Tenemos que hablar de Jesús Argumosa, general de división retirado. Recientemente publicó una entrada muy interesante en la web de la Asociación Española de Militares Escritores donde habla de la IA y la nueva era geopolítica. Su análisis plantea una transformación profunda del equilibrio de poder mundial, en la que la capacidad de un Estado ya no depende únicamente de su territorio, población, recursos naturales o arsenal militar, sino también de su acceso a modelos de inteligencia artificial, semiconductores, centros de datos, energía, datos y talento tecnológico.
Dentro de esta transformación, uno de los aspectos que adquiere mayor relevancia desde el punto de vista militar es la velocidad con la que la IA puede intervenir en los procesos de decisión. Para el general de división retirado: "Si las máquinas pueden detectar, evaluar y actuar mucho más rápido que los seres humanos, aumenta el riesgo de escaladas accidentales". Esta advertencia apunta a uno de los grandes dilemas que introduce la IA en el campo de batalla. Cuanto mayor sea la velocidad de los sistemas automatizados, menor puede ser el margen disponible para que un humano interprete correctamente una situación, valore sus consecuencias y decida si es necesario actuar.
La situación resulta muy delicada cuando la IA se integra en sistemas de inteligencia, vigilancia, reconocimiento, guerra electrónica, ciberdefensa, drones o plataformas autónomas. Una máquina puede procesar enormes cantidades de información en segundos, identificar patrones y recomendar o incluso ejecutar determinadas respuestas. Esa capacidad ofrece ventajas militares evidentes, pero también introduce riesgos. Un dato incorrecto, una imagen mal interpretada, una interferencia electrónica o una decisión basada en información incompleta podrían desencadenar una respuesta automática que el adversario interpretase como un acto deliberado de agresión.
El problema se agrava en un escenario en el que varios actores utilizan simultáneamente sistemas de IA para detectar amenazas y responder a ellas. Podría generarse una dinámica en la que cada parte reaccionara a la acción de la otra con una velocidad superior a la capacidad humana de supervisión. La lógica tradicional de la disuasión, basada en buena medida en la comunicación, la interpretación de las intenciones del adversario y el tiempo disponible para valorar las alternativas, tendría que adaptarse a un entorno mucho más rápido y automatizado.
Esta revolución militar forma parte, además, de una competición geopolítica más amplia. Estados Unidos y China concentran buena parte de las capacidades necesarias para dominar la nueva cadena tecnológica, desde los chips y la computación hasta los modelos de IA y sus aplicaciones militares. Europa, mientras tanto, afronta el reto de reducir determinadas dependencias tecnológicas y garantizar una autonomía estratégica suficiente para no convertir sus vulnerabilidades industriales y digitales en vulnerabilidades de seguridad.
La IA ofrece enormes oportunidades para mejorar la inteligencia militar, la logística, la planificación, la protección de fuerzas y la precisión de determinadas operaciones. Pero precisamente porque puede aumentar de manera extraordinaria la velocidad y la eficacia de las capacidades militares, también obliga a establecer límites claros sobre el grado de autonomía que debe concederse a las máquinas. La supervisión humana, los protocolos de seguridad y unos mecanismos fiables de comunicación entre adversarios serán cada vez más importantes.
La nueva geopolítica de la IA no se decidirá únicamente por quién desarrolla el modelo más avanzado. También dependerá de quién sea capaz de controlar los riesgos derivados de su utilización. En el ámbito militar, evitar que una máquina interprete una amenaza, responda automáticamente y desencadene una reacción en cadena puede llegar a ser tan importante como disponer de la tecnología más sofisticada. La carrera por la IA será, en consecuencia, también una carrera por mantener bajo control la "velocidad" de la guerra.