Cuando Luiz Inácio Lula da Silva salió de la sede de la Policía Federal en Curitiba, Brasil, el 8 de noviembre de 2019, cientos de simpatizantes lo esperaban.
Muchos habían estado frente al edificio, de manera intermitente, durante gran parte de los 580 días que pasó tras las rejas, con vigilias para defender su inocencia y exigir su libertad. Gritaban “buenos días”, “buenas tardes” y “buenas noches”.
Lula emergió entonces entre la multitud e hizo lo que mejor ha sabido hacer toda su vida política: dio un discurso.
“No encarcelaron a un hombre”, declaró. “Intentaron matar una idea. Pero no se puede matar una idea”.
Siete años después, Lula tuvo que volver a luchar por demostrar que su movimiento puede sobrevivir pese a una turbulencia sin precedentes. Esta vez la batalla la dio desde el palacio presidencial. Una derrota hubiera significado la primera vez que Lula perdía una reelección; la victoria de este domingo, en cambio, lo convirtió en el primer presidente de Brasil elegido para cuatro mandatos y en uno de los pocos presidentes de América Latina en lograrlo democráticamente.
El 4 de octubre, en la primera vuelta de la elección presidencial, Lula terminó en segundo lugar con el 45,16% de los votos válidos, detrás del 47,03% del senador de derecha Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de prisión por conspirar para revertir el resultado de las elecciones de 2022, que perdió ante Lula.
Pero este domingo Lula se impuso en segunda vuelta con el 51,7% de los votos, superando a su rival Flávio Bolsonaro, quien obtuvo el 48,3%, con el 96% de los votos escrutados.
Con casi 50 años en la política, este será el cuarto y probablemente último mandato de Lula a la presidencia, que se desarrolla en medio de una profunda polarización, una ola de nuevas investigaciones por corrupción, choques con el gobierno de Estados Unidos y una derecha que resurge y avanza por América Latina, alentada por el presidente de EE.UU., Donald Trump.
Es mucho para que cualquiera lo resista, y más para un hombre de casi 81 años que recientemente enfrentó el cáncer por segunda vez. Pero como una figura cuya trayectoria abarcó la transición de Brasil del régimen militar a la democracia, profundos cambios sociales y económicos, y repetidas crisis políticas, Lula domina el arte de la supervivencia.
Nacido en 1945 en el seno de una familia pobre en el estado rural nororiental de Pernambuco, Lula fue el séptimo de ocho hijos. Con el tiempo, la familia se trasladó al sureste de Brasil en busca de una vida mejor, donde Lula trabajó lustrando zapatos antes de convertirse en metalúrgico en el cinturón industrial de las afueras de San Pablo, cuna de su carrera política.
Fue en esas fábricas donde Lula perdió parte del dedo meñique de la mano izquierda en un accidente laboral en 1964. Con el paso de los años y de la lucha política, esa mano se convertiría en un orgulloso símbolo de su identidad de clase trabajadora. También fue allí donde aprendió a manejar multitudes, tras convertirse en líder sindical en la década de 1970. Orador nato, solía dirigirse a los metalúrgicos en huelga durante los últimos años de la dictadura militar de Brasil, cuando fue detenido durante 31 días bajo la Ley de Seguridad Nacional tras una huelga en 1980.
“Es una metamorfosis ambulante”, dijo Ricardo Kotscho, aludiendo al título de una famosa canción del músico de rock Raul Seixas. El veterano periodista brasileño y amigo de larga data, quien fue secretario de prensa de Lula durante su primer mandato, conoció al ahora presidente en 1978, cuando fue asignado para cubrirlo mientras ascendía como líder sindical en San Pablo. “Se burló de mi barba larga”, recordó. “‘Aquí viene otro barbudo universitario a molestarme’”. De inmediato se hicieron amigos.
“Es muy gracioso y muy travieso”, dijo Kotscho. “También siempre ha sido testarudo”.
Esa terquedad le dio la capacidad de articular posturas distintas en pos de un objetivo mayor. “Como líder sindical, tuvo que aprender a negociar con los trabajadores, los patrones y el gobierno, y era una situación frágil”, dijo Kotscho a CNN.
Sin embargo, Lula insistía en que no tenía interés en convertirse en político. “Me dijo, alrededor de 1978, que los líderes sindicales debían mantenerse al margen de la política”, contó Kotscho.