Saludo oficial entre Xi Jinping y Donald Trump en Pekín. / KENNY HOLSTON / AFP
La noticia importante de la semana, aparte del hantavirus, es el encuentro entre los líderes de los dos países más poderosos del planeta, Xi Jinping y Donald Trump, que tienen mucho en común. Ambos son nacionalistas autoritarios: Xi ha acabado con la tradicional dirección colegiada para imponer su estilo personalista, y Trump ha echado de la habitación a los pocos adultos que quedaban. El chino se va a eternizar en el poder y al americano le gustaría poder hacer lo mismo y presentarse a la reelección. Los dos son ególatras: Xi hace que su pensamiento se estudie con la misma devoción con que la los hebreos estudian la Torá y Trump, a falta de pensamiento propio, construye salones de baile, pone su nombre a todo lo que se pone por delante y estampa su foto en los pasaportes.
Los dos quieren pasar a la historia como líderes fuertes: Xi como parte de la santísima trinidad china junto con Mao y Deng, mientras Trump modestamente piensa que la historia no existiría si él no la protagonizara. Ambos están, sin embargo, en horas bajas: Trump porque no ha conseguido vencer en una guerra de su elección a un enemigo menor, y porque su popularidad está por los suelos tras haber incumplido la promesa de acabar con las guerras existentes y no empezar otras, además de haber desbocado la inflación. Y Xi ha dejado al descubierto su poca influencia diplomática al no defender a su aliado iraní, mientras el cierre de Ormuz le deja sin petróleo y amenaza con una recesión mundial que es lo último que desea una potencia exportadora. Su economía solo crecerá este año al 4,5% y no logra aumentar la natalidad; a fin de siglo 'solo' habrá 700 millones de chinos.
Por lo demás Trump deseaba centrar la reunión en los asuntos económicos, solo entiende de dinero, como muestra que haya confiado su preparación al secretario del Tesoro, Scott Bessent, y no al de Estado, Marco Rubio. Trump ha viajado rodeado de los importantes empresarios de su país y Xi les contenta anunciando compras millonarias (soja, carne, aviones) que mitiguen el fuerte superávit comercial chino. Ninguno quiere hacer daño al otro después de que la decisión de Trump de prohibir la exportación de cierta tecnología de punta a China y de imponerle aranceles para reducir su déficit comercial fuera respondida por Pekín, sin levantar la voz, con limitaciones a las exportaciones de tierras raras. Trump se arrugó.
En el plano político, ninguno quiere un Irán nuclear ni peajes en Ormuz, y EEUU ha expresado su preocupación por el apoyo de China a Rusia e Irán, que no ha cambiado ni va a cambiar. En la reunión se ha hablado de IA, que preocupa a ambos, y no de derechos humanos que no les interesan a ninguno de los dos. Trump y Xi quieren llevarse bien y evitar que las tensiones tecnológicas y comerciales se trasladen al terreno militar, como podría suceder si se cumple la predicción de Graham Allison (citada por Xi) de que el poder dominante tiende a segar la hierba bajo los pies de la potencia emergente que puede destronarla. La chispa podría saltar en Taiwán, que ha marcado la línea roja de esta reunión: frente a ditirambos vacíos de Trump, Xi ha advertido que con Taiwán no admite bromas y que ”una mala gestión” podría provocar un conflicto, mientras se rearma aceleradamente para tener en 2035 tantas cabezas nucleares como los norteamericanos y más portaviones. Para empezar, Xi querría que Trump se opusiera frontalmente a la independencia de Taiwán y dejara de enviarle armas.
China es hoy el único país en el mundo con la voluntad y la capacidad de enfrentarse a la hegemonía norteamericana. No quiere acabar con el orden geopolítico actual, sólo desea reformarlo para adaptarlo, desde la óptica china, a los enormes cambios que la política y la economía mundiales han experimentado desde 1945 hasta hoy. Pero como potencia exportadora, China necesita orden y no el caos que reparte Donald por donde pasa. Por eso, lo más importante para Pekín de esta cumbre es que las incoherencias de Trump, su incapacidad para derrotar a Irán, y el destrozo que ha causado en la OTAN y el la relación trasatlántica le confirman a Xi en su convicción de que China está en ascenso mientras Occidente está en decadencia... y que todo se reduce a tener paciencia y esperar.