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Las políticas económicas del presidente electo Abelardo De La Espriella representan un retorno de choque al modelo reprimarizado, rentista e improductivo que caracterizó a la sociedad colombiana entre finales de los años ochenta y 2022. Un salto de cabeza hacia 1991 que plantea austeridad y amputación de las capacidades del Estado, reducción de impuestos a los más ricos e intensificación del extractivismo fósil en tiempos de policrisis climática.
Todas ideas reevaluadas que pertenecen a los años noventa, que han fracasado sistemáticamente en Colombia y en el sur global en lograr un camino al desarrollo y que son particularmente inconvenientes en este mundo convulso, que se está rebarajando y donde los propios países de Occidente están abandonando el fundamentalismo de mercado. Un mundo donde hasta el FMI y el Banco Mundial reconocen el necesario papel del Estado para configurar una política industrial para el desarrollo.
Estas ideas económicas son las que lograron reducir la participación de la industria manufacturera en el PIB, pasando de 23% en 1980 a 11% en 2022, estabilizándose alrededor de 10% en 2025.
Lo mismo ocurrió con el agro, que pasó de 19,36% en 1980 a 9,95% en 2025, tras recuperarse desde 5,39% en 2013. Son las mismas ideas que han provocado la destrucción de 80.000 puestos de trabajo manufactureros en la Argentina de Milei, así como la quiebra de más de 25.000 empresas.
El país avanzó en estos cuatro años por un camino diferente, con transformaciones estructurales que ahora amenazan con ser abortadas, como la reforma agraria, la transición energética justa y la reindustrialización.
Estrategias para incentivar la producción en los sectores de la economía real, pues un país que vive del tubo de petróleo -sin reservas para ello ni con fracking-, de la especulación financiera, de la renta inmobiliaria o de los servicios de bajo valor agregado es un país que no tiene posibilidades de desarrollarse.
Los resultados de este modelo fueron reseñados en el informe El modelo económico está cambiando, que publicamos desde el Centro de Pensamiento Vida.
Aunque un cambio estructural es imposible en cuatro años, datos clave como el desempleo más bajo del siglo, las reducciones históricas de la pobreza, el cambio en la composición sectorial del crecimiento o las exportaciones no mineroenergéticas superando ampliamente a las mineroenergéticas, por poner algunos ejemplos, dan muestras de un cambio de trayectoria.
La llamada Patria Milagro no logrará un crecimiento de 7%; profundizará la desindustrialización y la desagrarización y, lastimosamente, buscará revertir las transformaciones ya mencionadas con un nuevo Pacto de Chicoral.
En 2030 Colombia estará aún más lejos de converger con las economías más fuertes del continente, como Brasil o México, y estará aún más subordinada en la división internacional del trabajo. Recordemos el discurso de JD Vance, vicepresidente de EE.UU., donde nos dice de frente que, para ellos, el propósito de la globalización era que los países ricos escalaran en las cadenas de valor y los países pobres se dedicaran a lo más simple.
Es decir, seguir dedicándonos a exportar materias primas e importar productos terminados. En ese mismo discurso, Vance argumenta que la globalización no había funcionado para partes importantes de la sociedad norteamericana precisamente por países que no se dejaron imponer el modelo, como China o los países del sudeste asiático.
Con este Gobierno, Colombia vuelve a ser el alumno más juicioso de la clase, de una lección con pobrísimos resultados en el planeta durante treinta años y que el mundo está abandonando. Un país que se aferra al pasado y al mandato de un Consenso de Washington más obsoleto que nunca. Un pasado donde las políticas económicas se decidirán en los escritorios del Departamento de Estado de Estados Unidos y no en la Casa de Nariño ni en el Capitolio. Aquí no hay nada nuevo; esto lo llevan intentando los de siempre, como José Manuel Restrepo, desde hace más de treinta años, y han fracasado. Bienvenidos al pasado.
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