El 3 de noviembre de 2026 los republicanos sufrieron una derrota real y los demócratas lograron un triunfo real. Pero ninguna de las dos cosas equivale a un cambio de régimen. Lo que hubo fue un castigo electoral dentro del mismo sistema: cambia el personal, cambia el tono, cambia la gestión de la legitimidad, y se mantiene el núcleo de poder económico, militar y geopolítico.
En el primer conteo se hablaba de al menos 228 escaños demócratas en la Cámara y 54 en el Senado. Con el escrutinio más avanzado, Reuters proyectó que los demócratas podrían terminar con 56 de 100 senadores y cerca de 260 de 435 representantes, lo que facilitaría, con algunos votos republicanos, mayorías de dos tercios para superar vetos.
En gobernaciones tampoco fueron exactamente seis pérdidas republicanas en el conteo consolidado, sino cinco giros confirmados: Georgia, Iowa, Nevada, Ohio y Texas, para un total de 28 gobernaciones demócratas frente a 20 republicanas.
El motor no fue el socialismo, fue el costo de vida. La guerra con Irán se convirtió en un tema electoral central y muchos estadounidenses culparon al conflicto iniciado por Trump en febrero del alza de precios, sobre todo de la gasolina. A eso se sumaron los aranceles, con un costo calculado cercano a 920 dólares por hogar y con la advertencia de que, una vez impuestos, son políticamente difíciles de revertir.
Trump sigue siendo presidente dos años más, con veto, órdenes ejecutivas y control de la política exterior. Por eso el triunfo demócrata es un freno, no una toma del poder.
La Democratic Socialists of America (DSA) y sus capítulos locales respaldaron a 131 candidatos: 10 a la Cámara, 52 a legislaturas estatales y 69 a cargos locales.
En la Cámara, seis candidatos respaldados por la DSA ganaron en distritos sólidamente azules: Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez en Nueva York, Melat Kiros en Colorado, Angela Gonzales-Torres en California, Donavan McKinney en Michigan y Chris Rabb en Pensilvania. Eso multiplica por cuatro la presencia, desde los dos miembros actuales, Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib.
En las ciudades, Zohran Mamdani es alcalde de Nueva York desde el 1 de enero de 2026 y miembro de la DSA. A eso se sumaron Nithya Raman en Los Ángeles y Janeese Lewis George en Washington DC. El Caucus Progresista esperaba recibir 25 nuevos miembros en enero y superar los 100 integrantes.
El límite es igual de claro. Los progresistas ganaron solo cinco de los 42 escaños que los demócratas le arrebataron a los republicanos en la Cámara, y en el Senado los candidatos moderados le quitaron seis escaños a los republicanos, frente a uno ganado por el ala izquierda.
Los cuatro candidatos más alineados con la izquierda y respaldados por Bernie Sanders tuvieron los cuatro peores desempeños frente a 2024, mientras el candidato demócrata promedio al Senado mejoró 16 puntos frente a Harris. En la Cámara, los progresistas superaron a Harris en promedio 12.2 puntos, frente a 14.1 de la coalición moderada New Democrat y 15.4 de los Blue Dog. Los candidatos de la DSA superaron en 16.5 puntos, pero con una muestra muy pequeña de siete candidatos, generalmente en distritos muy azules.
En conclusión, el ala socialista es una minoría influyente en agenda, asequibilidad, Gaza e ICE, pero no controla la mayoría. El líder demócrata en la Cámara, Hakeem Jeffries, se distanció de la agenda de la DSA al tiempo que dejó claro que los candidatos respaldados por la DSA que ganaran serían bienvenidos al caucus.
3. ¿Los demócratas son menos imperialistas o son la cara amable del imperialismo?
No son antiimperialistas. Son gestores distintos del mismo imperio, con una diferencia real de método que no cambia la estructura.
Sobre China hay consenso bipartidista desde hace años: ambos partidos ven a China como una amenaza central para Estados Unidos y su papel de líder global. La relación está estructuralmente fijada en un curso mayormente de suma cero y la ola azul no representa un cambio político fundamental para esa relación.
La historia desmiente la idea de un partido de la paz: desde Bill Clinton hasta Joe Biden, todos los presidentes demócratas de la era moderna emplearon fuerzas estadounidenses para atacar objetivos en el exterior, incluidos Bosnia, Siria, Libia y Yemen, sin aprobación del Congreso en varios casos.