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Nevaco Global
26 de septiembre de 2026

Trump despide a Xi Jinping en Washington con el reconocimiento a China como la otra gran potencia mundial

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La postal de la visita de Xi Jinping a Washington resume buena parte de lo que Pekín quería obtener de esta cumbre. Donald y Melania Trump acompañaron al presidente chino y a Peng Liyuan a los Archivos Nacionales, donde se conservan la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos. El escenario elegido por la Casa Blanca pretendía exhibir la fortaleza y continuidad del sistema estadounidense, pero China era recibida en el corazón simbólico de la democracia norteamericana como la otra gran potencia con la que Washington necesita entenderse.

El viaje ha terminado sin un gran acuerdo capaz de redefinir la relación bilateral. Sí ha dejado una tregua comercial prolongada, compromisos de cooperación y la voluntad de mantener abierto el diálogo en ámbitos como la inteligencia artificial. Trump calificó la visita de “muy productiva”, pero los principales asuntos de fricción —comercio, tecnología, seguridad y Taiwán— siguen sobre la mesa, hasta donde se sabe.

Para Xi, no obstante, el resultado no necesitaba traducirse necesariamente en una larga lista de anuncios. La propia escenificación de la cumbre era ya un mensaje de poder. El presidente chino ha recibido tratamiento de jefe de una potencia global con capacidad para negociar directamente con Washington sobre las grandes cuestiones económicas, tecnológicas y estratégicas.

Detrás de la cordialidad de la Casa Blanca se sitúa la cuestión que Pekín considera central para su relación con Estados Unidos: Taiwán. Durante su reunión con Trump, Xi pidió a Washington que adoptara la “posición correcta” de oponerse a la independencia de la isla autogobernada democráticamente y que tratara la cuestión con “prudencia”. La formulación fue difundida por las autoridades chinas y supone un intento de llevar a Washington un paso más allá de su tradicional lenguaje diplomático.

La diferencia entre “no apoyar” la independencia de Taiwán y “oponerse” a ella puede parecer semántica, pero tiene un enorme significado geopolítico detrás. Washington reconoce diplomáticamente a Pekín y no mantiene relaciones oficiales con Taipéi, pero conserva al mismo tiempo una relación no oficial con la isla y está obligado por su legislación a contribuir a su capacidad de autodefensa.

Pekín pretende modificar precisamente ese equilibrio. La respuesta de Taiwán llegó rápidamente. Su Ministerio de Exteriores acusó a China de distorsionar los hechos y de presentar unilateralmente sus reclamaciones. “El Partido Comunista Chino no tiene derecho a representar al pueblo taiwanés, y el futuro de Taiwán solo puede ser determinado por el pueblo taiwanés a través de medios democráticos”, ha reivindicado Taipéi.

No consta que Trump haya aceptado la exigencia de Xi ni que la política estadounidense hacia Taiwán haya cambiado formalmente. Pero el hecho de que Pekín haya conseguido situar esa cuestión en el centro de una cumbre bilateral con el presidente estadounidense ya constituye un matiz en el statu quo.

La visita tampoco ha eliminado las profundas discrepancias entre Washington y Pekín. La guerra comercial continúa condicionada por los aranceles y por las restricciones tecnológicas. EE UU mantiene preocupaciones sobre la capacidad industrial y tecnológica china y Pekín conserva instrumentos de presión propios, entre ellos su posición dominante en determinadas materias primas estratégicas.

La tregua comercial, por tanto, debe entenderse como una estabilización de la relación y no como el final de la rivalidad. Los dos gobiernos buscan evitar una escalada que perjudique sus economías, pero continúan compitiendo por influencia, tecnología y seguridad. Las conversaciones sobre inteligencia artificial son otro ejemplo, ambos países tienen interés en evitar accidentes o una escalada sin freno, pero ninguno quiere desacelerar en la carrera tecnológica.

Ahí reside una de las paradojas de la cumbre. Trump y Xi pueden mostrarse públicamente como socios capaces de negociar mientras sus respectivos Estados continúan preparándose para una competencia de largo aliento.

Pekín tenía además un incentivo adicional para salir satisfecho de la visita, al demostrar que las presiones estadounidenses no han impedido a China consolidarse como potencia económica, tecnológica y diplomática. La cumbre se ha desarrollado con una notable ausencia de grandes anuncios, pero también sin una ruptura ni una nueva escalada. Ese equilibrio favorece la imagen que Xi quiere proyectar, la de un Pekín que no necesita confrontar permanentemente con Estados Unidos para ser reconocida como una potencia imprescindible.

Trump, por su parte, ha apostado durante esta etapa por una relación más personal y transaccional con Xi. La cordialidad entre ambos contrasta con la dureza de buena parte de la relación bilateral de los últimos años y permite al presidente estadounidense presentar cualquier estabilización comercial como un resultado de su capacidad negociadora. La cumbre, según los análisis publicados tras el encuentro, estuvo mucho más marcada por la diplomacia personal que por grandes avances concretos.

La cuestión es cuánto puede durar esa estabilidad. Porque Taiwán continúa siendo el punto de máxima sensibilidad, y Washington no ha aceptado públicamente la reinterpretación que pretende Pekín. Al mismo tiempo, la relación económica está atravesada por una competencia tecnológica que ninguna de las dos potencias parece dispuesta a abandonar.

Xi se marcha, por tanto, sin haber conseguido todo lo que buscaba, pero tampoco necesitaba una capitulación estadounidense para considerar útil el viaje. Ha obtenido algo más intangible y, para Pekín, estratégicamente importante: tres días de alfombra roja, una negociación directa con Trump y una escenificación en la que China aparece, a ojos del mundo, como el único otro centro de poder capaz de sentarse de igual a igual con Washington. @mundiario

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