Volver a la edición
Nevaco Global
12 de julio de 2026

Desplazados por el país tras los terremotos: «La Guaira no va a volver a ser como antes»

Cargando análisis estratégico...

Agencias como OCHA han verificado cientos de desplazados desde La Guaira hacia otros estados del país como Lara, Portuguesa, Apure, Bolívar o Sucre tras los estragos del doble terremoto. Están en casas de familiares, con amigos o en viviendas cedidas en vista de la emergencia para «establecerse» temporalmente. Algunos no piensan regresar a corto o largo plazo

Las autoridades ya iniciaron algunas labores de recuperación en edificaciones de La Guaira, decenas de personas aún buscan a sus seres queridos entre los escombros. Miles de guaireños llegaron a «campamentos transitorios» mientras que centenares se han desplazado de momento a otros estados del país, a casas de familiares o amigos, en búsqueda de una «estabilidad» que, por ahora, no ven en sus antiguas viviendas.

Según cifras proporcionadas, en Vargas hay 8.613 personas en 26 «campamentos transitorios», otras 4.961 se reparten en 39 campamentos habilitados en el Distrito Capital mientras que 1.060 en 22 campamentos creados en el estado Miranda ante la emergencia.

Pero además, la Oficina de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA) monitoreó hasta el pasado lunes que «unas 700 personas afectadas en La Guaira ya se trasladaron a estados como Anzoátegui, Sucre y Delta Amacuro».

María del Valle*, de 32 años, forma parte de esa cifra de desplazados internos por los terremotos. En su caso, el domingo 28 salió junto a su esposo y sus dos hijos de La Guaira rumbo a Acarigua (estado Portuguesa). Allí fueron recibidos en casa de familiares de su esposo. «Nos vinimos para ser tratados, para tener un poco más de estabilidad porque mi hija quedó con una crisis. Ella se quedó en el apartamento conmigo (durante los sismos) y no quería estar allá. Inclusive, ella todavía dice que no quiere ir para La Guaira».

Para María «es muy desagradable recordar» lo que vivió durante el doble terremoto. Apenas cuenta que estaba sola con su hija en su apartamento, en los edificios de Suma (Playa Grande), cuando los sismos destruyeron el hogar que había construido por 13 años. Tuvo que lanzar a la niña por una ventana y luego tirarse ella para poder salir de los escombros.

Luego de los sismos, dice, fue auxiliada por un compadre que la sacó del lugar en moto, pero «el desespero, la gente saqueando, eso era horrible, nos estrellamos y tuve una quemada». También tiene otras heridas hechas por una viga y ya ha podido recibir tratamiento. Su esposo también sufrió una quemadura pero leve.

«Nosotros no tuvimos ayuda de nada ni de nadie, no tuvimos ayuda de ninguno de los entes gubernamentales. Nosotros estuvimos a la buena de Dios, porque Dios metió su mano por nosotros. Esa noche no hubo luz, llovió, nuevas réplicas, muchos niños, mucha gente tapiada y allí nadie llegó a ayudar. Los mismos vecinos como pudieron fueron los que sacaron a las personas tapiadas», afirma.

Durante la madrugada del 25 de junio, alrededor de las cinco de la mañana, dice, fue que llegaron cinco motos de Protección Civil. «Esa fue esa primera ayuda, pero más nada. No recibimos ni una botellita de agua, ni un paramédico que nos dijera que estábamos bien. Inclusive, a un vecino que vivía debajo de mi casa lo sacaron cuatro días después de que yo me vine».

En Portuguesa, comenta, «la gente es demasiado humanitaria, hemos recibido mucha ayuda incluso desde el mismo día en que llegamos».

En Acarigua le gestionaron para curar sus dolencias físicas. También le han conseguido ayuda psicológica pues ahora no soporta estar sola. «Si estoy en un cuarto no puedo estar sola, tengo que estar rodeada de gente, si escucho un ruido fuerte o truena me asusta. Imagino que pasará un tiempo para entender, porque la mente también te juega malas pasadas».

