Al gobierno le encantan las referencias épicas: leones, batallas, Fuerzas del Cielo y la consigna permanente de que cualquier decisión política y económica es la mejor del mundo y única en la historia. Lo mismo ocurre con el ensamble doméstico pergeñado entre gallos y medianoche el mismo día del triunfo de Javier Milei entre su hermana y Santiago Caputo, al que llamaron pomposamente “triángulo de hierro”. Cada uno de ellos, además, fue “El León”, “El Jefe” y “El Mago del Kremlin”. Demasiada fantasía de Hollywood para un rejunte poco ortodoxo que al poco tiempo mostró fragilidad. La semana que pasó fue, posiblemente, el peor momento de ese triángulo que se agrieta y oxida en cada cateto.
La disputa comenzó con el manejo de “la caja”. Tal como aseguró hace muchos años el malhadado Alfredo Yabrán, el dinero sirve para construir poder y éste para garantizar impunidad. Si además, a esa tríada se le suma el manejo de la información reservada y el uso discrecional del dinero público, qué mas puede pedirse para que la codicia por hacerse del control del Estado y del coto más preciado: la Secretaría de Inteligencia.
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