La reciente temporada de La vida es sueño, llevada a escena por la Compañía Nacional de Teatro (CNT) en el marco de su 55.º aniversario, cerró con un balance sumamente positivo, asegura su director Juan Carlos Calderón.
La adaptación del clásico de Pedro Calderón de la Barca no solo logró llenar la sala del Teatro de La Aduana Alberto Cañas en reiteradas ocasiones, sino también reabrir el debate sobre la vigencia del teatro clásico en Costa Rica.
El director repasó con La Nación los puntos clave del proceso, la respuesta del público y los aprendizajes que deja el proyecto después del cierre de sus funciones.
Tras bajar el telón de una de sus producciones más ambiciosas del año, la Compañía Nacional de Teatro (CNT) ve a La vida es sueño como una revitalización de la vigencia del teatro clásico español en la cartelera costarricense contemporánea.
Ante este escenario, el director considera que el valor de la puesta en escena radica en la huella duradera que las palabras de Calderón de la Barca lograron imprimir en la memoria de los asistentes.
Al analizar el alcance de la producción y el cumplimiento de los objetivos trazados desde el primer día de ensayos, el actor y gestor teatral profundizó en el eco que generó la obra:
“Queda una imagen que se va a desarrollar con el tiempo, porque el teatro es así: uno sale y comienza a tener una sensación sobre alguna escena o frase que le impactó y que va quedando en el inconsciente colectivo”, reflexionó.
Tras culminar las 16 funciones en el Teatro de La Aduana, el resultado sobrepasó los pronósticos fijados al inicio del proyecto. El constante flujo de espectadores confirmó que la meta de democratizar el arte se había alcanzado.
“Claro que se cumplieron todas las expectativas. El objetivo era llegarle a todo tipo de personas; no estaba pensado para un público específico, sino para que gente intelectual, amantes del teatro o personas que asistían por primera vez pudieran disfrutar y tener un goce estético”, aseguró Calderón.
Más allá del reconocimiento crítico, el éxito comercial de la temporada se vio reflejado en las taquillas del Teatro de La Aduana.
“La respuesta del público fue espectacular. Salvo dos o tres funciones que estuvieron a mitad de capacidad, la sala estuvo siempre llena. Eso demuestra que el boca a boca funcionó muy bien porque la gente iba recomendada por otros”, confirmó el director.
Asimismo, Calderón le explicó a La Nación que no solo se trata de las ventas, pues los comentarios, buenos o malos, definen el impacto de una obra.
“Los comentarios fueron muy halagadores, había personas que decían estar viendo un teatro importante. Incluso hubo gente que repitió la función dos o tres veces porque querían disfrutarla desde otros ángulos o entender mejor detalles que quedaban flotando por la complejidad del verso”, afirmó.
Por otra parte, en el ámbito teatral costarricense, mantener la concentración del público suele ser un desafío constante debido al movimiento frecuente en la sala o al uso recurrente del teléfono celular durante las funciones.
Sin embargo, a Calderón y su equipo les “sorprendió mucho la atención”, pues, a lo que pudo observar desde atrás de las butacas, la gente se movía muy poco y solo usaba el teléfono para tomar fotografías o videos cortos. “Ver la atención fija en los rostros de la gente joven ante un texto escrito hace 400 años fue insólito y hermoso”, expresó.