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Irónicamente, Donald Trump eligió el miércoles el Palacio de Versalles para firmar el acuerdo de entendimiento con Irán, justo el lugar donde el imperio alemán aceptó su capitulación en 1919 tras la Primera Guerra Mundial. La analogía es inevitable: el documento de 14 puntos que Washington ha acabado aceptando después de casi cuatro meses de guerra es una rendición en toda regla.
BarcelonaIrónicamente, Donald Trump eligió el miércoles el Palacio de Versalles para firmar el acuerdo de entendimiento con Irán, justo el lugar donde el imperio alemán aceptó su capitulación en 1919 tras la Primera Guerra Mundial. La analogía es inevitable: el documento de 14 puntos que Washington ha acabado aceptando después de casi cuatro meses de guerra es una rendición en toda regla.
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Irán mantiene sus desafíos: el programa nuclear, su arsenal de misiles balísticos y el apoyo a sus aliados en la región. El régimen de Teherán, que Trump había prometido aniquilar, no solo continúa en el poder sino que también se ha convertido en un interlocutor legítimo, y ahora –siguiendo la analogía del Tratado de Versalles– aún recibirá reparaciones de guerra: un fondo de 300.000 millones de dólares, recuperará sus activos congelados en el extranjero y le levantarán las sanciones. La única concesión de Teherán es reabrir el estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel del 28 de febrero. Cabe recordar que Irán ya se había comprometido a no desarrollar armamento nuclear en el acuerdo firmado en 2016 con la administración Obama, que tuvo el aval de todas las grandes potencias. Otro punto negativo para Trump es la decepción de las petromonarquías árabes del golfo Pérsico, tradicionalmente aliadas de Washington, que se han dado cuenta de que esta alianza no garantiza su seguridad y buscan alternativas.
“Irán ha salido del conflicto golpeado, pero en una posición estratégica más fuerte, con su régimen y su capacidad de amenazar la región intactos. Este resultado, después de meses de destrucción y disrupción económica mundial, es el mayor fracaso de política exterior de los dos mandatos de Trump. Y las consecuencias de este fracaso persistirán mucho después de que acabe la guerra y harán que el creciente desafío estratégico de Estados Unidos en Oriente Medio sea aún más difícil de afrontar”, sentencia Firas Maksad, investigador de Oriente Medio de Eurasia Group.
El llamado Memorando de Entendimiento firmado “telemáticamente” por los presidentes Trump y Pezeshkian traduce sobre el papel el resultado de la batalla: Estados Unidos e Israel, a pesar de su enorme capacidad militar, no han podido ganar la guerra contra un país aislado y sancionado. Y como ocurre en todas las guerras asimétricas, la parte más débil puede proclamar victoria solo por haber sobrevivido, mientras que la fuerte es humillada si no se impone. “El humillante Memorando es solo una manifestación de la incapacidad de Estados Unidos e Israel de ganar esta guerra y del agotamiento de las defensas aéreas, que hacía muy peligroso continuar la guerra física, algo que la comunidad militar y de inteligencia de Estados Unidos ya había advertido", explica Frédéric Schneider del Middle East Council on Global Affairs. Una de las grandes incógnitas es cómo Trump llegó a creer que podía desmantelar el régimen iraní en 48 horas, después de asesinar a su líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei.Militarmente, las claves de la victoria de Irán son básicamente tres: su arsenal de misiles, el uso masivo de drones –un arma barata y capaz de desbordar las defensas antiaéreas– y sobre todo su capacidad de controlar el estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del tráfico mundial de gas y de petróleo y otras materias clave, como fertilizantes o los alimentos que importan los países del Golfo. Esto cortó una arteria crítica y provocó un impacto económico gravísimo de alcance mundial. El punto 5 del acuerdo incluso reconoce a Irán el derecho a negociar con el resto de países costeros el régimen de “servicios marítimos” en el paso del estrecho.
La República Islámica supo absorber los golpes de sus atacantes y mantuvo la capacidad de responder con ataques de misiles y drones contra Israel y las bases norteamericanas en el Golfo. Irán también atacó infraestructuras energéticas y de otro tipo en los estados árabes del Golfo. Esto socavó el objetivo declarado por Estados Unidos de proteger a sus aliados regionales y dio la vuelta a su reputación como refugios de estabilidad.
Más difícil es determinar la situación interna en Irán después de estos cuatro meses. Por un lado, la agresión exterior ha hecho enmudecer las protestas internas, y por otro, ha consolidado el control del aparato militar sobre el sistema político, con medidas como un bloqueo total de internet. Al mismo tiempo, la guerra ha agravado los problemas económicos que Irán arrastra desde hace décadas, derivados de las sanciones, los ataques contra su moneda y también de la corrupción sistémica. La destrucción de infraestructuras –desde puentes hasta fábricas o plantas energéticas– ha sido importante. “Pero para el gobierno iraní, el daño económico ha sido secundario durante la fase más caliente de la guerra, cuando el país pasó a modo supervivencia; pero ahora será un tema clave”, apunta Schneider. Por eso el fondo de reconstrucción, el levantamiento de las sanciones o la reanudación de las exportaciones de petróleo son fundamentales para Teherán.
Para Eduard Soler, del consejo académico del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos, el acuerdo demuestra que tanto Estados Unidos como Irán “perciben que sería más peligroso volver a la guerra, y esto lo hace resiliente, a pesar de la desconfianza mutua o los intentos de sabotaje”. En el mejor de los casos Trump ha entendido que esta guerra ha sido un error, y que insistir en ella solo empeoraba las cosas. “Pero este es el cálculo racional, y sabemos que Trump no siempre actúa así”, apunta.
El punto más débil es el Líbano. Aprovechando su ventaja estratégica, el régimen iraní ha decidido no dejar caer a su aliado, Hezbollah, y ha insistido en que sin alto el fuego en el Líbano no hay acuerdo. De hecho, los ataques israelíes de la noche del jueves hicieron descarrilar la reunión prevista para el viernes en Suiza para poner en marcha la nueva fase de las conversaciones. “Israel tiene la capacidad militar de boicotear el acuerdo y sabe que acabar la guerra así le supone un paso en falso”, dice Soler. El investigador constata que Netanyahu cree que Estados Unidos no pueden permitirse mostrar al mundo que han renunciado a garantizar la seguridad de Israel.
Estados Unidos e Israel han degradado el programa nuclear iraní y sus capacidades militares y de defensa, pero no han conseguido ninguno de sus objetivos estratégicos. Irán ha hecho pagar un coste, diplomático, militar, político y económico lo bastante alto como para que Trump haya tenido que buscar una pista de salida. Teherán es inferior militarmente, pero está en una posición de ventaja política y estratégica. Conserva la capacidad de controlar Ormuz y también de volver a lanzar ataques contra toda la región, empezando por Israel.
Después de haber abandonado Hamás y Gaza, y de no haber podido evitar la caída del dictador sirio Bashar al-Assad, Irán ha reactivado su estructura de alianzas regionales, con Hezbollah en el Líbano y los hutíes en Yemen. Estos dos actores son vistos ahora como pilares de la estrategia de defensa de Teherán, ya que pueden amenazar directamente a Israel y el tráfico de mercancías por el mar Rojo, respectivamente. Es lo que recientemente Teherán ha bautizado como “el nuevo cinturón de seguridad”. Teherán se ha dado 60 días con la firma del acuerdo para pensar cómo aprovecha esta ventaja estratégica, mientras Estados Unidos, Israel y los países del Golfo encuentran la forma de esquivar el cuello de botella de Ormuz. Quizás esta batalla se habrá acabado, pero todavía queda mucha guerra.
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