Esta semana tuve el privilegio de cerrar el ciclo Líderes que Inspiran de Suburbia, hablando sobre cultura de servicio ante una organización de más de 13,000 colaboradores.
Mientras preparaba la conferencia, una idea no dejaba de darme vueltas: el terreno en el que competirán las empresas está cambiando.
Durante décadas competimos por producto, precio, tecnología, ubicación, distribución y eficiencia. Todo eso seguirá siendo importante. Pero cada vez será más fácil acceder a tecnologías similares, automatizar procesos, copiar productos y eficientar la logística.
Hay algo mucho más difícil de copiar: una cultura extraordinaria.
Creo que la gran competencia de los próximos años será por la mente y el corazón de nuestros colaboradores, porque serán ellos quienes conquisten la mente y el corazón de nuestros clientes.
Durante años he escuchado a empresarios quejarse de las nuevas generaciones. Que no se comprometen, que quieren demasiado reconocimiento, que ya no tienen la lealtad de antes.
Quizá nos están recordando algo profundamente humano: todos necesitamos sentir que importamos, que pertenecemos, que podemos crecer y que aquello a lo que dedicamos buena parte de nuestra vida tiene sentido.
Entonces quizá la pregunta no sea: ¿cómo hacemos para que los jóvenes se comprometan con nuestra empresa?
Sino: ¿qué clase de empresa tenemos que construir para que las personas quieran comprometer su mente y su corazón con ella?
Hay una vieja historia sobre tres hombres que cortaban piedra durante la construcción de una catedral.
Al preguntarles qué hacían, el primero respondió: “Corto piedra”.
El tercero levantó la mirada y dijo: “Estoy construyendo una catedral”.
El líder modela lo que significa servir. Después enseña, guía, reconoce y exige. Con ello forma personas capaces de hacer lo mismo con otros. Personas que descubren que su trabajo no consiste únicamente en cumplir una función, sino en contribuir a algo que vale la pena.
Y cuando eso sucede, el líder empieza a multiplicarse a través de su gente.
El que ha sido escuchado aprende a escuchar. El que ha sido reconocido aprende a reconocer. El que ha sido ayudado a crecer ayuda a otros a crecer. El que descubre la satisfacción de servir lleva esa actitud al cliente.