eldiarioarEl nuevo telón de acero: la 'guerra del chip' y los aranceles levantan la frontera tecnológica del siglo XXI
EE.UU. y China tejieron una red de guardarraíles y barreras para controlar la IA, el flujo de chips y ganar peso global. Tras 30 años de globalización en la que las empresas produjeron atendiendo a costos, eficiencia y tamaño de los mercados, ahora aprenden a negociar con la geopolítica como variable ineludible. La IA inventa el 'despido permanente' en su desafío de sustituir salarios por capacidad computacional Durante décadas, la globalización funcionó bajo la premisa empresarial de producir donde fuera más eficiente, con reglas de comercio, salvaguardas, aranceles bajos y tribunales de arbitrajes y resolución de conflictos con dictámenes más o menos homogéneos y estandarizados. Pero la IA y los semiconductores alteraron esta lógica. El chip se convirtió en el recurso estratégico de la economía digital, el equivalente contemporáneo al petróleo del siglo XX. Quien controle la capacidad de computación controlará una parte decisiva de la innovación, de la industria y de la seguridad nacional. Este cambio de paradigma explica la aparición de un nuevo telón de acero que, a diferencia del edificado en torno al Muro de Berlín tras la Segunda Guerra Mundial, no separa territorios con fronteras físicas, pero fragmenta ecosistemas tecnológicos, cadenas de suministro y mercados de capitales. Con los semiconductores como su zona cero de división. Estados Unidos fue el primero en levantar los guardarraíles, término que en la jerga diplomática mundial identifica los obstáculos económicos, comerciales o financieros erigidos en defensa del cada vez más manido principio de la seguridad nacional. Desde 2022, Washington restringió las ventas a China de los chips más avanzados o de alta gama, indispensables para avanzar puestos en la carrera por la IA, limitó el acceso a los procesadores de Nvidia o a su tecnología que se precisa para su fabricación. Con el único objetivo de ralentizar la capacidad del gigante asiático para desarrollar modelos de IA de frontera y preservar la ventaja tecnológica estadounidense. Y la Administración Trump intensificó esta cruzada. Adam Thierer , investigador del R Street Institute, lo explica de modo elocuente: la versión 2.0 de Trump parte de la idea de que la regulación multilateral preventiva al uso durante el proceso de globalización lleva a EE.UU. a una desventaja estratégica frente a China. De manera que “impone la prioridad de sustituir las reglas generales del orden mundial por intervenciones muy concretas cuando exista –a su entender– un riesgo demostrable para la seguridad nacional” y la IA, en su opinión “requiere, a los ojos del líder del MAGA, la adopción de guardarraíles”. En el sentido de eliminar cualquier restricción que lastre la innovación en el mercado doméstico y que se arrogue la capacidad de intervención inmediata cuando estime que la tecnología afecta a la seguridad nacional o a la competencia geoestratégica con el gigante asiático. Los guardarraíles estadounidenses buscan, entonces, contener a los campeones tecnológicos chinos que, por otro lado, asumen el poder del Estado para entrar en el circuito económico y financiero de la superpotencia asiática, según los criterios marcados por Xi Jinping en planes quinquenales e iniciativas legislativas por las que el régimen de Pekín decide los actores que intervienen en un sector neurálgico, extensivo y calificado de estratégico, al que se riega con subsidios. En definitiva, dos modelos que cruzan iniciativa privada con control e intervencionismo público. Más flagrante en el caso estadounidense. Al fin y al cabo, la primera economía mundial se juzga a sí misma como el adalid del capitalismo y el libre mercado. Aunque con Trump en el Despacho Oval la proliferación de instrumentos del Tesoro para preservar la salud de su tejido empresarial resulta manifiesta, como lo revela la entrada del gobierno federal en el accionariado de Intel, el debate sobre posibles participaciones públicas en empresas de IA como OpenAI, el veto a que Anthropic venda en el exterior su modelo de ciberseguridad Mythos o las presiones para que las bigtechs compartan beneficios con Washington. Revelaciones, todas ellas, de que las otrora infranqueables fronteras entre mercado y estrategia nacional se difuminaron. China, por su parte, respondió con una estrategia opuesta, la de acelerar su