La nueva carrera global ya no es por el petróleo, sino por la inteligencia tecnológica
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Una persona abre el celular y encuentra, en la misma pantalla y casi con la misma jerarquía, las imágenes de un incendio devastador, una noticia científica, una operación política, una recomendación de inversión y una mentira que se replica miles de veces. Nunca tuvimos tanta información disponible. Nunca fue tan difícil distinguir cuál es confiable, cuál es relevante y cuál puede ayudarnos a decidir.
Esa paradoja explica una parte central de la disputa por el poder en este siglo. Durante más de cien años, el mapa de la geopolítica se dibujó siguiendo las rutas del petróleo, los minerales y las materias primas. Esos recursos siguen siendo estratégicos, pero el liderazgo mundial se está desplazando hacia otra capacidad: obtener información valiosa, validarla, relacionarla con necesidades concretas y transformarla en conocimiento para decidir qué tecnologías desarrollar, proteger y llevar al mundo. Esa capacidad se llama inteligencia tecnológica.
En 2025, las exportaciones de servicios basados en la economía del conocimiento alcanzaron los 9.600 millones de dólares y consolidaron al sector como el tercer complejo exportador del país, detrás del oleaginoso-cerealero y el petrolero-petroquímico. El dato revela que el conocimiento ya genera divisas, empleo calificado y oportunidades de inserción internacional. También deja planteada una pregunta incómoda: ¿vamos a participar de esta carrera creando y controlando tecnología o nos limitaremos a comprar soluciones diseñadas a partir de problemas, datos e intereses ajenos?
La inteligencia artificial vuelve esta pregunta más urgente. Sus herramientas procesan cantidades extraordinarias de datos, reconocen patrones y realizan en minutos tareas que antes demandaban semanas. Su potencia es indiscutible. Pero producir más respuestas no garantiza comprender mejor un problema. Un algoritmo puede encontrar regularidades en millones de documentos; por eso, todavía necesitamos personas capaces de formular buenas preguntas, reconocer una necesidad humana, evaluar consecuencias y elegir un rumbo.
La inteligencia tecnológica aporta método para hacerlo. Permite identificar fuentes confiables, buscar y generar información, validarla, procesarla y convertirla en evidencia para la toma de decisiones. Combina información secundaria —artículos científicos, patentes, normas, mercados, regulaciones, bases de datos— con información primaria: aquello que saben, observan, necesitan y sienten las personas involucradas. Y, justo allí, aparece su dimensión profundamente humana. Más aun si tenemos en cuenta que muchas decisiones fracasan porque se construyen sobre una porción demasiado pequeña de la realidad. Si en una empresa, una universidad o un gobierno sólo participan quienes piensan parecido, el diagnóstico puede ser prolijo y, al mismo tiempo, pobre. La realidad es más extensa que la mirada de cualquier líder y más compleja que el modelo de cualquier computadora.
En ese sentido, escuchar visiones diferentes tampoco supone que quien conduce renuncie a su responsabilidad. La decisión final sigue en sus manos. La diferencia es que puede tomarla después de contrastar evidencia, incorporar experiencias diversas y comprender mejor el territorio sobre el que va a actuar. Esa escucha amplía la realidad disponible y mejora la calidad de la decisión.
En la práctica, hemos comprobado que una estrategia consistente necesita responder tres preguntas.
Las organizaciones más sólidas buscan un equilibrio posible entre la generación de valor y el bien común. Las nuevas generaciones observan cómo se produce, qué impacto ambiental deja una actividad y qué problemas sociales ayuda a resolver. Esa transformación cultural modifica mercados, regulaciones, inversiones y decisiones empresariales. La inteligencia tecnológica permite reconocer esas señales antes de que se vuelvan evidentes y convertirlas en criterios concretos para innovar. Así, la sustentabilidad entra en la estrategia desde el comienzo, como una condición para construir valor duradero.
En el campo tecnológico, ese territorio incluye las tecnologías existentes y emergentes, los avances científicos, los competidores, los grupos de investigación, las necesidades de los usuarios, las tendencias de consumo, los mercados, las regulaciones, las barreras de entrada, las políticas públicas y los derechos de propiedad intelectual de terceros. Recién cuando ese mapa está sobre la mesa resulta posible elegir un camino, asignar recursos y establecer indicadores verificables. A eso llamamos planificación estratégica. Planificar antes de comprender el contexto equivale a dibujar una ruta sin conocer el terreno.
Las patentes, las marcas, los diseños, las variedades vegetales y los secretos empresariales permiten convertir una creación en un activo que puede valorarse, atraer inversión, negociarse y escalar. Proteger sin estrategia puede generar papeles costosos. Desarrollar tecnología sin comprender cómo protegerla puede entregar a otros gran parte del valor creado. La inteligencia tecnológica ayuda a decidir qué proteger, dónde, cuándo y con qué objetivo de negocio.
Así, el desafío argentino consiste en multiplicar capacidades. La ciencia básica necesita libertad para ampliar las fronteras del conocimiento. La investigación aplicada necesita, además, prioridades, recursos, gestión profesional y conexión con problemas productivos, sociales y ambientales. Ambas se fortalecen cuando existe una política científica que comprende sus tiempos y sus lógicas, y cuando la innovación se gestiona como un proceso.
En Argentina, tenemos método para profesionalizar la gestión de la innovación, soportado por normas internacionales de la familia IRAM/ISO 56000 que nos guían para disminuir la incertidumbre y transformar conocimiento en negocios globales. Estas herramientas, lejos de inhibir la creatividad y la intuición, permiten que ambas se apoyen en evidencia, aprendizaje y método.
Un gobierno también debe comprender su contexto, escuchar actores diversos, construir escenarios y decidir bajo incertidumbre. Las mesas de diálogo multiactorales y los dispositivos de construcción colaborativa de futuros permiten incorporar información que rara vez aparece en una base de datos: experiencias, temores, expectativas, conflictos y conocimientos distribuidos en la sociedad. Usar inteligencia estratégica en la gestión pública fortalece la capacidad de decidir y de explicar por qué se elige un camino.
Vivimos una época en la que los datos sobran y la comprensión escasea. La ventaja pertenecerá a quienes puedan separar información de ruido, reunir saberes dispersos y transformarlos en decisiones con sentido económico, social y ambiental. La inteligencia artificial puede acelerar esa tarea; el propósito, el juicio y la responsabilidad continúan siendo humanos.
La carrera por la inteligencia tecnológica ya comenzó y la Argentina cuenta con científicos, emprendedores, instituciones y empresas capaces de participar activamente. El desafío es conectar esas capacidades, gestionar profesionalmente la innovación y proteger las creaciones argentinas para transformarlas en desarrollo sustentable y oportunidades para nuestra gente.
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