El citrus sigue en rojo con una caída del 38% en el valor de las exportaciones
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En Chihuahua se fabrican los compartimientos de equipaje, las cocinas, los baños y los paneles de piso de los aviones que Embraer arma en São José dos Campos. En julio de 2026 la empresa brasileña compró el cincuenta por ciento de esa planta que todavía no era suyo; la sociedad venía de 2012.
Mientras esa relación se consolidaba, China ganaba terreno en Brasil. Su participación en las importaciones manufactureras subió de una de cada cinco en 2012 a casi una de cada tres en 2024, y de los 28 proveedores que entonces tenían al menos medio punto del mercado, 24 retrocedieron. México cayó de 3.4 a 2.6 por ciento.
Esa caída no interrumpió el comercio en los dos sentidos. Los dos países mueven 13,774 millones de dólares al año y en la mitad de las subpartidas que cruzan la mercancía va en ambas direcciones. El grueso es automotriz: Brasil le vende a México más vehículos de carga y más automóviles pequeños de los que le compra, y en partes de motor las dos ventas son casi del mismo tamaño, 36 y 31 millones de dólares.
Por el lado de los insumos la medición es menos ambigua. En las cuentas de valor agregado de 2022, Brasil aporta 4,857 millones de dólares dentro de las exportaciones mexicanas, contra 1,734 millones en 2016, lo que lo coloca como octavo proveedor extranjero de México y primero de América Latina.
Para 2026 el agregado se movió. Entre enero y septiembre México le vendió a Brasil 5,833 millones de dólares en manufacturas, 34 por ciento más que un año antes, en un mercado que apenas creció cuatro por ciento, y su participación llegó a 3.1. Siete décimas partes de ese salto son equipo de cómputo, servidores para centros de datos ensamblados en México, de modo que el repunte está concentrado en una sola línea.
Me interesa más el movimiento consistente. Las cajas de cambio mexicanas pasaron de 181 a 221 millones de dólares en esos mismos nueve meses, con ventas todos los meses y con más toneladas embarcadas, dentro de un mercado brasileño que creció menos de uno por ciento. México es ya el segundo proveedor, detrás de Japón, y los demás orígenes vendieron 1.8 por ciento menos que el año anterior, de modo que la ganancia salió de ellos.
No es el único renglón que se mueve así. En vehículos de carga la participación mexicana pasó de 4.26 a 8.84 por ciento de un mercado de 3,734 millones de dólares, y también ganó terreno en instrumentos de regulación y control. En autopartes las ventas apenas crecieron y su cuota bajó, así que el avance mexicano se concentra en líneas determinadas de la cadena.
Brasil compra cada vez más partes de avión. Sus importaciones de esa categoría llegaron a 1,207 millones de dólares entre enero y septiembre, 11 por ciento más que el año anterior, mientras las ventas mexicanas subieron 4.8 y la participación de México bajó de 8.3 a 7.8 por ciento. La categoría reúne otros compradores y probablemente reparaciones, de modo que no aísla lo que ocurre en Chihuahua, pero marca el ritmo al que crece esa demanda.
Los resultados de la segunda vuelta del 25 de octubre en Brasil pueden mover el marco de integración comercial. El programa de Flávio Bolsonaro propone abrir el comercio de bienes de capital e insumos, que es justo la casilla donde México crece: cajas, partes de motor, instrumentos. Esa apertura agranda el mercado y al mismo tiempo lo vuelve más disputado: los otros cuatro grandes proveedores de cajas, Japón, Corea, China y Estados Unidos, le venden a Brasil sin acuerdo comercial de por medio.
El programa de Lula mantiene al Mercosur como plataforma, conserva ese canal y deja la ampliación en una negociación de bloque, más lenta. Ninguno de los dos decide quién queda homologado como proveedor de una planta.
Estas relaciones se construyeron con el marco comercial que ya existe. Lo que falta decidir es cuánto esfuerzo se pone en que dejen más ingeniería y más proveedores mexicanos, además de exportaciones.
El trabajo empieza por preguntarle a las plantas qué compran hoy y qué les haría falta para comprarlo en México.
La homologación y el financiamiento se diseñan después, contra esa lista.
*Economista de la Universidad Johns Hopkins y director de Zero Industrial Lab.