autosuficiencia tecnológica. Los controles americanos terminaron impulsando una movilización industrial de enormes dimensiones. Qingyuan Lin , analista de Bernstein Research, enfatiza que “EE.UU., muy probablemente, haya fortalecido el negocio tecnológico y de semiconductores mucho más que el propio Gobierno chino”. Sentencia que precisa Kyle Chan , de Brookings Institution, para quien “los controles de la Casa Blanca sobre su sector exterior no solo no detuvieron el desarrollo tecnológico chino, sino que aceleraron una movilización nacional de talento, capital y política industrial encaminada a sustituir la tecnología extranjera”, lo que explica que “la autosuficiencia haya pasado de ser un desafío a largo plazo a una prioridad estratégica inmediata”. El termómetro estratégico de Nvidia Hasta el retorno de Trump a la Casa Blanca, Nvidia dominaba casi la totalidad del mercado chino de chips para IA, con cerca del 90% de su demanda. Pero, en la actualidad, las grandes tecnológicas de Pekín pusieron en liza sus alternativas propias. Alibaba y Baidu desarrollan procesadores internos, Huawei convirtió sus chips Ascend en el núcleo de su estrategia nacional y empresas como Cambricon ganaron protagonismo gracias a un mercado protegido de la competencia extranjera. El progreso digital chino resulta especialmente significativo en el diseño de chips. El país dispone de miles de ingenieros. Muchos de ellos, formados durante años en compañías estadounidenses como Nvidia, durante su asalto al liderazgo empresarial global por capitalización bursátil –ronda en bolsa los 5 billones de dólares, un tamaño similar al PIB de Alemania, tras superar este listón a finales de 2025, igual que Apple–, o como AMD. Esa acumulación de talento permite avanzar en arquitecturas propias, optimización de modelos y software especializado. Pero su gran obstáculo continúa siendo la fabricación. La producción de los chips más avanzados depende de una cadena global dominada por empresas occidentales y asiáticas. La neerlandesa ASML mantiene un monopolio, de facto , sobre la maquinaria de litografía ultravioleta extrema (EUV), imprescindible para confeccionar semiconductores sofisticados. Sin acceso a ella, China tiene dificultades para competir. Sin embargo, Pekín decidió circunvalar este reto e iniciar otra jugada. Más o menos maestra. En lugar de alcanzar inmediatamente la frontera tecnológica occidental persigue extraer el pleno rendimiento de sus tecnologías disponibles. Huawei trabaja con empaquetado avanzado, una técnica que permite combinar múltiples chips menos avanzados para obtener unas prestaciones superiores. Mientras DeepSeek demostró que modelos de IA eficientes pueden reducir la dependencia de hardware puntero. Todo eso contribuyó a cerrar la brecha digital, mediante ingeniería, escala y adaptación. La carrera, en cualquier caso, también se libra en los parqués financieros. China precisa de ingentes cantidades de capital para financiar centros de datos, IA, robótica y semiconductores, por lo que el presidente Xi relajó parte del control sobre el sector tecnológico después de las restricciones regulatorias de años anteriores y orientó los recursos estatales a las industrias consideradas estratégicas. En consecuencia, fondos estatales, grandes compañías y los centros bursátiles vuelven a financiar startups tecnológicas. La reciente salida a bolsa de CXMT, la marca empresarial china de memorias avanzadas, cuyo estreno en el parqué superó una revalorización del 500%, o el ascenso de firmas como Unitree ilustran el ingreso en esta nueva dimensión en la que el estado utiliza los mercados para acelerar la autonomía tecnológica. Es como si EE.UU. y China, que adoptaron hojas de ruta divergentes, confluyeran en la misma meta volante de la carrera competitiva por la IA tras comprobar que la tecnología geoestratégica requiere un escudo forjado con capital privado y poder público y que la batalla por su hegemonía se libra tanto en los laboratorios como en los mercados de deuda. La sensibilidad hacia el valor real de los chips que se despertó en el Kospi surcoreano desvela a la perfección la profunda sensación de riesgo que se instaló en la atmósfera inversora. Después de que las big tech estadounidenses, con el beneplácito de Wall Street, hayan iniciado una oleada histórica de capital. Amazon, Alphabet, Meta, Nvidia, Oracle tenían comprometidos cerca de 700.000 millones de dólares en 2026 en infraestructuras