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Nevaco Global
3 de septiembre de 2026

El nuevo telón de acero: la 'guerra del chip' y los aranceles levantan la frontera tecnológica del siglo XXI

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Durante décadas, la globalización funcionó bajo la premisa empresarial de producir donde fuera más eficiente, con reglas de comercio, salvaguardas, aranceles bajos y tribunales de arbitrajes y resolución de conflictos con dictámenes más o menos homogéneos y estandarizados. Pero la IA y los semiconductores alteraron esta lógica. El chip se convirtió en el recurso estratégico de la economía digital, el equivalente contemporáneo al petróleo del siglo XX. Quien controle la capacidad de computación controlará una parte decisiva de la innovación, de la industria y de la seguridad nacional.

Este cambio de paradigma explica la aparición de un nuevo telón de acero que, a diferencia del edificado en torno al Muro de Berlín tras la Segunda Guerra Mundial, no separa territorios con fronteras físicas, pero fragmenta ecosistemas tecnológicos, cadenas de suministro y mercados de capitales. Con los semiconductores como su zona cero de división.

Estados Unidos fue el primero en levantar los guardarraíles, término que en la jerga diplomática mundial identifica los obstáculos económicos, comerciales o financieros erigidos en defensa del cada vez más manido principio de la seguridad nacional. Desde 2022, Washington restringió las ventas a China de los chips más avanzados o de alta gama, indispensables para avanzar puestos en la carrera por la IA, limitó el acceso a los procesadores de Nvidia o a su tecnología que se precisa para su fabricación. Con el único objetivo de ralentizar la capacidad del gigante asiático para desarrollar modelos de IA de frontera y preservar la ventaja tecnológica estadounidense. Y la Administración Trump intensificó esta cruzada.

Adam Thierer, investigador del R Street Institute, lo explica de modo elocuente: la versión 2.0 de Trump parte de la idea de que la regulación multilateral preventiva al uso durante el proceso de globalización lleva a EE.UU. a una desventaja estratégica frente a China. De manera que “impone la prioridad de sustituir las reglas generales del orden mundial por intervenciones muy concretas cuando exista –a su entender– un riesgo demostrable para la seguridad nacional” y la IA, en su opinión “requiere, a los ojos del líder del MAGA, la adopción de guardarraíles”. En el sentido de eliminar cualquier restricción que lastre la innovación en el mercado doméstico y que se arrogue la capacidad de intervención inmediata cuando estime que la tecnología afecta a la seguridad nacional o a la competencia geoestratégica con el gigante asiático.

Los guardarraíles estadounidenses buscan, entonces, contener a los campeones tecnológicos chinos que, por otro lado, asumen el poder del Estado para entrar en el circuito económico y financiero de la superpotencia asiática, según los criterios marcados por Xi Jinping en planes quinquenales e iniciativas legislativas por las que el régimen de Pekín decide los actores que intervienen en un sector neurálgico, extensivo y calificado de estratégico, al que se riega con subsidios.

En definitiva, dos modelos que cruzan iniciativa privada con control e intervencionismo público. Más flagrante en el caso estadounidense. Al fin y al cabo, la primera economía mundial se juzga a sí misma como el adalid del capitalismo y el libre mercado. Aunque con Trump en el Despacho Oval la proliferación de instrumentos del Tesoro para preservar la salud de su tejido empresarial resulta manifiesta, como lo revela la entrada del gobierno federal en el accionariado de Intel, el debate sobre posibles participaciones públicas en empresas de IA como OpenAI, el veto a que Anthropic venda en el exterior su modelo de ciberseguridad Mythos o las presiones para que las bigtechs compartan beneficios con Washington.

Revelaciones, todas ellas, de que las otrora infranqueables fronteras entre mercado y estrategia nacional se difuminaron.

China, por su parte, respondió con una estrategia opuesta, la de acelerar su autosuficiencia tecnológica. Los controles americanos terminaron impulsando una movilización industrial de enormes dimensiones. Qingyuan Lin, analista de Bernstein Research, enfatiza que “EE.UU., muy probablemente, haya fortalecido el negocio tecnológico y de semiconductores mucho más que el propio Gobierno chino”. Sentencia que precisa Kyle Chan, de Brookings Institution, para quien “los controles de la Casa Blanca sobre su sector exterior no solo no detuvieron el desarrollo tecnológico chino, sino que aceleraron una movilización nacional de talento, capital y política industrial encaminada a sustituir la tecnología extranjera”, lo que explica que “la autosuficiencia haya pasado de ser un desafío a largo plazo a una prioridad estratégica inmediata”.

Hasta el retorno de Trump a la Casa Blanca, Nvidia dominaba casi la totalidad del mercado chino de chips para IA, con cerca del 90% de su demanda. Pero, en la actualidad, las grandes tecnológicas de Pekín pusieron en liza sus alternativas propias. Alibaba y Baidu desarrollan procesadores internos, Huawei convirtió sus chips Ascend en el núcleo de su estrategia nacional y empresas como Cambricon ganaron protagonismo gracias a un mercado protegido de la competencia extranjera.

El progreso digital chino resulta especialmente significativo en el diseño de chips. El país dispone de miles de ingenieros. Muchos de ellos, formados durante años en compañías estadounidenses como Nvidia, durante su asalto al liderazgo empresarial global por capitalización bursátil –ronda en bolsa los 5 billones de dólares, un tamaño similar al PIB de Alemania, tras superar este listón a finales de 2025, igual que Apple–, o como AMD.

Esa acumulación de talento permite avanzar en arquitecturas propias, optimización de modelos y software especializado.

Pero su gran obstáculo continúa siendo la fabricación. La producción de los chips más avanzados depende de una cadena global dominada por empresas occidentales y asiáticas. La neerlandesa ASML mantiene un monopolio, de facto, sobre la maquinaria de litografía ultravioleta extrema (EUV), imprescindible para confeccionar semiconductores sofisticados. Sin acceso a ella, China tiene dificultades para competir.

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