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Arthur es un Springer Spaniel de 7 años que, a simple vista, parece el compañero ideal. Es precioso, cariñoso y juguetón en la intimidad del hogar. Sin embargo, cuando la puerta de casa se abre, surge el problema: Arthur no quiere salir a pasear. Lo que podría parecer un rasgo de pereza se ha convertido en un auténtico desafío para Marta y Juan, sus tutores, cuya vida familiar se ve condicionada por esta particular fobia. La situación ha llegado a un punto en que han decidido, a través de los micrófonos de COPE MÁS Málaga, buscar respuestas y soluciones para entender y ayudar a su mascota. La historia de Arthur con su familia comenzó a finales de 2019. "Juan y yo ya llevábamos un tiempo pensando en adoptar a un perro, y no nos importaba muy bien la raza", relata Marta. La oportunidad llegó a través de una amiga: en un criadero de Springle Spaniel, una raza muy típica de caza, un cazador había descartado a un cachorro de 7 u 8 meses porque "no le servía para cazar”. Marta y Juan no lo dudaron y lo acogieron. Desde el primer día, notaron su aversión a la calle. "Desde el inicio no le gustaba salir a la calle, y mira que era un perro después en casa superactivo", explica Marta a COPE. A pesar de su energía en casa, los paseos se convertían en una odisea. Con el paso de los años, el problema no solo ha persistido, sino que se ha agravado con los cambios en la estructura familiar. Marta ha sido madre recientemente por segunda vez, y la logística con una recién nacida, otra hija pequeña y un perro que se resiste a andar, es compleja. "Cada vez es más complicado hacer el doble paseo, como yo digo", confiesa Marta. Ir al parque canino, el único lugar donde Arthur parece sentirse algo más cómodo, ya no es siempre una opción viable. "No podemos estar todo el rato yendo al parque, porque, claro, con las 2 niñas hay veces que se complica un poco. Para nosotros, cada vez se va complicando, y con la última, con la recién nacida, pues aún más", lamenta. Para arrojar luz sobre este comportamiento, el programa ha contado con la intervención de Adrián Navarro, fundador de Adiestramiento Canino Lopecan y experto en conducta animal. Navarro es tajante desde el principio: "Lo veo como un problema". Sostiene que, por naturaleza, los perros son seres curiosos y el paseo debería ser uno de los mejores momentos del día. Cuando un perro rechaza salir, suele haber razones más profundas. "Lo normal es que haya una serie de problemas detrás de ese comportamiento, que yo lo categorizaría como un problema de conducta, que normalmente va arraigado a temas de miedo o alguna mala experiencia en la calle", afirma el adiestrador. Navarro descarta rápidamente que Arthur sea simplemente un perro vago. El hecho de que se muestre activo y feliz en entornos controlados como el parque es la clave. "Si fuera un perro vago, pues no estaría con ese nivel de actividad en los puntos en los que se siente bien", argumenta. El problema, según el experto, radica en los lugares con mayor ruido ambiental, como calles con tráfico. Es en esos sitios, llenos de estímulos auditivos y visuales imprevistos, donde el perro se siente inseguro y abrumado. El diagnóstico más probable de Adrián Navarro apunta a un síndrome de privación sensorial. Arthur llegó a la ciudad con 7 u 8 meses, una etapa crucial en el desarrollo canino. "Lo más normal es que Arthur, viniendo de un sitio donde seguramente estarían preparando a los perros para otro tipo de vida, más en el campo, más ligada a temas de cacería, pues al llegar a la ciudad y encontrase con muchos sonidos que no habían estado en esa etapa de desarrollo es cuando surge el problema", explica. Ruidos de coches, motos y el bullicio urbano general son estímulos que no conoció de cachorro, por lo que ahora, de adulto, los percibe como una amenaza. Esta falta de exposición temprana a un entorno urbano es lo que le genera una sobrecarga sensorial. Navarro aclara que Arthur no quería "acercarse a las cosas que no conocía". Su cerebro no aprendió a procesar esa avalancha de información como algo normal y, en consecuencia, su instinto le pide evitarla a toda costa. El problema tiene solución, pero requiere un trabajo constante y paciente por parte de la familia. "Todos los problemas de comportamiento se pueden trabajar, algunos se terminan de solucionar, pero en el peor de los casos se mejoran", asegura el adiestrador. La estrategia que propone Adrián Navarro se basa en una desensibilización sistemática y en el contracondicionamiento. El objetivo es cambiar la percepción negativa que Arthur tiene de la calle por una positiva. Esto implica exponerlo de forma progresiva y controlada a los estímulos que le generan miedo. Una de las primeras técnicas consiste en variar las rutinas. "Buscar otra puerta de entrada al parque, y que aunque al principio le cueste trabajo, vea que ese camino le lleva al mismo sitio donde se siente seguro", ejemplifica. Estas pequeñas acciones ayudan a que el perro vaya "rompiendo barreras" mentales. Un "truquito" que Navarro considera muy eficaz es generarle un atractivo muy grande en el coche. Marta ya había notado que Arthur asocia el coche con destinos agradables, como el parque. El adiestrador sugiere usar esto a su favor: "Pongo el coche en la dirección contraria a la que él suele ir". Si Arthur se resiste a ir hacia la izquierda al salir de casa, se aparca el coche en esa dirección. Aunque al principio haya que forzarlo un poco, el perro aprenderá que ese camino también conduce a una recompensa, y gradualmente se puede ir aumentando la distancia. Otra herramienta poderosa es la comida. Navarro aconseja que, durante un tiempo, se le dé a Arthur toda su alimentación fuera de casa. El primer paso es acostumbrarlo a comer en la calle, en lugares donde se sienta cómodo. Una vez que el perro asocia la calle con la comida, se pasa a la siguiente fase. "Será cuando la comida empiece a aparecer solo cuando aparezcan los estímulos que queremos que él acabe relacionando de forma positiva", detalla el experto. Por ejemplo, darle pienso justo cuando pasa un coche, para que el ruido se asocie con algo bueno. El proceso no es rápido. Navarro estima que, dependiendo del tiempo que la familia le dedique, la mejoría puede tardar entre 3 meses y un año y medio. Marta se muestra dispuesta a intentarlo, motivada por el bienestar de su mascota y de su familia. "El que él también disfrute los paseos es al final un disfrute para nosotros también, y también para que podamos compartir mucho más tiempo también con Arthur", confiesa. El desconocimiento es, según se comentó en el programa, una de las principales causas de estos problemas. "Cometemos muchísimos errores por desconocimiento", admite Navarro, quien concluye con una reflexión: "A mí cuando se me rompe el coche, voy al mecánico, pero todas las personas que cogemos un perro pensamos que sabemos entenderlo". Como gesto de apoyo, el adiestrador se ha ofrecido a ayudar personalmente a Marta y Arthur a iniciar este camino hacia la recuperación.