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Corresponsal en Nueva York
22 sep. 2026 - 04:30
El presidente de EE.UU. Donald Trump y el presidente de China Xi JinpingBrendan Smialowski / AFP
El cambio o golpe de timón del presidente de Estados Unidos con Xi Jinping responde al fracaso de la estrategia arancelaria frente al monopolio chino de tierras raras, que ha forzado a Washington a sustituir la confrontación comercial por la hospitalidad diplomática. Trump ha debilitado las alianzas occidentales que antes servían para presionar a Pekín de forma coordinada. En cambio, la competencia real entre ambas potencias —en inteligencia artificial, minerales críticos y la influencia en Iberoamérica— sigue intensificándose lejos de los focos de la cena de gala.
Cuando el presidente de Estados Unidos Donald Trump irrumpió por primera vez en la escena política en junio de 2015, anunciando su candidatura a la Casa Blanca, China era su enemigo favorito. La acusaba de haber vaciado las fábricas estadounidenses y de haber destruido a la clase media. Ese discurso fue, en buena medida, el combustible que lo llevó a la Casa Blanca, junto con la amenaza de que México iba a pagar el muro de la frontera.
Él mismo se mostró sorprendido después del éxito que tuvo entre la que empezó entonces a convertirse en su base electoral: estadounidenses blancos de la América rural, que se sentían abandonados por Washington, a los que la globalización había robado su sueño americano.
Diez años después, tras ganar las elecciones en noviembre de 2016 a la exsecretaria de Estado con Obama, Hillary Clinton, el tono parece ser distinto. Este jueves, Trump saca la alfombra roja de la Casa Blanca para Xi Jinping en una cena de Estado en Washington. Lo describe como un «gran caballero» con quien mantiene una relación excelente. El giro retórico sigue la estrategia de Washington de la que ya empezó a hablar Barack Obama en 2011: pivot to Asia, la cual se vio interrumpida una y otra vez, primero, por imposibilidad de poner fin a la guerra en Afganistán, después por la anexión unilateral de Putin de Crimea y la posterior invasión de Ucrania.
La atención se centrará en Washington y no en Nueva York donde se reunirán los líderes de la comunidad internacional
La atención se centrará este jueves en Washington, y no en Nueva York donde se reunirán los líderes de la comunidad internacional para abrir el debate general de la Asamblea de la ONU. Por tradición, Brasil empezará la sesión el martes con el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, y después seguirá Trump, presidente de Estados Unidos, país anfitrión. El lunes Trump se verá con el alcalde izquierdista musulmán de Nueva York Zohran Mamdani.
El intento inicial de doblegar a Pekín mediante aranceles elevadísimos y restricciones a la exportación no ha dado los resultados esperados. China, que controla buena parte del mercado mundial de tierras raras —minerales esenciales para la industria electrónica—, ha utilizado ese monopolio como palanca para forzar una tregua comercial en condiciones favorables. En el pulso por el poder de negociación entre ambos líderes, Xi ha ganado, de momento.
Pese a los aranceles vigentes, el sector manufacturero chino no se ha resentido: Pekín ha encontrado nuevos mercados y desplazado a competidores industrializados, hasta el punto de cerrar el año pasado con un superávit comercial global, impulsado en parte por sus vehículos eléctricos de bajo coste, que están perjudicando a los fabricantes de Alemania, Japón y Corea del Sur.
Washington reconoce, además, que buena parte de las exportaciones chinas se desvían a través de terceros países —Vietnam es el ejemplo más citado— para esquivar los gravámenes.
Incapaz de torcerle el brazo a Pekín por la vía comercial, Trump ha optado por la del protocolo. Viajó a Pekín en mayo, donde fue agasajado con una cena de gala en el Gran Salón del Pueblo, y desde entonces ambos líderes podrían volver a verse hasta dos veces más este año en cumbres internacionales. Para la visita de esta semana, la Casa Blanca ha instalado un helipuerto en el jardín sur, y el propio Trump ha lamentado públicamente que el salón de baile que está construyendo en la residencia presidencial no esté listo a tiempo para recibir a Xi.
El presidente de Estados Unidos ha debilitado buena parte del entramado de alianzas económicas y de seguridad que históricamente permitía a Washington presionar a Pekín de forma coordinada. Ha criticado al presidente francés Emmanuel Macron y ha mantenido una relación distante con los países de la OTAN tras el tibio apoyo a Estados Unidos en la guerra con Irán. Además, ha abierto un contencioso comercial con Canadá, al que se ha referido como candidato a convertirse en el «estado número 51», forma de referirse tradicionalmente a Puerto Rico.
La inteligencia artificial es un gran frente de rivalidad, que se une al comercio tradicional y los vehículos eléctricos. China sigue expandiendo sus capacidades militares y de inteligencia artificial pese a las restricciones estadounidenses sobre semiconductores avanzados. Washington busca compensar su dependencia de tierras raras chinas mediante nuevas alianzas de suministro.