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Nevaco Global
19 de septiembre de 2026

¿También México se encamina hacia el Siglo Asiático?

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Hay una paradoja en la economía mexicana que cada año resulta más difícil pasar por alto. México nunca había estado tan integrado con Estados Unidos como ahora. Sin embargo, una parte importante de los componentes, la tecnología, el capital y las cadenas de suministro que sostienen su industria llega desde el otro lado del mundo. Desde Asia.

Washington quiere un hemisferio menos expuesto a China. México, por razones evidentes, necesita preservar su acceso al mercado estadounidense. Pero mientras la política intenta conciliar ambas cosas, las empresas mexicanas llevan tiempo conviviendo con esa realidad: el vínculo económico con Asia es mucho mayor de lo que suele reconocerse en el debate público.

Por eso, plantear la próxima década como una elección entre Estados Unidos y Asia sirve de poco. México no está realmente ante esa elección. Lo que sí tendrá que decidir es hasta dónde quiere llevar su relación con Asia sin poner en riesgo el activo económico que supone su integración norteamericana.

Los datos ayudan a entenderlo. En 2025, México importó alrededor de 664 mil millones de dólares en mercancías. Estados Unidos representó aproximadamente el 37,6% del total y China algo más del 20%. Japón aportó cerca del 2,8%; Malasia, el 2,4%; y Tailandia, alrededor del 2%. Corea del Sur y Vietnam figuran también entre los proveedores asiáticos relevantes.

Tomada en conjunto, Asia ya supera a América del Norte como origen de las importaciones mexicanas.

México sigue vendiendo, sobre todo, hacia el norte. Pero muchos de los insumos que permiten producir esas exportaciones vienen de Asia. Demanda estadounidense, componentes asiáticos, producción mexicana. Buena parte del modelo industrial del país funciona hoy sobre esa combinación.

Ha funcionado bien. También genera dependencias que México tendrá que gestionar con más cuidado.

La segunda administración Trump ha hecho explícita una idea que en Washington lleva mucho tiempo presente: Estados Unidos considera el hemisferio occidental un espacio estratégico y no quiere que potencias externas consoliden posiciones que puedan comprometer sus intereses económicos o de seguridad.

La propia administración ha hablado del “Trump Corollary” de la Doctrina Monroe y ha utilizado el término “Donroe Doctrine”. En esa visión renovada del hemisferio, China ocupa inevitablemente un lugar central.

Y México se encuentra en una posición especialmente delicada.

Las conversaciones relacionadas con la revisión del T-MEC en 2026 muestran hasta qué punto ha cambiado la discusión. Washington ya no habla únicamente de aranceles o acceso a mercado. Habla de seguridad económica, reglas de origen, automóviles, acero, aluminio y cadenas de suministro. También insiste en impedir que terceros países aprovechen indirectamente las ventajas del mercado norteamericano sin asumir las obligaciones que acompañan al acuerdo.

No es difícil entender a qué países dirige principalmente esa preocupación.

México ya ha respondido en parte. Desde el 1 de enero de 2026 entraron en vigor nuevos aranceles para 1.463 fracciones de productos procedentes de países con los que México no tiene un acuerdo comercial internacional. Varias economías asiáticas están entre las afectadas, aunque el Gobierno mexicano ha insistido en que la medida no está dirigida contra un país específico.

Para Washington es una señal importante. Para México, sin embargo, queda pendiente una cuestión bastante más amplia: cómo reducir determinados riesgos sin limitar innecesariamente su relación con una región que será esencial para su crecimiento.

Asia no puede tratarse como un único bloque económico. Las relaciones que México mantiene (podría mantener) con Japón, Corea del Sur, India, Vietnam, Malasia o China son muy distintas entre sí.

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