El yen débil abarata los coches japoneses en Europa y reabre el riesgo de desmantelamiento del carry trade, el mismo mecanismo que en agosto de 2024 tumbó las bolsas asiáticas en una sola sesión.
He leído tres veces el comunicado que ha salido esta madrugada de la sede de Nihonbashi y el detalle que lo cambia todo no es la cifra: es el voto. Siete consejeros a favor, dos en contra.
El Banco de Japón ha elevado su tipo de referencia, el call rate sin garantía a un día, hasta el 1,25%, un nivel que no se veía desde mediados de los noventa. La reacción del mercado, sin embargo, ha sido la contraria a la que dictaría la lógica: el yen se ha desplomado hasta los 157 por dólar durante la sesión asiática. Subida de tipos y divisa más débil al mismo tiempo.
La explicación está en las expectativas, no en el hecho. El mercado descontaba el movimiento desde hacía semanas; lo que esperaba era una señal de aceleración y lo que ha recibido es un mensaje de prudencia. Con el diferencial frente a los tipos estadounidenses todavía amplio, vender yenes y comprar activos en dólares sigue saliendo a cuenta. Es el carry trade de manual, otra vez.
La reunión de dos días que ha terminado hoy deja un cuadro poco habitual en la historia reciente del banco central japonés:
Traducido al lenguaje de los mercados, la subida se ha leído como una subida de mínimos. El banco cierra la puerta a un ciclo agresivo justo cuando la inflación japonesa lleva meses por encima del objetivo del 2%. Ese es el hueco por el que se ha colado la venta de yenes.
El gobernador Kazuo Ueda ha evitado comprometerse con un calendario predefinido y ha situado la evolución de los precios y de los salarios como el único criterio relevante para las próximas decisiones. — Rueda de prensa posterior a la reunión de política monetaria, 18 de septiembre de 2026
Para las cadenas de suministro globales el movimiento tiene una lectura inmediata. Un yen débil abarata los componentes, la maquinaria y los vehículos que Japón exporta, y encarece todo lo que Japón importa: energía, alimentos y materias primas. Tokio compra fuera prácticamente todo su petróleo y su gas, de modo que cada yen perdido se transforma en presión inflacionaria interna y en una factura energética más alta.
Lo que veo aquí es un banco central atrapado entre dos fuegos. Si sube demasiado rápido, encarece el servicio de una deuda pública que supera con holgura el doble del PIB japonés y tensiona a los exportadores. Si sube demasiado despacio, el yen sigue barato, la inflación importada repunta y el poder de compra de los hogares se erosiona. El consejo ha elegido el camino lento, y dos de sus miembros ya han dejado constancia de que no comparten esa elección.
Conviene tener presente un precedente. La última vez que el mercado se posicionó con fuerza contra el Banco de Japón, en el verano de 2024, el desmontaje del carry trade provocó una de las caídas más violentas que recuerdan las bolsas asiáticas en una sola sesión. La diferencia hoy es que el yen no se aprecia, sino que se deprecia, lo que aplaza el riesgo en lugar de eliminarlo. El mecanismo sigue ahí, cargado además con más volumen.
La contradicción que los datos no resuelven es esta: la inflación japonesa pide tipos más altos y la economía japonesa pide tipos más bajos. Con un voto 7-2 sobre la mesa, cualquier dato de precios o de salarios que llegue en las próximas semanas tendrá un efecto amplificado en el mercado de divisas. La próxima cita es la reunión de finales de octubre, con el IPC de Tokio como termómetro anticipado.
Para el lector español la traducción es doble. Las importaciones japonesas de automóvil y de componentes presionan a la baja los precios del sector en el IPC, y a la vez los fabricantes europeos de automoción y de bienes de equipo compiten en el mismo segmento que unos exportadores japoneses que acaban de recibir un regalo cambiario. El Euríbor no se mueve por esta decisión, pero el BCE gana un argumento si la desinflación de bienes se consolida.