Un análisis difundido por el empresario Martín Varsaski en las últimas horas plantea que el mundo atraviesa una nueva etapa de conflictos globales, con múltiples frentes abiertos, un fuerte incremento del gasto militar y una creciente tensión entre las principales potencias.
El texto sostiene que, ante un eventual conflicto a escala mundial y sus consecuencias, la Argentina podría contar con una posición estratégica privilegiada debido a su distancia de los principales escenarios bélicos, su capacidad de producción de alimentos, disponibilidad de recursos naturales y ubicación en el hemisferio sur.
Mientras se multiplican los frentes de conflicto y avanza el
rearme, resalta la posición estratégica de Argentina
Creo que la Tercera Guerra Mundial ya empezó, y no lo digo
como una metáfora
Empezó en Europa con la invasión de Ucrania. Rusia intenta
destruir por la fuerza el orden de seguridad europeo surgido tras la Guerra
Fría mediante la mayor invasión que ha sufrido el continente desde 1945. El
CSIS calcula más de dos millones de bajas militares entre ambos bandos hasta
junio de 2026, con entre 400.000 y 450.000 soldados rusos muertos y entre
125.000 y 150.000 ucranianos. Las muertes rusas superan en más de cuatro veces
todas las bajas mortales de Estados Unidos en todas sus guerras juntas desde
1945
Tampoco sabemos si no estemos viviendo nuestro equivalente
de 1939. Quienes vivían entonces no podían saber qué episodio elegirían los
historiadores como comienzo de la guerra mundial. Alemania y la Unión Soviética
invadían Polonia mientras Japón combatía en China, y gran parte del planeta
seguía formalmente en paz. Una guerra mundial no comienza necesariamente cuando
las grandes potencias se la declaran. Puede comenzar cuando se forman las
coaliciones, se conectan las cadenas de suministro militar y cada conflicto
alimenta al siguiente
Rusia no combate sola. Irán le proporcionó los drones Shahed
que hoy Rusia fabrica en serie en Alabuga y lanza cada noche contra las
ciudades ucranianas. Soldados norcoreanos han combatido en Kursk y Pyongyang ha
entregado millones de proyectiles de artillería, al amparo del tratado de
defensa mutua firmado por Kim y Putin en junio de 2024. Corea del Norte puede
sostener ese esfuerzo porque China mantiene su economía y absorbe cerca del 90%
de su comercio exterior. Pekín, además, alimenta la industria de guerra rusa
con componentes de doble uso, máquinas-herramienta, nitrocelulosa, microchips y
piezas para drones. Puede alegar que no ha entrado en la guerra, pero en una
guerra industrial quien fabrica las máquinas que fabrican las armas es parte del
esfuerzo bélico.
El segundo frente está en Oriente Medio. Irán lleva décadas
construyendo una red de organizaciones armadas con la que desestabiliza toda la
región: sostiene a Hamás, arma a Hezbolá, respalda a los hutíes y mantiene
milicias en Irak y Siria. Estados Unidos e Israel han pasado de contenerlo a
golpearlo directamente. Pero Irán ya había extendido el conflicto mucho más
allá de Israel. En junio de 2025 bombardeó con misiles la base estadounidense
de Al Udeid, en Catar. Antes, Arabia Saudí había perdido temporalmente la mitad
de su producción de petróleo en Abqaiq y Emiratos había recibido misiles hutíes
en Abu Dabi. A ellos se suman todos los países cuyos barcos y suministros
energéticos quedan expuestos en Ormuz y el mar Rojo
Y esta semana la escalada dio un paso más. El pasado 27 de
agosto, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, advirtió
que Rusia puede atacar objetivos militares británicos dentro y fuera de
Ucrania, y habló de “consecuencias catastróficas” para el Reino Unido. El
detonante fue la decisión de Londres de compartir tecnología clasificada del
misil Storm Shadow para que Ucrania pueda fabricarlo en su propio territorio.
Días antes, el director de la CIA había viajado a Moscú a transmitir la advertencia
inversa: que Rusia no ataque a ningún país de la OTAN. Un miembro permanente
del Consejo de Seguridad amenazando a otro con ataques directos, y la principal
agencia de inteligencia del planeta viajando a pedir que no ocurra.
Taiwán, la península de Corea, el Báltico y el Ártico
permanecen en una guerra fría cada vez menos fría. Todos están militarizados y
cualquiera puede ser el próximo frente. Alrededor de los frentes físicos se
libra otra guerra permanente, en los satélites, los cables submarinos, las
infraestructuras energéticas y las redes
Los números lo confirman mejor que cualquier análisis. El
gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, el
undécimo año consecutivo de subida y el más alto jamás registrado por el SIPRI.
Un 41% más que hace diez años. El 2,5% del PIB del planeta, el nivel más alto
desde 2009. Unos 350 dólares por cada habitante de la Tierra. Europa subió un
14% en un solo año. China lleva treinta y un años consecutivos aumentando su
presupuesto militar, la racha más larga registrada. Taiwán subió un 14% en
2025, su mayor incremento desde al menos 1988. Rusia dedica el 7,5% de su PIB a
la guerra
Nada de esto apunta a mejorar. Los países no gastan así por
costumbre. Gastan así cuando esperan combatir, y cada rearme obliga al vecino a
rearmarse.
Conviene recordar cómo terminó la anterior. La Segunda
Guerra Mundial fue una guerra nuclear: Hiroshima el 6 de agosto de 1945,
Nagasaki el 9. Dos bombas de unos 15 y 21 kilotones, y entre cien y doscientas
mil personas muertas antes de que acabara el año. Se usaron las dos únicas
armas nucleares que existían, contra el único país que no las tenía, cuando ya
estaba derrotado y no podía responder.
Esa es toda la experiencia que tiene la humanidad: una
guerra mundial que llegó al umbral atómico en cuanto hubo armas nucleares
disponibles
Hoy hay 12.187 cabezas nucleares en el mundo, según el
anuario del SIPRI de junio de 2026. De ellas, 9.745 están en arsenales
militares listas para usarse, 4.012 desplegadas en misiles y aviones, y entre
2.100 y 2.200 montadas sobre misiles balísticos en alerta operativa alta Rusia
y Estados Unidos concentran el 83%. Y la tendencia se ha invertido: los nueve
países nucleares están ampliando y modernizando sus arsenales, y el ritmo al
que se desmantelan ojivas retiradas está a punto de quedar por debajo del ritmo
al que se fabrican nuevas