La segunda cumbre del año entre Donald Trump y Xi Jinping, prevista para este jueves, 24 de septiembre, en Washington, llega en un momento particularmente delicado de la relación entre Estados Unidos y China. Si el encuentro de mayo en Beijing permitió hablar de una cierta “estabilidad estratégica”, aunque con interpretaciones diferentes en ambas capitales, la cita de septiembre deberá demostrar hasta qué punto aquella estabilidad puede trascender la tregua táctica.
Las expectativas, sin embargo, son prudentes. El abanico de cuestiones que previsiblemente estarán sobre la mesa es amplio: comercio y aranceles, tecnología y cadenas de suministro, inteligencia artificial, Taiwán, Irán y Oriente Medio, Ucrania e incluso determinados asuntos económicos como Boeing o el acceso de empresas chinas al mercado estadounidense. Trump ha señalado que espera hablar prácticamente “de todo”. Pero no se anticipan grandes acuerdos en los asuntos estructurales.
La cuestión central es si Washington y Beijing son capaces de convertir la gestión de sus diferencias en una forma de estabilidad que evite los sobresaltos a que nos ha acostumbrado Donald Trump de forma tan abiertamente intempestiva.
Trump llega a la cita condicionado por la política doméstica. Las elecciones legislativas de mitad de mandato se celebrarán el 3 de noviembre, apenas seis semanas después de la reunión, y cualquier resultado que pueda presentarse como una victoria presidencial –un compromiso comercial, una reducción de tensiones, una concesión china o una contribución a la gestión de la crisis iraní– posee evidente utilidad política.
La política exterior de Trump ha adquirido, además, una dimensión particularmente transaccional. Taiwán, los aranceles, las restricciones tecnológicas, las compras chinas o la cooperación sobre Irán pueden aparecer como elementos de una misma negociación. De ahí que haya aumentado la inquietud entre algunos aliados estadounidenses ante la posibilidad de que Taiwán sea utilizado como pieza negociadora. El propio Trump ha calificado las ventas de armas a Taiwán como potencial instrumento de negociación.
Xi afronta la reunión desde una lógica diferente. Llega después de una intensa actividad diplomática que le ha llevado a la Organización de Cooperación de Shanghái, a Egipto y a la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi. El objetivo no parece consistir únicamente en acumular acuerdos concretos, sino en reforzar la imagen de China como socio previsible para el Sur Global y como actor capaz de tratar de tú a tú a EEUU y ofrecer alternativas diplomáticas ante un escenario internacional marcado por la incertidumbre.
El contraste es significativo. Mientras Trump necesita mostrar capacidad resolutiva de negociación, Xi necesita demostrar que China dispone de espacio y margen estratégicos propios. El primero llega con la urgencia del calendario político estadounidense; el segundo, con una agenda de largo plazo destinada a ampliar la red de relaciones.
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Irán introduce una variable particularmente sensible. China sigue siendo, con diferencia, el principal comprador del petróleo iraní. La Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China estima que absorbe más del 90% de las exportaciones petroleras iraníes, aunque las perturbaciones provocadas por la guerra y el bloqueo del estrecho de Ormuz han reducido drásticamente los flujos recientes.
Washington pretende aumentar la presión económica sobre Teherán y ha planteado sancionar a quienes mantienen vínculos comerciales y financieros con Irán. Pero aplicar esa estrategia contra China supone entrar directamente en uno de los espacios de fricción más delicados de la relación bilateral.
Beijing acaba de enviar una señal inequívoca. El 16 de septiembre, Wang Yi –responsable de Asuntos Exteriores del Partido Comunista Chino– recibió al ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, y pidió a Irán y Estados Unidos moderación, reanudación de las conversaciones y reapertura del estrecho de Ormuz. China se presenta así simultáneamente como parte interesada –por sus necesidades energéticas– y como potencial interlocutor diplomático.
Trump puede buscar de Xi cooperación sobre Irán, pero Xi difícilmente aceptará que esa cooperación implique una subordinación de la relación de China con Teherán. No obstante, podría favorecer la desescalada sin aceptar que Washington determine unilateralmente sus condiciones.
Taiwán constituye probablemente el asunto donde el margen para la ambigüedad es menor. Beijing continúa considerándolo un asunto central de su relación con Washington, mientras Estados Unidos mantiene formalmente su política de “una sola China” y simultáneamente sostiene sus compromisos de apoyo defensivo a Taipéi.
La cuestión delicada es si Trump pretende introducir Taiwán en una negociación más amplia. Algunos aliados estadounidenses temen precisamente una eventual utilización de las ventas de armas o de determinadas garantías como moneda de cambio.
Para Xi, sin embargo, existe una diferencia esencial entre negociar sobre cuestiones económicas y aceptar que Taiwán se convierta en una variable intercambiable. La cuestión seguirá siendo, por tanto, una línea de demarcación de la autonomía estratégica china.