*Lea también: Refugios para damnificados operan bajo custodia de Sebin y Dgcim: «Aquí nadie está preso»

A eso se suma lo difícil que ha sido para ella separarse de su núcleo familiar. «Yo soy nativa de La Guaira, mi familia está allá, uno siempre se apega a lo emocional. No es fácil estar por aquí y tu familia por allá, que todos los días te manden un mensaje diciendo que volvió a dar una réplica, se cayó tal cosa o que consiguieron a otra persona muerta. Yo me fui por la estabilidad pero allá se quedaron los sentimientos».

Una parte importante de su vida, expresa, se quedó en esas paredes derrumbadas en Suma. «Viví momentos felices y tristes, las amistades que perdí, las que quedaron allá vivas, sabes que no va a ser como antes. La Guaira no va a volver a ser como antes (…) Uno pierde tantas cosas. La gente dice que no preocupa lo material, porque se recupera, pero cómo uno se siente, cómo recuperar lo que tanto costó, el estatus emocional y mental».

Hasta ahora, María del Valle no ha conversado con su esposo sobre la posibilidad de retornar, pese a que su trabajo lo demanda. El hombre trabaja en la parte de transporte de mercancías para la aduana de La Guaira. Las labores se han reactivado de a poco, pero sus jefes le dijeron que se tome el tiempo necesario y, cuando pueda acercarse a Caracas, se reintegre a su puesto.

Continúa la lectura estratégica

Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.

Leer artículo en Nevaco Global

Nevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.

