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Nevaco Global
7 de junio de 2026

El nuevo capitalismo

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Considerar el actual desorden como un mero accidente es caer en una trampa de optimismo irracional.  Trump no es la causa sino un signo del proceso de decadencia del sistema económico y social que ha regido nuestras vidas. Un modo capitalista que, en términos comparativos con sus anteriores formas, podríamos calificar como benigno y, posiblemente, breve (los treinta magníficos años en un periodo de cinco siglos). Si Trump fuera la causa no habría razón para preocuparse; la biología, por sí sola, resolvería el accidente.

Pero la cantidad creciente de dirigentes, más o menos estrambóticos, todos morbosamente narcisistas e ideológicamente fascistas, nos impone la realidad de que estamos ante una pandemia enraizada en la sociedad pues todos ellos han llegado al poder por vía democrática. No estamos ante un accidente, sino dentro de un profundo proceso de cambio desde un modo de capitalismo que hemos llamado industrial, cuya forma política es la democracia liberal, a otro cuya naturaleza y nombre están por definir.

Sin aclarar previamente la naturaleza del capitalismo desde una perspectiva histórica, dinámica y dialéctica, cualquier diagnóstico será, por erróneo, inútil. La foto fija de lo actual no sirve para entender un proceso, algo que se mueve. Considero, como millones de personas, que el relato que nos enseñaron en las escuelas y universidades, la epopeya del hombre blanco civilizador, es un trampantojo bello, venerable y agradable que oculta el deterioro de los muros del capitalismo actual.

El capitalismo fue una forma de organizar la economía y la sociedad que permitió la explosión de un proceso de creación continua de riqueza que nunca en la historia se había producido.

Comienza con el descubrimiento de América y la llegada de los portugueses a la India, inicio de la globalización, base del capitalismo. El oro y la plata de América permitieron la monetización de la economía europea y la formación de las nuevas potencias europeas sobre las ruinas del feudalismo.

El asentamiento portugués, mediante factorías fortificadas, en el sur y este de Asia monopolizando el comercio de las especias y artículos de lujo orientales, supuso la distorsión de las redes de comercio indígenas y la casi desaparición de la Ruta de la Seda, con grave daño a sus intermediarios, el Imperio turco y Venecia, que iniciaron su decadencia. Como consecuencia, el eje del comercio mundial se desplazó del Mediterráneo al Atlántico.

La acumulación de riqueza se llevó a cabo en América y África durante el siglo XVI a través de la rapiña, la expropiación, la piratería y el desplazamiento y exterminio de los nativos, realizados por emprendedores particulares, los conquistadores, con una cierta cobertura jurídica y política de los monarcas a cambio de un quinto de los beneficios.

Este acontecimiento criminal se nos presenta como un proceso civilizador llevado a cabo por unos superhombres movidos por afán de gloria mundana y celeste. La realidad es que los conquistadores huían de la miseria y la cárcel por deudas (recomiendo la lectura de En deuda, del recientemente fallecido David Graeber. Cuenta cómo cada conquistador había obtenido su equipo a crédito y cómo ni el inmenso botín de Moctezuma les permitió financiar sus deudas. Consecuentemente, muchos de ellos tuvieron que enrolarse en nuevas empresas conquistadoras).

Para los autóctonos, el proceso civilizador supuso el exterminio de dos tercios de su población. En la metrópoli, para las clases populares europeas fue un siglo de inflación, hambrunas y levantamientos populares ahogados en sangre. Aunque todavía sobrevivían unos principios religiosos medievales como la cruzada, el espíritu caballeresco…, se impusieron los valores del Renacimiento, con héroes cuya acción se basaba exclusivamente en el cálculo, como Hernán Cortés.

En la relación simbiótica entre el poder político y el dinero, el primero era todavía claramente hegemónico.

Fue en el siglo XVII cuando este tipo de comercio de larga distancia se concretó en la forma que hoy llamamos capitalista. Las primeras sociedades anónimas, de acciones cotizadas en Bolsa, fueron la Compañía Británica de las Indias Orientales y la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la mítica VOC) fundadas en 1601 y 1602 respectivamente.

El anonimato desvinculaba a los gobiernos de las actividades criminales de los particulares, lo que incentivaba una asociación dinámica entre dinero y poder político. Los mercaderes acumulaban riqueza que, al ser gravada por los gobiernos, permitía el fortalecimiento de los estados modernos y sus instituciones (creación de ejércitos y flotas permanentes, por ejemplo) que, a su vez, garantizaban a los mercaderes la ampliación de sus mercados. Su principal actividad comercial consistía en la explotación en monopolio del comercio de especias y objetos de lujo, mediante grandes barcos mercantes siempre acompañados por barcos de guerra de propiedad y tripulación privadas bajo bandera de un estado (los privateers).

Los principios éticos habían cambiado y los inversores aristócratas occidentales ya no consideraban este tipo de actividades como impropias de un caballero. Naturalmente la imposición de su monopolio sobre las redes comerciales locales se realizaba a sangre y fuego desde sus factorías (asentamientos comerciales fortificados que tachonaban las costas africanas y asiáticas).

Para las clases populares europeas fue el Siglo de la gran crisis, de las grandes matanzas en las guerras de religión, un desastre demográfico. El poder de los mercaderes se fortalece en relación con el poder político (decapitación de Carlos II de Inglaterra).

Es en las décadas finales del siglo XVIII cuando se produce la gran divergencia (o desigualdad entre civilizaciones), término utilizado por Samuel Huntington en 1996 y después popularizado por Kenneth Pomeranz en su ensayo The Great Divergence, publicado en el año 2000. Es entonces cuando Europa se despega de las otras civilizaciones que hasta ese momento compartían un nivel de desarrollo tecnológico, social y político similar (la India, China, el Imperio turco y Japón), pasando a dominar el mundo[1].

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