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Nevaco Global
18 de junio de 2026

Del Consenso de Washington al Consenso de Londres

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El Consenso de Washington y el Consenso de Londres representan dos momentos clave en la evolución del pensamiento económico contemporáneo. Mientras el primero, formulado a finales del siglo XX, priorizó la liberalización de los mercados, la disciplina fiscal y la estabilidad macroeconómica como fundamentos del crecimiento, el segundo surge en el siglo XXI como una respuesta crítica a las limitaciones de ese paradigma y propone una visión más amplia del desarrollo, centrada en el bienestar, la resiliencia, la sostenibilidad y la capacidad del Estado. El presente texto examina las características principales de ambos enfoques y muestra cómo el tránsito entre ellos refleja un cambio profundo en la manera de concebir las políticas públicas y los desafíos del desarrollo en el mundo actual.

El Consenso de Washington surgió en 1989, cuando el economista británico John Williamson acuñó el término en el marco de una conferencia sobre el ajuste económico en América Latina. El «consenso» sistematiza una lista de las prácticas de política económica que las instituciones con sede en Washington —el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Tesoro de los EE. UU.— consideraban necesarias para que las naciones en desarrollo lograran estabilidad. Esta lista de prácticas de política económica las recoge Williamson en el libro: El cambio en las políticas económicas de América Latina.

El propósito u objetivo central del “consenso” era alcanzar la estabilidad macroeconómica y la eficiencia productiva a través de reformas orientadas al funcionamiento del mercado. Se fundamentaba en la premisa de que, si se permitía que el mercado funcionara libremente y se garantizaba que los «precios fueran correctos», el crecimiento económico se produciría de forma natural. Este enfoque priorizaba la eficiencia estática y la asignación de recursos por el mercado, operando bajo la lógica de que era necesario agrandar la riqueza nacional mediante una economía de mercado eficiente antes de abordar cuestiones de distribución de ingresos, las cuales se consideraban responsabilidad posterior del Estado mediante impuestos y transferencias.

Los instrumentos de política económica, sintetizados por John Williamson, definieron una era de políticas económicas ortodoxas:

Estas medidas se convirtieron en la base de la política económica predominante durante la década de 1990, siendo los requisitos estándar para que los países recibieran asistencia financiera y préstamos de ajuste estructural por parte de las instituciones internacionales.Desde finales del siglo XX, el Consenso de Washington fue objeto de un cuestionamiento creciente debido a las limitaciones evidenciadas en su aplicación práctica. Si bien sus políticas favorecieron ciertos avances en términos de estabilidad y eficiencia económica, no lograron garantizar de manera sostenida el crecimiento ni la mejora integral del bienestar social. Asimismo, las crisis financieras internacionales y las críticas provenientes del ámbito académico y político pusieron de relieve que el desarrollo no podía sustentarse exclusivamente en la liberalización de los mercados, sino que requería también instituciones sólidas, una adecuada capacidad estatal, atención a la equidad social y una perspectiva de sostenibilidad de largo plazo.

El Consenso de Londres tuvo su génesis en una conferencia internacional convocada en mayo de 2023 en la London School of Economics (LSE). Este encuentro surgió ante la proximidad del 35.º aniversario del ensayo original de John Williamson sobre el Consenso de Washington, con el firme propósito de reunir a un grupo diverso de economistas y científicos sociales para analizar el desarrollo del capitalismo y proponer un nuevo marco de pensamiento económico adecuado para el siglo XXI. Los frutos de esta reunión se plasmaron en el libro: El Consenso Londres. Principios económicos para el siglo XXI. Por ende, las propuestas de política económica del Consenso de Londres responden a los desafíos globales actuales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las pandemias, las desigualdades multidimensionales y la polarización política.

A diferencia del Consenso de Washington, el propósito u objetivo central de este nuevo marco de pensamiento económico, consiste en proporcionar un conjunto de principios direccionales que sirvan de brújula para el diseño de políticas públicas. El Consenso de Londres rechaza explícitamente las recetas de «talla única» y sostiene que cada nación debe desarrollar sus propias prioridades políticas, basadas en su historia, cultura y restricciones específicas. Su meta última es alcanzar una prosperidad compartida y sostenible, donde el éxito no se mida únicamente por el crecimiento del PIB, sino por la capacidad de las sociedades para generar bienestar humano y resiliencia ante la incertidumbre sistémica.

Para articular esta visión, Besley y Velasco proponen (en el Consenso Londres. Principios económicos para el siglo XXI) cinco principios fundamentales:

El primer principio establece que el bienestar debe ser el objetivo central del desarrollo. Se introduce el concepto de «pre-distribución», sugiriendo que las desigualdades deben corregirse durante el proceso productivo y no solo a través de redistribución posterior.

El segundo principio señala que el crecimiento económico sigue siendo indispensable, pero importa tanto su magnitud como su forma y localización. Se enfatiza la eficiencia dinámica y la innovación sobre la mera eficiencia estática de precios. Además, se reconoce la importancia de las comunidades locales, promoviendo políticas de lugar para evitar que regiones enteras queden atrás debido a los cambios en la ventaja comparativa global.

El tercer principio propone construir resiliencia frente a la incertidumbre y los riesgos. El Estado debe asumir el papel de asegurador de última instancia. Esto implica proteger a la sociedad no solo contra la volatilidad macroeconómica, sino también contra choques personales (enfermedad, desempleo), crisis climáticas y fragilidades en las cadenas de suministro globales.

El cuarto principio sostiene que no puede existir una buena economía sin una buena política. Las reformas económicas requieren legitimidad democrática y respaldo social para ser sostenibles en el tiempo. Las políticas diseñadas e impuestas sin considerar las particularidades nacionales o sin procesos de diálogo suelen enfrentar resistencia y fracasar en su implementación. La política es concebida como el espacio donde se negocian intereses diversos, se construyen consensos y se generan acuerdos que permiten impulsar transformaciones económicas incluyentes y duraderas.

Un Estado capaz y eficaz: La capacidad del Estado se considera el complemento esencial de cualquier política exitosa. Se requiere una inversión deliberada en la capacidad fiscal (para recaudar), legal (para hacer cumplir contratos y regulaciones) y de entrega (para implementar servicios públicos de calidad).

En síntesis, el Consenso de Londres plantea que el desarrollo económico del siglo XXI debe sustentarse en la complementariedad entre mercados dinámicos y Estados competentes, abandonando las soluciones uniformes y privilegiando respuestas adaptadas a las circunstancias de cada sociedad. En vez de recetas universales, el Consenso de Londres plantea “proposiciones condicionales”: aplicar herramientas según diagnóstico específico del país y construcción deliberada de consensos democráticos para legitimar las reformas.

En términos generales, los instrumentos de política económica del Consenso de Londres pueden resumirse en: Política macroeconómica contracíclica y regulación financiera; Políticas pre-distributivas para reducir desigualdades desde el origen; Política industrial activa orientada al desarrollo productivo y la generación de buenos empleos; Fortalecimiento de las capacidades del Estado para diseñar e implementar políticas públicas y Flexibilidad en el diseño de las políticas y construcción de consensos democráticos.

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