México debe llegar con estrategia propia, alianza firme con Canadá, defensa trilateral y claridad sobre lo que no puede aceptar. La amenaza no está en la desaparición inmediata del tratado
El T-MEC no murió, pero tampoco salió ileso. La decisión de Estados Unidos de no extenderlo por otros 16 años coloca a América del Norte en una zona gris. No hay ruptura ni demolición jurídica del acuerdo. Lo que hay es una nueva arquitectura de incertidumbre. El tratado sigue vigente hasta 2036, pero queda sometido a revisiones anuales, a una negociación permanente donde cada calendario puede convertirse en una amenaza.
Trump no rompió el T-MEC. Hizo algo políticamente más rentable. Lo dejó vivo, pero condicionado. Lo mantiene como instrumento económico y como arma de presión. No cancela el acuerdo que él mismo presumió como triunfo, sino que lo somete a vigilancia anual para exigir, tensar y capitalizar concesiones de México o Canadá.
El mismo tratado que Washington acusa de insuficiente, sostiene una de las integraciones productivas más profundas del mundo. La industria automotriz, la agroindustria y la electrónica no funcionan como compartimentos nacionales.
Producen en red. Cruzar la frontera muchas veces significa completar un proceso que empezó en un país y termina en otro. Por eso el déficit de Estados Unidos con México no puede leerse como si fuera el déficit con China. En el caso mexicano hay coproducción, no simple desplazamiento.
México intenta presentar las revisiones anuales como una ruta gradual de solución. Su apuesta es convertir lo que podría verse como derrota diplomática en un proceso ordenado de aproximación. Año con año, según esta lógica, se irían reduciendo las diferencias. El problema es que una revisión anual puede ser mesa técnica o cuerda al cuello. Puede resolver diferendos o administrar la presión.
México llega con un dato fuerte. Pese a los aranceles y a la retórica hostil de Trump, se consolidó como principal proveedor de Estados Unidos y también como su principal comprador. Además, conserva una posición arancelaria más favorable frente a China, Alemania, Japón, Corea del Sur y Vietnam. Habla de una ventaja estratégica construida por geografía, integración productiva, reglas de origen y capacidad exportadora. México no está en la mesa como actor marginal. Está ahí porque es indispensable.
Pero ser indispensable no equivale a estar a salvo. La interdependencia protege, pero no inmuniza. En tiempos de nacionalismo económico y populismo arancelario, incluso los acuerdos racionales pueden quedar atrapados en la lógica del espectáculo político. Trump necesita enemigos negociables. México y Canadá cumplen esa función sin romper del todo el tablero.
México debe llegar con estrategia propia, alianza firme con Canadá, defensa trilateral y claridad sobre lo que no puede aceptar. La amenaza no está en la desaparición inmediata del tratado. Está en su condicionamiento permanente. El T-MEC queda vivo, pero bajo tutela política. México no pierde el acuerdo. Entra a una década de ‘incertidumbre administrada’.
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