El norte de Etiopía vuelve a acercarse a un escenario que parecía haber quedado atrás. Los avistamientos de tropas eritreas en Tigray, concretamente en Adigrat y en el corredor que conduce hacia el sur, han introducido un elemento decisivo en una guerra que hasta ahora se presentaba fundamentalmente como un enfrentamiento entre el Gobierno federal etíope y una alianza armada en la que participa el Frente Popular para la Liberación de Tigray (TPLF).
La importancia de estos movimientos no reside solamente en saber cuántos soldados han cruzado la frontera. El problema es lo que significaría su presencia: que Eritrea podría estar pasando de respaldar indirectamente a determinados actores a intervenir militarmente en territorio etíope, justo cuando ambos países han roto sus relaciones diplomáticas.
Reuters informó de que dos residentes de Adigrat vieron el miércoles camiones con soldados que identificaron como eritreos por sus uniformes, mientras el experto regional de ACLED Jalale Getachew Birru afirmó que fuerzas eritreas habían cruzado por Zelambessa y avanzado hacia Adigrat. Eritrea, sin embargo, niega que sus tropas estén en Etiopía y sostiene que las acusaciones forman parte de una estrategia etíope para justificar una guerra.
La actual crisis comenzó después de meses de deterioro de las relaciones entre el Gobierno de Abiy Ahmed y el TPLF, la organización que dominaba Tigray antes de la guerra de 2020-2022. Los combates se reanudaron a finales de septiembre y rápidamente desbordaron las fronteras políticas de la región, alcanzando también zonas de Amhara y Afar.
El conflicto tiene además una dimensión diferente a la de hace cuatro años. El TPLF forma ahora parte de una alianza de grupos armados que pretende enfrentarse al Gobierno federal, mientras Adís Abeba acusa a varios países vecinos de prestar apoyo a esa estructura. Eritrea, Sudán y Egipto han sido señalados por el Ejecutivo etíope; los tres han rechazado las acusaciones.
La situación militar tampoco es estática. Las fuerzas del TPLF se retiraron recientemente de Mekelle, la capital de Tigray, mientras las fuerzas federales recuperaban posiciones. Ese movimiento no significa necesariamente el final de la resistencia tigriña: el conflicto se está desplazando hacia corredores estratégicos y zonas rurales, precisamente donde la intervención de actores externos puede cambiar el equilibrio.
Adigrat, situada a unos 25 kilómetros de la frontera eritrea, no es un punto cualquiera: se encuentra en el eje que conecta el límite fronterizo con Mekelle y constituye uno de los principales corredores del norte de Tigray. Testigos citados por la agencia Reuters describieron camiones cargados con decenas de soldados avanzando hacia el sur, mientras que fuentes consultadas por la BBC hablaron incluso de convoyes mucho mayores desplazándose hacia Edaga Hamus y otras localidades vecinas. La corporación británica, sin embargo, advirtió que no ha podido verificar de forma independiente estos movimientos debido a las severas restricciones de acceso impuestas en la zona.
El monitor de conflictos "ACLED" ha aportado un elemento adicional al afirmar que fuerzas eritreas habrían sido atacadas mediante drones etíopes tras cruzar la frontera por Zelambessa. Si bien esta información no permite determinar por sí sola la dimensión real de una eventual intervención de Eritrea, sí indica hasta qué punto ha escalado el riesgo de una confrontación directa. Aunque todavía no existe una radiografía completa e independiente del despliegue, y el Gobierno eritreo lo niega categóricamente, los hechos trascienden la mera acusación política: la existencia de varios testimonios coincidentes y el análisis de los movimientos militares apuntan con fuerza en la misma dirección.
Esta cuestión ayuda a explicar por qué la relación entre ambos países se ha deteriorado nuevamente tras la reconciliación de 2018. Aquella aproximación, que puso fin a dos décadas de hostilidad, llevó al primer ministro Abiy Ahmed a recibir el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, la alianza tenía una base estrictamente pragmática: ambos Gobiernos compartían en ese momento un enemigo común, el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray. De hecho, durante la posterior guerra de Tigray (2020-2022), las tropas de Eritrea combatieron codo con codo junto a las fuerzas federales etíopes contra las milicias tigriñas.
La guerra de 2020-2022 dejó cientos de miles de muertos y una destrucción extraordinaria, acompañada de graves denuncias por abusos cometidos por distintas fuerzas militares. El resultado es una población profundamente traumatizada por la presencia tanto de soldados nacionales como extranjeros. Precisamente por ello, los actuales movimientos de tropas eritreas tienen un impacto que trasciende la simple estrategia militar: para muchos habitantes de Tigray, ver aparecer de nuevo esos uniformes significa revivir una experiencia traumática que todavía permanece muy reciente en su memoria.
Hasta ahora, Etiopía podía presentar los combates como un problema de seguridad interna. Si las fuerzas eritreas intervienen directamente, el escenario cambia. Asmara pasaría a ser parte potencial del conflicto y cualquier ataque etíope contra tropas eritreas podría desencadenar una respuesta militar de un Estado vecino.
La ruptura diplomática ya ha eliminado uno de los principales mecanismos para contener una escalada. El 1 de octubre, Etiopía cerró su embajada en Asmara y expulsó a diez diplomáticos eritreas. Eritrea respondió rompiendo todas las relaciones diplomáticas.
Adís Abeba ha acusado a Sudán y Egipto de respaldar a la oposición armada, algo que ambos países niegan. La existencia de varios actores regionales con intereses diferentes aumenta la posibilidad de que un conflicto inicialmente localizado termine conectado con otras disputas.
Estados Unidos ya ha advertido de las consecuencias. Washington ha pedido a Etiopía y Eritrea moderación y ha señalado que una nueva guerra entre ambos países pondría en riesgo su cooperación con los dos Gobiernos. La Unión Africana también ha llamado a evitar acciones o declaraciones capaces de deteriorar todavía más la estabilidad regional.
Existe además un elemento que hace especialmente sensible la situación: el mar Rojo. Eritrea dispone de aproximadamente 1.000 kilómetros de costa, ocupando una posición sumamente estratégica junto a una de las principales rutas marítimas del planeta. En consecuencia, en un momento en el que la navegación por el mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb ya se encuentra sometida a fuertes tensiones internacionales, el estallido de cualquier guerra entre Etiopía y Eritrea tendría consecuencias críticas que podrían superar ampliamente el ámbito local.