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24 de septiembre de 2026

Canadá y la Unión Europea: ¿una nueva alianza atlántica? - PáginasDigitalFacebookInstagramTwitterYouTube

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Vivimos en tiempos estratégicos. ¿Cuándo no se han vivido estos tiempos? Sin embargo, parece que ahora nos enteramos más de cómo son los hilos del mundo, aunque ciertamente, sabemos poco de quienes los mueven.

Cuando Islandia había dado un portazo a la UE, y cuando Dinamarca y los EE. UU. anunciaban un nuevo acuerdo para permitir la presencia norteamericana en la gran isla del Norte, puerta del Ártico, la presidenta Ursula von der Leyen nos sorprendió en el discurso sobre el Estado de la Unión, SOTEU, con el anuncio o proposición de una Canadá asociada a la Unión Europea. Con el primer ministro canadiense, Mark Carney, como invitado.

Canadá suele ocupar en la mirada europea un lugar de actor secundario. Sabemos poco de ellos como españoles, más allá de que es una democracia estable, rica en recursos naturales y energéticos, de paisajes maravillosos pintados por el genio Harold Foster, políticamente previsible y culturalmente próxima,…y geográficamente remota.

No obstante, Canadá ha estado presente en todas las guerras mundiales y en la construcción del orden internacional nacido en Bretton Woods. Por muchos es conocida la fama que tienen para sus vecinos del sur, pero están actuando con inteligencia en estos tiempos convulsos que corren.

La señora von der Leyen ha apostado por una autonomía estratégica de la UE basada en la interdependencia, no en la autarquía, respecto de aquellos que sabemos semejantes por compartir en esencia unos mismos valores. En alusión al primer ministro canadiense, la política alemana se preguntaba cómo no alcanzar un acuerdo con una persona así, tan parecido a nosotros.

En esa semejanza se vislumbra lo que se ha dado en llamar los socios “like-minded”, o socios parecidos a nosotros, que presentan afinidad política. La que se tiene con Canadá es, con mucho, una de las relaciones más afines que pueden darse entre países o aliados.

Estado de Derecho, democracia representativa, economía abierta, multilateralismo y defensa de un orden internacional basado en reglas son la letra de un himno que pueden cantar juntos. Ahora bien, sobre esta comunidad de principios cabe preguntarse si existe o puede ir a más una identidad de intereses entre Ottawa y Bruselas.

Los ámbitos en que cabe trabajar juntos van desde el tradicional comercio, competencia de la UE; a los ámbitos de la seguridad económica, combustibles como el gas, la transición energética, la tecnología digital, la inteligencia artificial, los minerales críticos y la defensa.

Desde el punto de vista económico, el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), entre Canadá y la Unión Europea, aplicado provisionalmente desde 2017, ha servido como cabeza de puente para acercar ambas orillas, aunque aún 10 países de la UE no lo han ratificado o firmado (entre ellos, ni Francia ni Italia), a pesar de que este pacto eliminó el 99% de los aranceles, disparando el comercio de bienes y servicios por encima de los 130.000 millones de euros anuales. Por otro lado, el presidente galo, Macron, que esta semana en sede de las Naciones Unidas apostaba por romper la política de bloques, proponiéndose para liderar otro (sic) frente a EE. UU. y China, visitó al primer ministro canadiense, Carney, en el territorio francés de San Pedro y Miquelón, muy próximo a la Canadá continental, para hablar de seguridad energética y minerales críticos (Francia busca de forma urgente asegurar el suministro de gas natural licuado (GNL) canadiense hacia los puertos atlánticos europeos, así como el acceso a sus tierras raras); gobernanza conjunta de la IA; regulación de derechos de pesca, rutas marítimas y seguridad climática compartida frente al deshielo del Ártico.

El que tenga ojos, que vea. Canadá asociada a la UE es una Canadá asociada a Francia, como contrapeso a las guerras comerciales “trumpianas”, de naturaleza guadianesca.

Pero, además, si echamos un vistazo a la biografía de Carney, político liberal, de centroizquierda, católico, con un grado en Economía en Harvard y un doctorado en Filosofía en Oxford, que conoció a su mujer en Oxford, entenderemos la huella anglosajona, la que le llevó unos años a presidir el Banco de Inglaterra. Sí, el de Inglaterra.

Lo que se oye en los pasillos de Bruselas es que, a lo sumo, la relación de asociación terminará por ser, si es que llega a ser, muy parecida a la que tiene la UE con Suiza, repleta de acuerdos bilaterales de todo tipo, pero distinta a la de Noruega, Islandia y Liechtenstein del Espacio Económico Europeo, o a la del Reino Unido, que sería esperable que se moviera hacia los bordes exteriores de la UE en busca de cierto cobijo, pues no en vano Canadá y el Reino Unido forman parte de la Commonwealth y comparten formalmente al mismo monarca (Carlos III), así como otros vínculos en materia de defensa e inteligencia (“Five Eyes”, junto a EE. UU., Australia y Nueva Zelanda).

En un momento en que la UE, frente a las hegemonías china y americana, busca forjar un frente unido y semejante, la entrada de Canadá en escena exigirá un planteamiento realista, que trate de limar las evidentes asimetrías entre Canadá y Europa.

Hay pasos hacia una unión más estrecha, como, por ejemplo, que Canadá sea país receptor de parte de los 150.000 millones del fondo SAFE en materia de defensa, cosa que, por ejemplo, el Reino Unido no es, lo que demuestra algo que en relaciones internacionales es oro: confianza y previsibilidad.

Los europeos tenemos en el ADN grabado a fuego esto desde la Segunda Guerra Mundial, y en esto se fundan nuestros Estados sociales, que han llegado a ser prácticamente inasumibles cuando se han convertido en Estados del bienestar desde la cuna al nicho. Sin duda, es una ventaja, pero también es una debilidad, porque nuestras debilidades son las mismas que las que pueda tener Canadá, con una población que es un diez por ciento de la de la UE (40 millones de personas, en el segundo país más extenso del planeta).

Con todo, es bueno siempre que se acerquen a uno, o lo hagamos nosotros, porque demuestra capacidad y agilidad para llegar a acuerdos en un mundo donde los acuerdos son difíciles de lograr y, sobre todo, de mantener.

Tal vez, la complementariedad que unos predican entre Rusia y Europa, por los recursos de aquella, sea preferible respecto del Canadá, con parecidos recursos y un sistema asimilable al de cualquier país europeo, con la desventaja para Alemania de ser un país a caballo entre Francia e Inglaterra, aunque esta es otra de sus debilidades, explotables sin duda alguna por cualquier socio europeo llegado el momento. También por EE. UU.

La guerra de Ucrania ha situado a la UE ante el espejo. Ha tenido que aflorar la dimensión de seguridad que tenía en su origen, pues no otra cosa fue la unión de Alemania y de Francia en torno al acero y el carbón, materiales con los que se hacían todas las guerras, para empezar a pensar en un país asociado a nosotros, culturalmente asimilable a nosotros (no lo sería, por tanto, Turquía).

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