También podría interesarte

El dólar salió a caminar y los precios salieron a correr
urgente_bo

El dólar salió a caminar y los precios salieron a correr

Son tiempos de mucha ansiedad en Bolivia y en el mundo. Hay personas que cambian de celular y esperan que al día siguiente su vida sentimental mejore y todos sus seguidores lo vean como mami o papi churro. Otros cambian de dieta un lunes y el martes ya reclaman porque no apareció el abdomen de Cristiano Ronaldo o la cintura de abispa de Belinda. Con los regímenes cambiarios ocurre exactamente lo mismo: llevamos apenas 13 días de tipo de cambio flexible y ya hay quienes anuncian el Apocalipsis económico y otros la llegada del paraíso monetario. Ninguna de las dos cosas. En economía, casi dos semanas son apenas el avance de la película. Así que calmallawa calmallawa santus fletanaca. Traducción para karas libertarios: con calma nomás que los santos son fletados. Para comenzar su domingo con una perla de sabiduría económica. Conviene aclarar una pequeña diferencia de palabras que, en realidad, es una enorme diferencia de conceptos. Cuando el Banco Central fija el precio del dólar, hablamos de devaluación o revaluación, porque es una decisión administrativa. Pero cuando el precio del dólar lo determina el mercado, como es en la actualidad, ya no corresponde hablar de devaluación, sino de depreciación o apreciación de la moneda. Parece un simple cambio de diccionario, pero en realidad estamos hablando de un cambio completo de las reglas del juego. Imaginemos una feria. Si solo hay diez pollos y aparecen cien compradores, el precio del pollo subirá. No porque el pollo se haya vuelto más patriota o más neoliberal, sino porque hay más gente queriendo comprar que gente dispuesta a vender. Con el dólar ocurre exactamente lo mismo. Hoy la demanda de divisas es mayor que la oferta. Los importadores necesitan dólares para traer mercancías, mientras que los exportadores todavía no generan suficientes ingresos para abastecer completamente ese mercado. El resultado es bastante predecible: el precio del dólar sube poco a poco como decía la vieja música de Julio Iglesias. Eso es lo que esta ocurriendo en estos días, el precio del dólar subió de 9,73 Bs a 10,40 Bs. Pero los mercados no funcionan únicamente con números. Funcionan, sobre todo, con historias o si nos podemos modernos, con narrativas. Cabe recordar, que Bolivia carga una memoria económica histórica muy particular. Quienes vivieron la hiperinflación recuerdan que el dólar era casi un oráculo: si subía, todo los precios subían detrás de él. La hiperinflación convirtió al dólar en el idioma de los precios. Como el peso boliviano había perdido sus funciones de reserva de valor, medio de pago y unidad de cuenta, los precios relativos dejaron de expresarse en moneda nacional y comenzaron a indexarse al tipo de cambio. No era un capricho de comerciantes ni empresarios; era un mecanismo de supervivencia. En una economía donde la moneda se derretía cada día, fijar los precios en dólares era la única forma de preservar el valor de las transacciones y evitar que la inflación destruyera la lógica económica. Posteriormente vino el Bolsín, el primo mayor el tipo de cambio flexible actual. Que se movía por la oferta y demanda de verdes, pero el Banco Central lo controlaba parcialmente. Después vinieron más de quince años de tipo de cambio fijo y el país se acostumbró a pensar que el dólar era una estatua: siempre estaba en el mismo lugar. Ahora la estatua volvió a caminar. Y eso genera nerviosismo. El 29 de junio entró en vigencia el régimen cambiario flexible. Y ahora el problema es que muchos agentes económicos (comerciantes, importadores, empresas, bancos y personas) comenzaron nuevamente a mirar el dólar como si fuera el pronóstico del clima. Si el dólar sube diez centavos, algunos sienten el impulso irresistible de subir inmediatamente los precios, incluso de productos que jamás han visto un dólar en toda su cadena de producción, como es un servicio como un corte firpo en una peluquería o la producción de un bien que no tiene insumos importados. Ambos son lo que técnicamente conoce como no transables. Los productos transables son aquellos que pueden ser exportados e importados. Ahora ver el tipo de cambio es una especie de deporte nacional: antes de revisar los costos, primero se revisa la cotización del dólar. Debo hacer una denuncia pública. A su seguro Nostra Chavez ya nadie lo saluda. Todo el mundo le pregunta su predicción del tipo de cambio. Es la dolarización psicológica. En este punto aparece otro ingrediente: la política. Desde el primer día algunos sectores y los hermanos y compañeros del proceso de cambio comenzaron a repetir que la devaluación explica toda la inflación actual. Es una explicación sencilla, recupera el trauma de la hiperinflación y es fácil de entender... y precisamente por eso demasiado simplista. La inflación nunca tiene un solo padre o madre. Intervienen la política fiscal, la política monetaria, las expectativas, los bloqueos, los costos de producción, los aumentos de salarios, la subida de los combustibles y muchos otros factores. Sin embargo, mientras unos construían una narrativa sencilla devaluación igual a inflación, el Gobierno optó por el noble deporte de guardar silencio o hablar a cuenta a gotas. Y ya se sabe que, en economía como en política, cuando uno no explica la realidad, alguien más la explica por uno. Y la mamocracia intelectual del masismo, en todas sus versiones, salieron a gritar a los cuatro vientos: las minidevaluaciones generarán hiperinflación Pero el verdadero debate no está en el precio del dólar. Está detrás del precio del dólar. Un régimen cambiario no funciona por decreto. Funciona cuando la economía le cree. Para que un sistema de tipo de cambio flexible genere estabilidad necesita una economía capaz de producir más dólares mediante exportaciones, inversión y prestamos; un déficit fiscal bajo control; reglas claras; instituciones sólidas y, sobre todo, confianza. Mucha confianza, credibilidad, reputación y sobre todo, predictibilidad sobre el tipo de cambio. Por eso resulta difícil construir credibilidad cuando las medidas económicas aparecen como capítulos de una serie de televisión estrenados sin calendario. Un día se anuncia una medida, tres días después otra, la semana siguiente una tercera. Es la estrategia gradualista mejor conocida como la estrategia homeopática, gota o gota. Mientras tanto, nadie termina de responder preguntas elementales: ¿intervendrá el Banco Central si el dólar se dispara? ¿Hasta dónde dejará fluctuar el mercado? ¿Cuál será la nueva ancla contra la inflación? Los mercados no exigen omnisciencia; exigen reglas. En realidad, Bolivia no solo cambió un régimen cambiario. Está intentando cambiar la manera en que empresas, familias e inversionistas forman sus expectativas. Ese proceso no toma dos semanas. Toma meses, a veces años. dolares.jpg Por eso conviene bajar un poco el volumen de los profetas del desastre... y también de los vendedores de milagros. Un tipo de cambio flexible no resolverá por sí solo los problemas económicos del país, pero tampoco los creará automáticamente. Será tan bueno o tan malo como la política económica que lo acompañe. Porque, al final del día, el tipo de cambio es como el tablero del automóvil. Uno puede obsesionarse mirando el velocímetro cada cinco segundos. Pero si el motor está fallando, el problema nunca es o fue la aguja. ///

12 jul 2026