© Publicaciones e Impresos Paso del Norte, S. de R.L. de C.V. Todos los derechos reservados 2026
La polémica sobre la prohibición de la doble nacionalidad -o la obligación de una nacionalidad única-, como candado jurídico para garantizar la lealtad a México de quienes aspiren a altos puestos de elección popular, abrió un debate sobre la incondicionalidad a la soberanía nacional, el abuso del derecho para la evasión de la justicia y el fantasma del injerencismo extranjero.
En Chihuahua, es conocido el caso del ex gobernador panista y actual senador morenista Javier Corral Jurado, a quien el periodista Juan Ignacio Zavala bautizara como “La Reina de las Pluris” porque ha saltado de pluri en pluri levantado las dos banderas de sus nacionalidades sin ningún pudor.
Javier Corral ha acumulado 25 años moviendo el abanico, veinte años como legislador, más los 5 años de gobernador, tiempo que se ha saltado el requisito de la nacionalidad retorciendo la ley para enquistarse entre las elites gobernantes que invariablemente lo rescatan al principio y después lo terminan odiando.
Esta iniciativa de reforma que busca frenar a quienes tienen doble nacionalidad tiene un contexto más allá de nuestras fronteras. Estamos en un proceso de desglobalización del mundo, algo muy parecido a un hielo que se derrite.
Así, mientras el calor de las crisis económicas provoca el descongelamiento del orden global, las viejas alianzas comerciales se van diluyendo y, en consecuencia, se privilegia lo nacional sobre lo extranjero, lo que provoca que renazcan nacionalismos fatigados que parecían haberse quedado en el cementerio de las ideas del pasado y que, por otro lado, provoca que las nuevas alianzas entre las naciones tengan como punto de unión la seguridad nacional y no el capital.
El nuevo silogismo de Estados Unidos para América Latina es: “eres mi amigo si cuidas mi seguridad; y, cuidas mi seguridad si haces lo que yo te diga”. Fuera de eso todo es hipocresía.
El presidente Donald Trump es el gran titiritero en esta historia ya que, con su política hipernacionalista, antepone la economía nacional frente a las economías de otros países, ergo la guerra de aranceles.
En la misma lógica, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, dijo hace unos días en su conferencia mañanera que “no se puede jurar a dos banderas”, en relación con la reforma constitucional a los artículos 82, 116 y 122 para prohibir la doble nacionalidad para quienes aspiran a una gubernatura, la jefatura de gobierno de la CDMX o la mismísima Silla del Águila, la presidencia de la república.
Esta iniciativa de reforma, tiene como trasfondo político la llamada “defensa de la soberanía”, que se alimenta con la turbulenta relación con Estados Unidos. El postulado es evitar que un poder extranjero se infiltre el sistema político mexicano. Aunque quizá sea demasiado tarde para eso.
Pero la respuesta de Estados Unidos no se hizo esperar, a través de la cancillería, México recibió la orden de detención contra de 10 funcionarios librada por un juez en Estados Unidos.
La lista maldita era encabezada por el gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza Cázarez, ambos electos por las siglas del partido Morena y, por si fuera poco, como la cereza del pastel, unos meses después se ventiló que otro enlistado se rindió ante las autoridades norteamericanas, el ex secretario de seguridad de Sinaloa Gerardo Merida Sánchez que trabajó durante el sexenio de Rocha Moya y que, según informes, ya colabora con la justicia de Estados Unidos en una corte de Nueva York. Y aquí los mariachis callaron.
Ante la embestida, el resorte de la 4T lanzó una defensa pírrica de la soberanía nacional y desveló una verdad que nadie acepta, ni desea: existen estrategias geopolíticas fraguadas en el extranjero para desestabilizar al gobierno mexicano; en la nueva retórica, el monstruo que nos acecha y que debemos vencer es el “injerencismo”. Una versión actualizada de “El Santo contra las Momias”.
En ese contexto, estas semanas, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, la soberanía nacional se convirtió en el eje del discurso con el mismo dilema del nacionalismo posrevolucionario que, como el ave fénix, renació de entre las cenizas.
La discusión bizantina, en la más alta tribuna del país, se distorsionó en una pugna entre ideologías partidistas, así que el debate desembocó en el caso del exgobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, ya que el rehilete de oradores morenistas le dedicaron sus palpitantes discursos al panista nacido en McAllen, Texas y nacionalizado mexicano por vía sanguínea (puesto que sus padres son mexicanos).