La provincia de Alicante guarda (con un poco de celo) rincones donde la arquitectura rural cuenta, mejor que cualquier libro de historia, cómo vivían sus habitantes hace siglo y medio. Dicho esto, hay una comarca alicantina muy concreta en la que el paisaje todavía conserva edificaciones con arcos y tejados inconfundibles, pensadas para una actividad agrícola de la época.
Aquellas construcciones nacieron ligadas a un producto que se exportaba a media Europa y que convirtió a la zona en una potencia comercial durante el siglo XIX. Pero su historia también incluye un final abrupto, provocado por una plaga que llegó del extranjero y que en pocos años acabó con buena parte de aquel negocio agrícola.
La construcción de la que hablamos es el riurau, una edificación rural característica de la Marina Alta, la comarca alicantina donde se desarrolló como respuesta a una necesidad muy concreta: proteger la uva moscatel de la humedad mientras se secaba al sol para convertirse en pasa.
Se trata de estructuras de planta rectangular alargada, con amplias arquerías de medio punto rebajado (los llamados arcos carpanel) construidas en ladrillo macizo y mampostería sobre pilares, orientadas siempre hacia el sol.
Una sola nave cubierta con teja protegía los racimos, que por la noche se retiraban hacia el interior para resguardarlos del rocío y la humedad.
Aunque son propios de la Marina Alta, también aparecen ejemplos aislados en comarcas vecinas como la Safor o el Valle de Albaida, lo que confirma su origen ligado a un territorio y una tradición muy específicos.
El siglo XIX fue la época de mayor esplendor para la industria de la pasa en la Marina Alta. Animados por comerciantes extranjeros, principalmente franceses y británicos, los agricultores plantaron viñedos de uva moscatel para producir pasas doradas y dulces que acababan en las mesas de media Europa y de Norteamérica.
El proceso de elaboración, conocido como l’Escaldà, consistía en sumergir brevemente los racimos en agua hirviendo con sosa cáustica y sorrosca (una planta usada como colorante natural) para cortarles la piel.
Ese escaldado reducía el tiempo de secado de un mes a apenas seis días, y hoy sigue practicándose en localidades como Jávea, Xaló o Parcent, siendo reconocido como Bien de Interés Cultural Inmaterial desde 2018.
Puertos como el de Dénia vivieron años de comercio intenso con Inglaterra y Estados Unidos, donde las pasas de esta comarca alicantina eran muy apreciadas para elaborar los pasteles que acompañaban el té.
El declive llegó a principios del siglo XX, cuando la filoxera, un insecto que ataca las raíces de la vid, arrasó los viñedos de la Marina Alta en muy pocos años. La plaga se sumó a otros golpes económicos: la llegada de pasas turcas y griegas a los mercados internacionales, la crisis de 1910, la caída de las exportaciones y varias cosechas fallidas.
Muchos agricultores optaron por sustituir las viñas arrasadas por cítricos o almendros, cultivos que todavía hoy dominan el paisaje de la comarca.
Sin la uva que les daba sentido, buena parte de los riuraus quedaron abandonados o se reconvirtieron en almacenes agrícolas.
Algunos de estos edificios sobrevivieron gracias a un segundo uso: el Riurau de María, en Parcent, una construcción del siglo XVIII reconvertida en 1998 en casa rural, es hoy uno de los pocos ejemplos que se pueden visitar y hasta habitar, rodeado de los mismos viñedos, cítricos y almendros que sustituyeron a las varietales que la filoxera arrasó.
Esta empresa se ha acogido a las subvenciones del Gobierno de España cofinanciadas con el Fondo Europeo de Desarrollo Regional para las regiones ultraperiféricas para el transporte de mercancías en Canarias.”Una manera de hacer Europa”