La ciencia en Costa Rica también se juega en una discusión mucho menos visible que un laboratorio: la billetera. ¿Cuánto está dispuesto a invertir un país pequeño para sostener el conocimiento que produce?
José María Gutiérrez, miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Costa Rica y Premio Magón 2022, resume el estado de la situación con una metáfora sencilla: el vaso está “medio lleno y medio vacío”.
Por un lado, asegura, Costa Rica logró construir algo inusual en Centroamérica: una comunidad científica sólida, diversa y reconocida internacionalmente. Esa estructura se levantó, sobre todo, desde las universidades públicas. Ahí están los laboratorios, los centros de investigación, las publicaciones científicas y buena parte de los especialistas que hoy trabajan en salud, ambiente, agricultura, física, ingeniería o biotecnología.
Pero inmediatamente introduce la otra cara de la historia: “El principal acervo científico y tecnológico del país está en las universidades públicas. En la medida en que se debiliten el FEES y las universidades públicas, se va a debilitar la ciencia y la tecnología en Costa Rica y, por tanto, el progreso”.
La advertencia aparece en un momento particularmente sensible. Las negociaciones alrededor del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) se han convertido en uno de los principales focos de tensión entre el Gobierno y las universidades públicas, en parte porque los montos se deciden ahora anualmente. Aunque las necesidades son muchas, detrás de esas discusiones se juega también la capacidad del país para investigar, innovar y formar nuevos científicos.
Pese a los avances, Costa Rica sigue invirtiendo muy poco en ciencia. Según el Estado de La Nación, el país destina menos del 0,4% del PIB a investigación y desarrollo, “lo cual está incluso por debajo del promedio latinoamericano, que ya es considerado bajo a escala internacional”, dice Gutiérrez.
“Si no invertimos en investigación y desarrollo, no tendríamos motor robusto para el desarrollo social”, dice. “Sin cacao no hay chocolate”.
Así resume una preocupación recurrente entre investigadores costarricenses: el país quiere innovación, tecnología y competitividad, pero no realiza las inversiones estructurales que permiten producirlas.
Los científicos aprenden a sobrevivir con presupuestos fragmentados, alianzas internacionales y largas cadenas de colaboración institucional.
El radiotelescopio solar que se construye en Santa Cruz funciona gracias a donaciones de empresas, trabajo ad honorem y piezas recicladas de telecomunicaciones. El proyecto del TEC que desarrolla implantes óseos depende de cooperación tecnológica con Finlandia y Japón porque muchos de los equipos necesarios no existen en Costa Rica.
El ciclotrón de la UCR combina fondos públicos, préstamos internacionales y venta de servicios médicos para sostener su operación diaria. Por su parte, el Centro Nacional de Alta Tecnología (Cenat) es parte del Consejo Nacional de Rectores, que también se alimenta del FEES.
En este último centro, realizaron 87 proyectos de ciencia en el 2025 y para este año tienen una meta de 102; van por 81 hasta ahora. En la UCR, por su lado, en el 2025 se desarrollaron 1.715 programas relacionados con proyectos y actividades de investigación de todas las facultades (para 2023, el mayor desarrollo ocurrió en ciencias básicas con un 27%). Mientras tanto, el Tecnológico de Costa Rica contabiliza este año 184 proyectos de investigación (la mayor parte de estos proyectos se desarrollan en la Escuela de Biología con un 15%).
Por su parte, instituciones como la Corporación Bananera Nacional, que se financian a través del impuesto a exportaciones, ha desarrollado alrededor de 100 proyectos en los últimos 5 años.
Para Gutiérrez existe una paradoja porque el país produce más de lo que sus condiciones permitirían imaginar. Por eso, cuando habla del futuro, Gutiérrez vuelve a una frase histórica del expresidente Castro Madriz, la cual lee en voz alta: “Triste del país que no tome a las ciencias por guía en sus empresas y trabajos. Se quedara postergado, vendrá a ser tributario de los demás y su ruina será infalible, porque en la situación actual de las sociedades modernas, la que emplea más sagacidad y saber, debe obtener ventajas seguras sobre las otras”, afirma.
Walter Fernández, físico y catedrático de la Escuela de Física de la Universidad de Costa Rica, expresidente del Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas y de la Academia, resume el dilema en una idea incómoda: “Costa Rica ya demostró que tiene talento, instituciones y capacidad para hacer ciencia de nivel internacional; lo que no ha terminado de decidir es cuánto está dispuesto a sostenerlas”.