Millones de estadounidenses votan para decidir el control del Congreso en unas elecciones consideradas un plebiscito sobre las políticas de Donald Trump
Estados Unidos vive un momento decisivo en su historia cuando acaba de cumplir 250 años de su independencia. Millones de estadounidenses votan este martes en las elecciones de medio mandato, unos comicios cruciales que definirán los límites de su democracia. Decidirán qué partido tendrá el control del Congreso. Si el Legislativo, donde se concentra el poder de los ciudadanos, tendrá la suficiente fuerza para ser el contrapeso que frene la agenda ultra de Donald Trump.
Del resultado de estas elecciones dependerá parte del futuro más inmediato del país. Al presidente le quedan dos años de mandato. El Capitolio está en juego y será decisivo en ese periodo: se renuevan los 435 asientos de la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 escaños del Senado. Los ciudadanos también votan una treintena de gobernadores de Estado, numerosos cargos estatales, así como cambios legislativos regionales, como un impuesto sobre la riqueza de los multimillonarios en California.
La primera potencia mundial se ha deslizado por una peligrosa pendiente bajo el mandato del republicano. Un presidente deslenguado, con tendencias xenófobas, machistas y tics autoritarios, que se salta las decisiones judiciales, insulta y amenaza a la prensa y somete a las instituciones; ha convertido el Departamento de Justicia en un instrumento para perseguir a sus detractores. Las midterms son vistas como un plebiscito sobre esta forma de gobernar que divide al pueblo estadounidense.
La movilización de los ciudadanos dispuestos a emitir un veredicto en estas elecciones está siendo extraordinaria. Se han registrado récords de votación anticipada en numerosos Estados. Hasta el lunes se habían emitido casi 59 millones de votos, un 28% más que en las últimas midterms de 2022. Casi 27 millones de estos votos se enviaron por correo, un 6% más, pese a que el presidente ha denostado esta vía porque dice, sin pruebas, que favorece el fraude.
Los principales sondeos reflejan una ola azul (el color de los demócratas) y los analistas políticos debaten sobre si finalmente se convertirá en tsunami ante el descontento con las políticas migratorias de la Casa Blanca, la frustración por el alto coste de la vida, los aranceles y el impacto de la guerra contra Irán. Trump está en su peor momento, con el índice de popularidad más baja de su carrera política.
El último sondeo publicado por The New York Times/ Siena mostraba que los demócratas se podrían alzar con todas las contiendas reñidas, incluso en Estados históricamente republicanos como Texas o Kansas, donde los demócratas no ganan desde hace 94 años. Pero las casas demoscópicas suelen infravalorar el tirón de Trump.
Para contrarrestar la hiperactividad del republicano, la campaña ha contado con la participación del expresidente demócrata Barack Obama, quien intervino en varios mítines en Míchigan y Ohio y ha publicado vídeos de apoyo a aspirantes de su partido. Este martes ha emitido un último mensaje de respaldo al candidato demócrata al Senado en Míchigan, Abdul El-Sayed. “Abdul es médico y ha tomado interés especial en luchar por que haya buenos trabajos, mejores seguros de salud y costos más bajos”, se escucha en el mensaje, recogido por la CNN.
Las encuestas conceden una holgada victoria a los demócratas en la Cámara de Representantes. Las proyecciones también les otorgan una mayoría, aunque más ajustada, en el Senado. Ganarle una Cámara históricamente más conservadora supondría una amarga derrota para Trump. Siete Estados concentran esa batalla: Texas, Míchigan, Ohio, Kansas, Maine, Alaska y Iowa. Varias figuras emergentes del Partido Demócrata, como James Talarico (Texas), o Abdul El-Sayed (Míchigan), han atraído buena parte de la atención durante la carrera electoral, donde los partidos y los grupos de interés han invertido mucho dinero. Elon Musk, por ejemplo, ha gastado 474 millones de dólares [unos 423 millones de euros] para favorecer a los republicanos y, sobre todo, perjudicar a Talarico en Texas, a donde hace poco Tesla trasladó la sede de sus operaciones.
Trump se ha mostrado inquieto durante los últimos días. Canceló los dos últimos mítines para programar un acto por videoconferencia en varios lugares. El lunes pronunció su último discurso de campaña. Extrañamente, lo dedicó a alardear sobre las obras de la piscina reflectante de Washington, cuya reforma ha impulsado. Este martes ha publicado cerca de 200 mensajes en su red social, Truth, apoyando a todos los candidatos republicanos y atacando a los demócratas. También ha presumido de haber ganado en Guam, territorio estadounidense en el Pacífico. “Siempre se ha considerado firmemente demócrata”, escribió. ¡Vaya, ojalá esto sea un indicio de lo que está por venir!”, agregó.
Mientras, los colegios electorales aún seguían abiertos en los Estados de la costa oeste al cierre de esta edición en una jornada que transcurría sin grandes contratiempos. Se espera que el resultado de la Cámara de Representantes se conozca de madrugada, mientras que el Senado podrá demorarse algunos días si la elección es muy justa. El escrutinio comenzará cuando cierren los colegios electorales a partir de las 18.00 (hora local, medianoche en España) en algunos puntos de la costa este y hasta la una de la mañana en Alaska.
El conteo de los votos será lento en algunos sitios. Varias máquinas de votación en el condado de Westchester (Nueva York) han sufrido problemas y no se han podido escanear las papeletas. En Florida, las lluvias han provocado inundaciones que han obligado a reubicar dos docenas de centros electorales. En Alaska, además, se espera una larga batalla judicial. Trump intenta bloquear el resultado en caso de que pierda el candidato conservador. Acusa a los demócratas de haber colocado para la contienda electoral a un candidato independiente que se llama prácticamente igual que el aspirante republicano, Dan S. Sullivan. No se descarta que los partidos pidan el recuento en los Estados con resultados más reñidos, como podrían ser Iowa, Maine o la citada Alaska.
Entre las filas demócratas también existe el temor de que el presidente no acepte el resultado de las elecciones, como ya hizo en 2020 cuando perdió contra Joe Biden en las presidenciales. Tras la derrota, sus arengas alentaron el asalto de sus seguidores al Capitolio el 6 de enero de 2021, con idea de impedir que el colegio electoral certificara la victoria de Biden. Fue una de las jornadas más negras de la historia de Estados Unidos.
Trump ha tratado de influir en las elecciones. Impulsó el rediseño de los distritos electorales en algunos Estados para que favorecieran a los republicanos, presionó al servicio postal para controlar el voto por correo, trató de acceder al censo electoral de varios distritos, e impedir el voto por correo, pero los tribunales han tumbado buena parte de sus artimañas. Aun así, ha ordenado al Departamento de Justicia que despliegue a un millar de observadores por todo el país, en una decisión que se interpreta como una medida de presión para los votantes de origen extranjero, afectados ante la dureza de la política migratoria de Trump, que ha convertido a los agentes del ICE y la Patrulla Fronteriza en símbolo de la brutalidad contra los inmigrantes.