Luiz Inácio Lula da Silva batió este domingo un récord para Brasil y el resto de América Latina al convertirse en el presidente que obtuvo más mandatos democráticos completos. Y lo hizo a la edad en la que muchos otros dirigentes deciden dejar la política.
Además de su cuarto mandato, la remontada del presidente de Brasil frente a su rival de derecha, Flávio Bolsonaro, dejó otro récord. Desde el regreso de la democracia a Brasil, en 1985, ningún presidente había logrado revertir un resultado adverso en la primera vuelta. El mandatario y candidato del Partido de los Trabajadores sumó en estas tres semanas que separan las dos rondas electorales más de 10 millones de votos mientras que su rival apenas logró añadir 3,6 millones.
La cifra fue lo suficientemente contundente como para que Lula lograra una ventaja mayor a la que obtuvo en 2022, cuando derrotó a Jair Bolsonaro, padre de Flávio y entonces presidente. La remontada, como si no fuera poco, le permite resistir como el líder de la izquierda regional ante el avance de la derecha en otros países de la región, hoy alineados con la Casa Blanca de Donald Trump.
De todas maneras, como hizo su padre hace cuatro años, Flávio Bolsonaro rechazó reconocer el resultado y anunció que solicitará judicialmente la anulación de la elección. El senador cuestionó la decisión del juez del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin de extender la votación por dos horas y sostuvo que su aplicación desigual habría perjudicado la igualdad de condiciones entre los votantes. “Es imposible reconocer el resultado electoral dadas las circunstancias en que se desarrollaron estos hechos”, dijo.
La declaración de Bolsonaro no empañó las celebraciones del hito de Lula. Pero el poder de la derecha podría sí obstaculizar la fluidez de su nuevo mandato. Su victoria confirma la capacidad de supervivencia política de Lula. Sin embargo, la derrota de Bolsonaro no debilita el poder que la derecha conserva en el Congreso y los gobiernos estatales. Esa es la paradoja de su próximo mandato: una conquista histórica en las urnas y un margen estrecho para gobernar.
La geografía ayuda a explicar cómo Lula logró revertir la desventaja de la primera vuelta. En Minas Gerais, el estado que tiene el segundo mayor electorado del país, pasó de perder por casi 590.000 votos a ganar por unos 99.000: un vuelco de cerca de 690.000 votos en la diferencia entre ambos candidatos. El estado, que ha respaldado al vencedor de todas las elecciones presidenciales directas desde 1989, volvió a acompañar el resultado nacional. Aunque Flávio conservó la ventaja en los estados de São Paulo y Río de Janeiro, Lula ganó en sus capitales, las dos ciudades más grandes de Brasil, y revirtió el resultado de la primera vuelta en la ciudad de Río.
A ese avance se sumaron su victoria en los nueve estados del nordeste y una mayor participación electoral. La abstención cayó del 21,08% en la primera vuelta a aproximadamente el 19,2% en el balotaje, lo que llevó a cerca de tres millones más de brasileños a las urnas.
Esa participación adicional no puede atribuirse íntegramente a Lula, pero muestra la importancia que tenía movilizar a quienes no habían votado: en la primera vuelta, la distancia entre los candidatos había sido de poco más de 2,2 millones de votos.
La disputa también se libró en los teléfonos de los brasileños. Tras quedar segundo en la primera vuelta, Lula reforzó la movilización digital para intentar ampliar su alcance y convertir el apoyo en participación electoral. El desafío no era solo convencer a indecisos, sino conseguir que quienes ya lo preferían acudieran a votar.
La ofensiva estuvo acompañada de medidas y propuestas de última hora dirigidas a preocupaciones concretas del electorado. Lula promulgó una ley que amplía el límite de facturación del régimen de microemprendedores individuales, planteó nuevas iniciativas para renegociar deudas de los consumidores y defendió acabar con las apuestas en línea, cuya expansión ha contribuido al endeudamiento de los hogares.
En materia de seguridad, incluso se acercó a una bandera de la derecha: respaldó reducir la edad de responsabilidad penal para delitos especialmente graves. La señal buscaba responder a la demanda de mayor firmeza contra el crimen, otro de los grandes reclamos de la elección.
La victoria le permite ahora continuar en el poder, pero también lo obliga a responder a las expectativas que alimentó para lograrla.
El primer desafío de Lula después de celebrar su victoria es legislativo. Los partidos de derecha ocuparán 303 de los 513 escaños de la Cámara de Diputados, frente a 124 de la izquierda y 86 del centro.
En el Senado, la derecha concentrará cerca de dos tercios de los asientos. Eso no convierte a todos esos legisladores en una oposición automática, pero obliga a Lula a construir acuerdos más allá de su base, tanto para avanzar con sus propuestas como para defender las prioridades de su gobierno.
El mapa de los gobiernos estatales también muestra la fuerza que conserva el campo conservador. Tras las dos vueltas, el PL de Bolsonaro conquistó cinco gobernaciones, mientras que Republicanos y el PP obtuvieron cuatro cada uno. El PT ganó cuatro. El PSD, que reúne a dirigentes con distintas alianzas políticas, consiguió otras cinco. Las relaciones con esos gobernadores serán otro terreno de negociación para Lula, que necesitará cooperación regional para llevar adelante sus políticas.