A pesar de seguir las directrices de EE.UU., los aranceles de Trump afectan a productos dominicanos, destacando que los intereses prevalecen sobre lealtades.
De nada ha valido que nuestro país cumpla, sin cuestionar, los lineamientos que ha querido la Casa Blanca —entre ellos el «Escudo de las Américas» y el enfriamiento de las relaciones con China—, pues al final los aranceles de Trump se han impuesto. El 12.5 % a insumos y productos dominicanos en Estados Unidos, como sanción por presuntamente no combatir el trabajo forzado, resulta ser un golpe de un «aliado».
Como diría el ex primer ministro británico lord Palmerston: «No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber defenderlos», esto al justificar su política de flexibilidad ante el Parlamento para proteger los intereses comerciales, marítimos y geopolíticos de Gran Bretaña en los tiempos convulsos de mediados del siglo XIX.
Los países nunca guían su política exterior por sentimentalismos, ideologías o lealtades fijas, sino por el beneficio y la seguridad de su propio país. Es más difícil, si la sanción viene de una nación más grande y poderosa, a la que no podemos responder y con la que nos unen lazos imposibles de romper, ante todo esto solo nos toca aguantar y no dar motivos para incomodar.
Cayó un joven de la Liga de Baloncesto San Carlos, en la capital. En Azua, dos muchachos más no llegaron vivos al lunes. Distintas horas, mismo guion: balas de delincuentes en atracos que ya no sorprenden a nadie. Tres familias, un mismo dolor multiplicado. Y, mientras el país cuenta sus muertos, el director de la Policía andaba departiendo con los pastores en Belén.