Pablo Escobar asoló Colombia produciendo, distribuyendo, traficando y lavando activos derivados de la venta de cocaína. Valiéndose del secuestro de políticos, periodistas y empresarios prominentes, presionó al Estado y evitó su extradición. En su espantosa carrera delincuencial, el capo del Cartel de Medellín ordenó la detonación de numerosos coches bomba, atentados, asesinatos y el derribo de un avión de Avianca en 1989. Fue responsable de miles de muertes. No hubo estrato de la sociedad colombiana que no fuera permeado por sus tentáculos, convirtiéndose en el poder detrás del poder. Sabemos que la inmensa cantidad de dinero que genera el narcotráfico compra conciencias y allana caminos.
Hoy, dirigentes sindicales afines al MAS, presuntamente financiados por redes vinculadas al narcotráfico, organizan grandes movilizaciones, corren a la Policía a dinamitazos y bloquean caminos, impidiendo que medicamentos, oxígeno, alimentos y gasolina abastezcan y garanticen la vida de los habitantes de la ciudad del Illimani. La Ciudad Maravilla se encuentra estrangulada, igual que durante el cerco de Túpac Katari, rayando en la hambruna y el terror. La diferencia con aquel histórico asedio es que hoy nos encontramos en pleno siglo XXI: un tiempo en el que, supuestamente, la barbarie ya no debería tener cabida y en el que nadie puede impedir el derecho a la vida, la atención médica ni la libre circulación. Sin embargo, el MAS —¡nunca más!— y sus matones incurren con cinismo en lo que aquí y en cualquier parte del mundo se llama crimen de lesa humanidad. Genocidio.
Un desafortunado Poncho Rojo declaró, muy suelto de lengua, que “alfombraría el camino de Oruro a La Paz con cadáveres”. Inició su macabro alfombrado con dos turistas y un niño fallecidos por falta de atención médica a causa de los bloqueos. ¿Recordará este guerrillero emponchado que durante la pandemia murieron seis personas porque el bloqueo ordenado por el Jefazo impidió el paso de camiones con oxígeno? En su ensañamiento criminal con la hoyada, ¿planea este insurgente alfombrar las vías con un tendal de muertos por inanición?
Por otra parte, el senador suplente Nilton Condori, durante una arenga en el altiplano, instó a “reformar la Constitución para fusilar a los ladrones políticos de oposición”, alegando que en países “en vías de desarrollo político-científico” se fusila. Para este padre de la patria —y para el MAS— la indolencia y el desprecio por la vida humana priman en la lucha por el poder. ¿A qué países se refiere este “Tirofijo”? ¿A Eritrea, Corea del Norte o Irán? ¿Pretende emular en Bolivia las dictaduras autocráticas de partido único y los Estados más represivos del mundo? Si eso no es sedición, terrorismo y conspiración contra el orden constitucional, ¿qué es?
Vivimos en un polvorín de marchas, movilizaciones y violencia en el que no se vislumbra una reivindicación social verdadera —como sucedió en 2019, en protesta contra el fraude electoral de Morales— sino una asonada golpista, organizada para deponer al presidente democráticamente elegido, Rodrigo Paz.
Cuando se encara a un delincuente, este siempre niega el delito y evade responsabilidades echándole el muerto a otros. El presidente de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba desconoce ser el artífice de las movilizaciones, pero tiene la sinvergüenzura de dar 90 días de plazo para que Paz Pereira convoque a elecciones. A todas luces, se refocila desde su republiqueta en Lauca Ñ, creyéndose un semidiós intocable. Disfruta el caos. Sabe que sus huestes no sobrepasan las cincuenta mil personas, pero aun así pretende doblegar a dos millones de habitantes de la sede de gobierno y, después, a los once millones del país.
Morales, aterrado por el avance de su juicio por trata agravada de personas, por el empequeñecimiento del círculo que lo protege y por la reciente caída de Rubén Rocha Moya —que dejó expuestos los vínculos del Cartel de Sinaloa con el evismo— siente el aliento de la DEA en la nuca. De ahí su obcecación por recuperar el poder y el cheque en blanco de los recursos del Estado. Es consabido que el poder significa inmunidad, así como también que al jefe de los cocaleros le tiene sin cuidado el costo humano o económico de reconquistarlo.
