una tortilla en la tienda de la esquina.

El enfoque de sistemas no es abstracto: evita que cada actor trabaje por su cuenta sin ver cómo sus decisiones afectan a los demás. Es reconocer que nadie controla el sistema en solitario y que la coordinación es tan importante como la producción.

La visión compartida: ordenar la conversación. La FAO insiste en que la transformación requiere una visión compartida. En un país como México —y en un estado como Chihuahua— donde conviven agricultura industrial, sistemas campesinos, ganadería extensiva y prácticas tradicionales, una visión compartida significa que las decisiones no se toman en islas, sino entendiendo cómo afectan al conjunto.

Cuando decimos que este enfoque “ordena la conversación”, queremos decir que evita que cada actor hable desde su trinchera, obliga a usar el mismo mapa conceptual, permite identificar contradicciones y evita duplicidades. Ordenar la conversación es poner a todos en la misma mesa conceptual, con el mismo diagnóstico, para que la discusión avance y no se estanque en pleitos sectoriales.

Una necesidad civilizatoria. La FAO afirma que transformar los sistemas agroalimentarios es una necesidad civilizatoria. ¿Por qué? Porque la alimentación es el punto donde se cruzan los grandes desafíos del siglo XXI: pobreza, salud, clima, biodiversidad, migración, estabilidad económica y cohesión social. Si el sistema alimentario falla, falla la civilización entera. No es retórica: los sistemas agroalimentarios sostienen la vida cotidiana, la economía global y la estabilidad política.

El caso del maíz blanco: un ejemplo de por qué el enfoque importa. Este enfoque es útil para analizar decisiones nacionales como el sistema de maíz blanco propuesto por el gobierno federal. Sin él, la discusión se reduce a precios o subsidios. Con él, la conversación se amplía: ¿qué pasa con el agua, los suelos, los mercados regionales, la nutrición, la resiliencia climática, los pequeños productores, la infraestructura y los consumidores?

El enfoque de sistemas no nos dice qué decidir, pero sí nos obliga a decidir con conciencia de las interdependencias. Nos recuerda que cada medida tiene efectos en cadena y que ignorarlos es, en el mejor de los casos, una forma de improvisación.

Pensar más completo, no más complicado. La FAO no pide que pensemos más complicado; pide que pensemos más completo. En un país donde la agricultura es identidad, economía y futuro, esa invitación no puede ser ignorada. Aceptar el enfoque de sistemas es reconocer que la agricultura ya no cabe en los viejos moldes y que el futuro se juega en la capacidad de ver el sistema entero, no solo la parcela propia.

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