de IA, centros de datos, chips, redes y energía hasta este verano, según estiman JP Morgan y Goldman Sachs, cuyos expertos coinciden en que esta cifra se incrementó en otros 173.000 millones tras los resultados del primer semestre del año. Los hiperescaladores estadounidenses apostaron todo a la carrera de la IA. Tanto, que Morgan Stanley calcula que este volumen de capital supone un incremento cercano al 64% respecto a 2025, lo que convierte a este ciclo inversor de la IA en el mayor desde el despliegue de Internet y superior, en intensidad, al boom de las telecomunicaciones de finales de los noventa. La resiliencia del mercado entra en escena La guerra de los chips se combina, además, con una nueva réplica de escalada arancelaria por parte de la Administración Trump y de nuevas embestidas del petróleo por el alto voltaje que procede de Oriente Próximo y las nuevas convulsiones inflacionistas que se reflejan en un tira y afloja para no subir tipos por parte de los bancos centrales. Todo ello equivale a un ataque sin precedentes contra la línea de flotación de la globalización de mercados abiertos. Además de al poder judicial estadounidense porque la reincidencia del líder MAGA se produce después de que su Tribunal Supremo limitara la autoridad presidencial para fijar aranceles unilaterales a mercados exteriores. Sin embargo, Trump no tuvo reparo en reconstruir su muro comercial utilizando nuevas herramientas legales. De modo que más de sesenta socios comerciales, incluidos la UE, Japón, Corea del Sur, Taiwán y México, recibieron nuevos gravámenes de entre el 10% y el 12,5%. La justificación oficial vuelve a combinar comercio y seguridad. El dirigente republicano afirma que busca con ellos combatir productos vinculados al trabajo forzoso mediante la aplicación de la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974. Pero sus críticos consideran que se trata de una nueva artimaña para mantener una estrategia arancelaria que prohíben los tribunales. La reacción inmediata de los mercados fue moderada a lo largo de 2025 y la primera mitad del ejercicio en curso. Pero la calma se volvió tensa desde mediados de julio. A la espera de que el impacto arancelario se materialice y de que los tipos de interés se adecúen a un horizonte que presagia tormentas borrascosas. Dice el mercado que las subidas de gravámenes al comercio, al igual que las de impuestos, tardan entre 6 meses y 1 año en digerirse en el espectro inversor y que las monetarias reaccionan entre un trimestre y un semestre. Eswar Prasad , investigador en Cornell University, enfatiza que los aranceles son “un impuesto a la competitividad” y que, “aunque pueden alterar flujos comerciales a corto plazo, difícilmente cambian las ventajas tecnológicas de una economía”. Más bien –añade– “terminan elevando el coste de empresas y consumidores del mercado que los impone”. En línea con el planteamiento de Chad Bown , del Peterson Institute for International Economics, para quien “las restricciones al comercio son eficaces para ganar tiempo, pero no sustituyen una estrategia industrial” Llevado al sector de los chips, estos vetos están detrás del peor registro en julio desde 2022 del SOX (Semiconductor Sector Index) el índice global de referencia de valores de semiconductores, mientras fabricantes como ASML, Samsung, SK Hynix, Micron o Intel sufrían fuertes correcciones tras consignarse los avances chinos en equipos de litografía DUV y la fulgurante expansión de CXMT en memorias. Para Violeta Todorova, de Leverage Shares, el mercado “ya está ajustando unas expectativas que se habían vuelto casi infalibles”, en una fase en la que “las valoraciones no dejan margen a la decepción”, lo que fomenta que “el más mínimo cambio en el sentimiento inversor pueda desencadenar correcciones profundas”. Hasta Mark Zuckerberg, dueño y señor de Meta, se atreve a contradecir la narrativa trumpista y asegura en Financial Times que el veto tecnológico americano fortalece a Pekín: “No creo –avisa– que prohibir los modelos chinos de IA sea la forma correcta de reforzar la posición de EEUU; lo que debemos hacer es construir mejores sistemas y corregir nuestras propias debilidades”. Para el CEO de Meta, existe el riesgo de que la medida acabe “concentrando el mercado americano en unos pocos actores” y que esta “captura regulatoria”, como califica a la iniciativa de la Casa Blanca, pase factura a laboratorios como OpenAI o Anthropic.