Los tiranos no reparan en nimiedades. Cuando Hitler se vio acorralado, no le importó enviar adolescentes a defender Berlín ni que la ciudad fuese reducida a cenizas. A los engendros del mal no les importa aniquilar, arrasar ni sacrificar con tal de salirse con la suya. Son desalmados. El innombrable, gárgola perversa del pachamamismo, destila resentimiento mientras sus adláteres asfixian el aparato productivo, las exportaciones y lo que queda de un país que apenas sobrevive a la crisis que él mismo dejó.
Hoy, los jerarcas del MAS, abuenados y respaldados por el dinero del narcotráfico, “aceitan” a dirigentes campesinos, ponchos rojos y bartolinas para que obliguen a sus ayllus, pueblos y comunidades a asediar La Paz, El Alto y distintas rutas del país. La mayoría no lo hace por convicción, sino por dinero, miedo a las multas e ignorancia. Argollo, Loza, Quispe, Condori y Choquehuanca, entre otros, son lugartenientes del rencor y la destrucción. Según versiones difundidas en círculos políticos y policiales, coordinadores chapareños desembolsarían hasta 500 mil dólares diarios para encender los ánimos de sus milicias. Echando pluma, en 28 días de desórdenes son 14 millones de dólares. Los carteles habrán hecho “vaquita”. ¿Quién paga los millones que pierde Bolivia con el paro?
Queda claro también que a los cómplices del Atila altiplánico se les hizo la noche más profunda cuando su partido perdió las elecciones. No se resignan a renunciar a dos décadas de opulencia sindicalista-masista, durante las cuales tuvieron abierto el grifo del dinero estatal, bebieron de la fama, viajaron en avión privado, recibieron viáticos y salarios, y echaron mano a fortunas como las del Fondo Indígena. Si no, pregúntenle a Nemesia Achacollo —hoy poderosa terrateniente en el oriente— qué patrimonio tenía antes de convertirse en dirigente sindical y ministra de Desarrollo Rural y Tierras del MAS.
Nadie olvida el audio en el que el innombrable dijo en noviembre de 2019 que “enseñaría a los pititas lo que es un cerco de verdad” y ordenó “que no entre comida a las ciudades hasta ganar”. Su plan de matar de hambre a La Paz hoy le está funcionando. La obsesión de la serpiente de Orinoca es desestabilizar, torpedear la democracia e impedir que el país supere la crisis. Él, sembrador de odio y racismo, es el peor enemigo de la esperanza y simboliza el atraso. Solo en el Tártaro o encarcelado junto a su compinche Maduro dejará de hacer sufrir a Bolivia.
Por eso resulta un insulto a la inteligencia de los bolivianos escuchar a las turbas responsabilizar a Rodrigo Paz por el precio de la canasta familiar, la gasolina o la crisis. Arde el hígado ver el tupé con el que pretenden colgarle semejante fardo a quien apenas lleva un semestre de gestión. Quienes destrozaron Yacimientos, saquearon nuestros recursos, vaciaron el Banco Central, fueron campeones de la corrupción, aterrorizaron mediante su aparato judicial y desangraron la economía son los mismos ideólogos y operadores del llamado “Proceso de Cambio”.
Vivir con el MAS ha sido como aguantar veinte minutos bajo el agua sin respirar. ¿Sus especialidades? La primera: desfalcar. La segunda: cambiar bonanza por pobreza. La tercera: mentir. Y la cuarta: fabricar muertos. Son expertos en ello. Lo hicieron con Goni Sánchez de Lozada y con Jeanine Áñez. Ahora intentarán hacerlo con Rodrigo Paz, quien, con tino, está logrando hacerle el quite a la trampa. Si el Gobierno no consigue negociar, no decreta un estado de excepción o no reglamenta los bloqueos, habrá que recurrir a la intervención de cascos azules.
¿Hasta qué punto se puede convivir con el chantaje de un cerco eterno y tolerar semejante desprecio por la vida humana? ¿Hasta cuándo se destruirá en lugar de construir? ¿Corredor humanitario en La Paz? ¿Estamos hablando de Gaza o de la Ciudad Maravilla? Con semejantes atropellos se le dio el tiro de gracia a la urbe paceña. No por nada las grandes empresas abandonaron El Alto. Hoy somos el segundo país más riesgoso de América Latina para invertir.
¿Cómo gobernar de aquí en adelante bajo el chantaje permanente, haciéndoles el quite a los soliviantados que buscan desesperadamente cargarse la democracia? Rodrigo Paz no debe irse. No podemos caer en la negritud de la ilegalidad y la guerra.¿Dinamita o progreso? ¿Salvajismo o civilidad? ¿Qué Bolivia queremos?