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Nevaco Global
17 de mayo de 2026

De la Trampa de Tucídides al ultimátum por Taiwán

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Por:

Fernando Capotondo

@fercapotondo

Donald Trump ensayó una sonrisa apenas vio a Xi Jinping sobre la alfombra roja. Durante el saludo protocolar, el republicano volvió a desplegar una de sus rutinas preferidas con líderes extranjeros: mano derecha firme mientras apoya la izquierda sobre el brazo de su interlocutor, un gesto con el que busca transmitir cercanía y autoridad. Esta vez, sin embargo, el movimiento pareció menos convincente, casi fuera de lugar. Tal vez, porque quien le daba la bienvenida era el presidente de la República Popular China, el país que más ha desafiado la centralidad de Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

La escena ocurrió frente a las columnas del Gran Salón del Pueblo, bajo una coreografía de guardia de honor, niños con banderitas y desfile del Ejército Popular de Liberación. Beijing quiso mostrar solemnidad imperial y Trump aceptó el decorado. Era la primera visita de un presidente estadounidense en casi nueve años y la segunda realizada por el republicano desde 2017, un dato que China aprovechó para reforzar el peso simbólico del encuentro.

Pero el verdadero mensaje de la cumbre apareció horas después, cuando ambos mandatarios dejaron en claro que la disputa entre China y EE UU excede los aranceles, las tierras raras o la tecnología. Lo que estuvo en discusión fue quién fija las reglas en esta nueva etapa en la que Beijing acaba de iniciar su XV Plan Quinquenal (2026-2030), y Washington se prepara para celebrar los 250 años de su independencia.

La primera reunión de los mandatarios se extendió durante aproximadamente dos horas y 15 minutos. El dueño de casa habló primero. “Transformaciones nunca vistas en un siglo se están acelerando en todo el mundo y la situación internacional es tan cambiante como turbulenta”, diagnosticó Xi. Y enseguida lanzó una pregunta que sobrevoló todo el encuentro: “¿Pueden China y EE UU superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relación entre grandes países?”.

La referencia no fue casual. La llamada Trampa de Tucídides es la teoría popularizada por el politólogo estadounidense Graham Allison, según la cual una potencia dominante suele terminar en conflicto con otra emergente. Xi viene rescatando esa idea desde hace años, pero esta vez la colocó en el centro de la cumbre, para dejar en claro que la rivalidad existe, aunque todavía hay espacio para evitar males mayores.

«Cuando el presidente Xi se refirió con tanta elegancia a EE UU como una nación en decadencia, aludía al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años del adormilado Joe Biden, y en ese sentido, tenía toda la razón», respondió Trump desde su cuenta de Truth Social. En el mismo posteo aclaró que el líder chino no hacía mención del «increíble ascenso» durante «los 16 espectaculares meses de la administración Trump». Un autoelogio en tercera persona.

En ese contexto, ambos líderes acordaron el impulso de una nueva relación “constructiva de estabilidad estratégica”, una fórmula quizás burocrática, aunque políticamente trascendente. “No es un eslogan, significa impulsar acciones concretas en la misma dirección”, aclaró el presidente chino.

Traducido al lenguaje de la geopolítica, Xi parece aceptar que China y EE UU competirán por poder, influencia y tecnología, pero evitando que esa carrera derive en una nueva guerra de aranceles o en una confrontación militar abierta.

“La clave es ver si somos capaces de mantener el respeto mutuo, la coexistencia pacífica y una cooperación beneficiosa para ambas partes. No debemos arruinarlo. China y EE UU tienen mucho que ganar con la cooperación y mucho que perder con la confrontación”, planteó. En respuesta, Trump calificó las conversaciones como “sumamente productivas”, invitó a Xi y a su esposa a visitar la Casa Blanca el 24 de septiembre y estableció paralelismos sobre la colaboración bilateral en diferentes momentos de la historia contemporánea.

“El presidente Xi es un líder tremendo, muy poderoso, y China es un gran país”, fue uno de los recurrentes elogios de un dirigente que, valga la paradoja, durante años construyó parte de su capital político denunciando a Beijing por comercio desleal, robo tecnológico y pérdida de empleos estadounidenses.

Analistas atribuyeron semejante cambio a los intereses de los 16 CEOs que acompañaron al líder republicano, entre ellos Larry Fink (BlackRock), Tim Cook (Apple) y Elon Musk (Tesla/Space X). Los hombres de negocios no pasaron desapercibidos, al punto que en las redes sociales los calificaron como “los CEO que viajaron a Beijing para darle instrucciones a su gerente Trump”.

“China abrirá más su puerta. Las empresas estadounidenses están profundamente involucradas en el proceso de reforma y apertura de China. Y tendrán mejores perspectivas”, fue el comentario que recibieron de parte de Xi, tras ser presentados, uno por uno, en el Gran Salón del Pueblo.

Pero el clima de negocios encontró un límite con Taiwán. “La cuestión de Taiwán es lo más importante en el vínculo China-EE UU. Si se aborda adecuadamente, la relación bilateral disfrutará de estabilidad general. Si ocurre lo contrario, los dos países tendrán choques e incluso conflictos, poniendo en peligro toda la relación sino-estadounidense”, fue la contundente afirmación de Xi. “‘La independencia de Taiwán’ – agregó – y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua”.

Ahí apareció el verdadero núcleo de tensión de la cumbre. Porque detrás de las fórmulas diplomáticas y de las apelaciones a la cooperación económica, Taiwán sigue siendo el lugar donde la disputa entre China y EE UU podría volverse algo mucho más peligroso.

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