¿Quién fue el primer brasileño en levantar la Copa del Mundo? Si esa pregunta aparece en un quiz, es probable que respondas con el nombre de Hideraldo Bellini, el zaguero capitán de la selección de Brasil en el Mundial de Suecia 1958, que fue inmortalizado con una estatua a la entrada del estadio de Maracaná, en Río de Janeiro.
Pero esa es una pregunta capciosa: de cierta manera, el honor le corresponde a Anfilogino Guarisi.
En 1934, el delantero nacido en Sao Paulo formó parte del equipo de Italia, que fue anfitrión de -y ganó- la Copa del Mundo de ese año para la Azzurra.
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Todo gracias a una estrategia de "importaciones" de jugadores sudamericanos encargada por nadie menos que el dictador Benito Mussolini.
Mussolini, una figura clave en la creación del fascismo, gobernó Italia con una mano de hierro entre 1922 y 1943.
Fue con su aprobación que ese país conquistó el derecho a ser sede de la Copa del Mundo de 1934, la primera realizada en Europa.
El líder, conocido como Il Duce, aceptó además la solicitud del técnico de la selección, Vittorio Pozzo, para reforzar a la escuadra Azzurra con jugadores sudamericanos descendientes de italianos.
En esa época, el fútbol no tenía reglas rígidas sobre la elegibilidad para integrar las selecciones nacionales, que solo se instituirían en 1962.
"Italia aún conserva un sistema de nacionalidad basado en el linaje. Los descendientes de italianos nacidos en el exterior son considerados parte de una nación que trasciende las fronteras del país", explica el historiador británico Simon Martin, radicado en Roma y especialista en la historia del fascismo.
Autor del libro "Fútbol y fascismo: el deporte nacional bajo Mussolini", publicado en 2004, Martin resalta una diferencia crucial entre el fascismo y el régimen alemán nazi en su visión de la raza.
"El fascismo cree que se fortalece la raza italiana introduciendo esa sangre diferente, lo que es opuesto a la eliminación propuesta por los nazis".
En aquel momento, Sudamérica reinaba en el fútbol. Uruguay había ganado el Mundial de 1930 y había logrado la medalla de oro en dos Olimpíadas consecutivas (1924 y 28), al tiempo que Argentina fue subcampeona mundial y olímpica.
Tanto Brasil como Argentina habían acogido a miles de inmigrantes italianos desde finales del siglo XIX y ya contaban con más de una generación de descendientes oriundos.
Fue entonces cuando cuatro argentinos -los delanteros Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Attilio Demaira, además del mediocampista Luis Monti- recibieron contratos jugosos en clubes italianos y la ciudadanía.