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La reunión de potencias económicas se desarrolló en tensa calma. Al finalizar, no hubo grandes acuerdos ni anuncios
El Gran Salón del Pueblo en Pekín fue el escenario de la aguardada cumbre bilateral China – Estados Unidos, que reunió a los presidentes Xi Jinping y Donald Trump este 14 de mayo.
El contexto geopolítico y geoeconómico es tenso y delicado, y en su interior Estados Unidos llega con severas dificultades. Sus movimientos agresivos recientes contra China no tuvieron éxito.
El gigante asiático no se sometió a los aranceles ilegales de Trump y respondió con la misma moneda aumentando las tasas de ingreso y comercialización de productos estadounidenses en su mercado interno, además de restringir los negocios con las empresas que pretenden acceso a las tierras raras y minerales estratégicos, cuya extracción controla en más del 70%.
La política guerrerista de Trump intentó, días antes de la visita y menospreciando su derrota estratégica en Irán, sancionar a las empresas Hengli Petrochemical y Shandong Chemical, que según el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos negociaron el envío de petróleo a China comprándolo de compañías controladas por la Guardia Revolucionaria Islámica. En respuesta, el gobierno de Xi Jinping emitió una orden que, además de calificar las sanciones de ilegales, prohibió a las empresas chinas darles cumplimiento.
Así que esta vez no solo a Trump, sino a prácticamente todo el staff de las grandes corporaciones que dependen de minerales estratégicos, les tocó salir de sus cavernas e ir al encuentro con la potencia asiática.
El reconocimiento implícito de que China es un factor en política externa que desequilibra los planes de expansión imperial estadounidense comienza por allí. No fue una conversación en la cual Trump dio las cartas, porque no hubo como fanfarronear, sino evaluar los riesgos que corría ante el hecho de que el adversario tiene demostrada capacidad de resistir, sortear provocaciones y contragolpear.
Lógicamente, para los Estados Unidos esto no significa paralizar el plan de expansión imperial, sino buscar una recomposición comercial, sin dejar de priorizar áreas específicas que considera debe ocupar y militarizar, manteniendo la retórica amenazadora en América Latina y el Caribe e intentando imponer el unilateralismo bajo presión.
No hubo ni grandes acuerdos ni hay grandes anuncios, pero el Partido Comunista Chino, en un extenso documento, manifestó la disposición del país en “conducir bien las relaciones”, promoviendo los diálogos para una “relación estratégica constructiva” sustentada en “la estabilidad positiva y benigna en tres sentidos: competiciones comerciales moderadas, estabilidad normalizada con un sistema de administración de las diferencias y estabilidad para la paz”.
Trump llegó a China con una comitiva gubernamental formada por su secretario de Estado y su ministro de Guerra. Pero además por empresarios y financiadores de Wall Street que participaron de una reunión con el ministro de comercio Wang Wentao.
Entre ellos Elon Musk, dueño de las empresas Tesla y SpaceX; Tim Cook, CEO de la Apple; Robert Ortberg, presidente de la Boeing; David Solomon, dueño de la Goldman Sachs, y la conocida negociadora británica Jane Fraser, primera mujer en dirigir una corporación financiera como el Citigroup.
Nada es una casualidad: los condicionantes internos actuales de la política externa estadounidense están concentrados en esas corporaciones, que eligieron a Trump pero que hoy son críticos a algunas de sus tácticas de negociación.
Para el gran capital, China no es solo un fuerte contradictor, sino un mercado en el cual ampliar horizontes no será fácil, pero está claro que deberá ser por una vía diferente de la guerra comercial o militar. En esa situación, Taiwán es un referente de negocios demasiado delicado para dejarlo en las manos de Trump.
En efecto, con solo 160 kilómetros de mar separando a la isla del continente, para el empresariado estadounidense hay siempre la expectativa de comercializar productos en el mercado chino. Pero la situación no es fácil.
El tratamiento a la Taiwan Semiconductor Company es un ejemplo. La empresa tiene sede en Hsinchu, al norte de la isla, y produce los componentes (chips) para otras empresas como Nvidia, Apple y AMD. El anterior gobierno de Joe Biden prohibió que la empresa vendiera componentes a China alegando razones de seguridad nacional.
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