La economía de Venezuela empezó a desmoronarse hace más de una década, hasta tal punto que los hospitales quedaron sin casi nada, los apagones se hicieron constantes e incluso los productos más básicos desaparecieron de las estanterías de las tiendas.
Pronto, millones de venezolanos huyeron del país, a menudo a pie, y se dispersaron por todo el hemisferio y más allá. Ante el vertiginoso declive de la nación, el ya de por sí represivo gobierno de Venezuela endureció aún más su mano, y robó unas elecciones y las esperanzas de cambio de la gente.
Luego vinieron los ataques militares estadounidenses contra embarcaciones frente a las costas del país, un bloqueo parcial de su petróleo y una intervención inaudita: el gobierno de Donald Trump irrumpió en la capital, detuvo al líder autoritario de Venezuela y declaró que Estados Unidos gobernaría el país, convirtiéndolo de hecho en un Estado vasallo.
Luego de todas esas crisis vertiginosas, Venezuela parecía por fin estar al borde de un renacimiento económico este año. El petróleo volvía a fluir, sus dirigentes estaban restableciendo los lazos con los prestamistas internacionales y los ejecutivos del sector energético acudían en masa a Caracas, la capital, para explorar posibles acuerdos.
Pero entonces, los dos terremotos de esta semana lo han trastocado todo.
El gobierno venezolano, falto de liquidez y que ya luchaba por controlar la tasa de inflación más alta del mundo, ahora debe encontrar la manera de organizar una enorme respuesta ante el desastre: retirar grandes cantidades de escombros, localizar y atender a innumerables supervivientes que se han quedado sin hogar y restablecer los servicios básicos en un país en crisis.
“Este es un país que ya tenía enormes necesidades de reconstrucción”, dijo Francisco Rodríguez, un destacado economista venezolano. “Ahora, además de eso, tienen que reconstruir sin disponer de acceso inmediato a los recursos”.
Es probable que la tragedia aumente las expectativas puestas en Estados Unidos, sobre todo porque el gobierno de Trump tomó el control de la industria petrolera venezolana tras destituir en enero al líder de Venezuela, Nicolás Maduro.
El presidente Trump ha presentado la transformación de Venezuela en un Estado cliente rico en recursos, liderado por Delcy Rodríguez —la sucesora de Maduro elegida por Washington—, como un éxito tremendo. Pero incluso antes de que se produjeran los terremotos, la frustración iba en aumento en el país por la falta de mejoras en las condiciones de vida bajo el nuevo régimen estadounidense.
Trump dice que Estados Unidos está “listo, dispuesto y capacitado para ayudar” al país tras los terremotos. Pero los venezolanos ya están criticando la respuesta de su gobierno ante la catástrofe, y han señalado que han sido los civiles quienes han liderado muchas de las labores de rescate en las zonas más afectadas.
“Esto incrementa la presión sobre el gobierno de Delcy Rodríguez y sobre su tutor, el gobierno de los Estados Unidos, para que esto empiece a dar más resultados”, dijo Omar Zambrano, economista de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.
Mientras los venezolanos rebuscan entre los escombros, la conmoción causada por los terremotos es abrumadora. La cifra oficial de muertos ya ronda los mil y seguro que seguirá subiendo. Según el gobierno venezolano, unos 1400 edificios han sufrido daños, incluidos 13 hospitales, y como cientos de réplicas han sacudido lo que queda de los apartamentos, tiendas y oficinas, mucha gente está durmiendo a la intemperie. Las pérdidas económicas podrían oscilar entre menos de 10 millardos de dólares y hasta 100 millardos, según las estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos.
Para poner estas estimaciones en contexto, si las pérdidas finales se sitúan en torno a los 10 millardos de dólares, podrían suponer el 10 por ciento de la producción económica anual total de Venezuela.
Si las pérdidas llegaran de alguna manera a los 100 millardos de dólares, eso es lo que Trump dijo que las petroleras internacionales tendrían que invertir para reactivar la industria petrolera venezolana a lo largo de varios años, lo que podría poner en conflicto los esfuerzos de recuperación con los objetivos de Trump para el sector petrolero del país.
Sobre el terreno, las carreteras se han quedado destrozadas después de los terremotos, lo que complica aún más todo. Incluso el aeropuerto internacional cerca de Caracas está cerrado tras sufrir daños, lo que ha paralizado los viajes, el comercio y otros aspectos logísticos.