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Nevaco Global
29 de julio de 2026

El espejismo de Trump en Milford

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Este lunes, en el campo de pruebas de General Motors en Milford, Michigan, Donald Trump presenció carreras de arrancones entre un Corvette, un Cadillac y una Hummer eléctrica, presentadas como “puro poder America First”.

Minutos después, ante los trabajadores de la armadora, proclamó que la industria automotriz estadounidense está “de regreso” gracias a sus aranceles, aseguró que éstos devolvieron decenas de miles de empleos a Michigan y remató con una frase de antología: “He hecho más por ustedes que sus padres”.

El problema es que los números cuentan otra historia. Y no hace falta salir de Michigan para comprobarlo.

Según cifras del Bureau of Labor Statistics, entre junio de 2025 y junio de 2026 el estado perdió alrededor de 4 mil empleos en la manufactura automotriz. Además, según estimaciones difundidas esta semana, sus empresas han pagado 22 mil millones de dólares en aranceles desde marzo de 2025. Es decir: en el estado que Trump eligió como escenario del renacimiento automotriz, el empleo del sector cayó y las empresas cargaron la factura de la protección.

El panorama en el conjunto de Estados Unidos no es distinto. Al cierre del primer semestre de 2026, las ventas de vehículos ligeros acumulan una cifra anualizada de 15.9 millones de unidades, una caída de 2.8 por ciento frente al año previo. La comparación está influida por las compras que se anticiparon a los aranceles en marzo y abril de 2025, pero aun descontando ese efecto, el retrato es el de un mercado plano.

En producción, el estancamiento es todavía más claro. El índice de producción industrial de vehículos y autopartes de la Reserva Federal apenas creció 0.56 por ciento entre enero y mayo frente al mismo lapso de 2025, y la medición de producción doméstica de automóviles del Bureau of Economic Analysis registró una caída de 7.8 por ciento. En empleo, la industria automotriz nacional perdió 29 mil puestos durante 2025, en plena era arancelaria.

¿Y el regreso de las plantas? Existe limitadamente, pero para un tiempo futuro, y los casos emblemáticos tocan a México. GM trasladará la producción del Chevrolet Blazer de Ramos Arizpe, Coahuila, a Spring Hill, Tennessee: la línea mexicana se detiene en septiembre próximo, pero la estadounidense arrancará hasta el segundo trimestre de 2027.

A principios de julio, Toyota anunció 3 mil 600 millones de dólares para ampliar su planta de San Antonio, Texas, y mudar ahí cerca de la mitad de la producción de la pickup Tacoma que hoy realiza en México, en un plazo de cuatro años.

Trump lo festejó: “¡Aranceles funcionando!”. Pero hay un dato revelador: los aranceles borraron las utilidades de Toyota en Norteamérica en su último año fiscal. La armadora se muda para reducir su factura arancelaria, que es lo que buscaba Trump. Pero, como señaló CNN, el caso de Toyota es la excepción, no la regla.

Mientras tanto, el verdadero boom de inversión en Estados Unidos ocurre en otra parte. La construcción nacional de plantas manufactureras acumula una caída de 15 por ciento desde inicios de 2025, conforme concluyen los megaproyectos de semiconductores de la CHIPS Act de Biden. En contraste, entre enero y abril de 2025 arrancaron proyectos de centros de datos por 13 mil 600 millones de dólares; en el mismo lapso de 2026, la cifra llegó a 49 mil 500 millones. Es decir, 3.5 veces más en un año; este rubro ya supera al gasto en oficinas tradicionales.

La trayectoria de las grandes tecnológicas dimensiona el fenómeno. En 2024, Google, Amazon, Microsoft y Meta invirtieron en conjunto unos 225 mil millones de dólares; en 2025, la cifra saltó a 410 mil millones, y para 2026 planean unos 725 mil millones, destinados sobre todo a infraestructura de inteligencia artificial. Más del triple en dos años, y una suma comparable a un tercio del PIB de México, mientras la inversión física en armadoras se contrae.

El capital estadounidense está votando con el bolsillo, y no vota por los autos. Los aranceles pueden forzar anuncios, mudanzas selectivas y fotografías con obreros, pero no pueden torcer la aritmética del retorno sobre la inversión: nadie construye armadoras nuevas para un mercado estancado, donde el precio promedio de un auto nuevo rebasó por primera vez los 50 mil dólares a fines de 2025 y aún ronda esa marca, cuando el mismo dólar invertido en un centro de datos enfrenta una demanda insaciable. La política industrial de Trump mira al siglo XX; el dinero fluye hacia el XXI.

Para México, la lectura es doble. El costo de las mudanzas anunciadas es real, pero la amenaza mayor —una relocalización masiva de la industria instalada en nuestro país— simplemente no aparece en los datos.

Lo que las declaraciones de Trump en Milford exhibieron el lunes no fue el regreso de la industria automotriz estadounidense, sino la distancia entre el discurso y la inversión.

Los arrancones fueron espectaculares... pero la economía rueda en otra dirección.

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