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Nevaco Global
20 de septiembre de 2026

El estrecho infinito

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Un cierre de Ormuz prolongado y desbordado sería el punto de inflexión de unos mercados energéticos al límite y tener efectos políticos duraderos

Al comienzo de la guerra, se pensaba que Irán no podría cerrar Ormuz de forma prolongada y que el flujo de petróleo continuaría con perturbaciones parciales hasta restablecerse de manera gradual. Estas expectativas, asentadas en décadas de análisis estratégicos y simulaciones y en las dos guerras del Golfo precedentes, cuando petroleros y metaneros siguieron transitando por el estrecho, se han mostrado equivocadas.

Casi siete meses después, Ormuz sigue oscilando entre unos flujos reducidos, de en torno al 60% cuando no hay ataques, y el cierre casi completo cuando Estados Unidos e Irán los intercambian. Mientras ha primado el equilibrio inestable de “ni paz ni guerra”, los precios del petróleo incorporaron primas de riesgo elevadas, pero se mantuvieron por debajo de los 100 dólares por barril.

El cierre del estrecho ha obligado a una reconfiguración geográfica y logística de los flujos petroleros. Los compradores han tenido que sustituir el petróleo bloqueado en el golfo Pérsico, Irán ha perdido sus exportaciones por el bloqueo estadounidense, y Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han redirigido parcialmente sus exportaciones por oleoducto hacia el mar Rojo y el golfo de Omán, respectivamente.

Logísticamente, el petróleo ha transitado por Ormuz opaca y fragmentadamente mediante buques que desactivan sus sistemas de señalización y usan intercambios barco a barco para no ser localizados, aumentando costes y riesgos, y obligando a ofrecer grandes descuentos imitando la operativa de la flota fantasma iraní. Este impasse de flujos reducidos, fragmentados y redireccionados ha permitido contener el impacto en los mercados, pero en agosto la erosión de los inventarios devolvió los precios del crudo a los máximos de mayo.

En septiembre, el conflicto ha escalado rápidamente, con ataques iraníes a petroleros y represalias estadounidenses sobre la flota fantasma de Irán, que también ha atacado buques y bases estadounidenses. Los precios del petróleo y el gas se han disparado ante un equilibrio crecientemente inestable y sin una senda clara para alcanzar una solución negociada.

Las cotizaciones se moderaron cuando Omán convocó una conferencia regional sobre su propuesta conjunta con Irán de gestión de Ormuz, pero volvieron a tensionarse al posponerse ésta y reiterar Irán que no permitirá el tránsito hasta que Estados Unidos acepte unas demandas que hoy parecen inasumibles, como cobrar servicios por tránsito o fijar unilateralmente corredores de navegación.

Tras siete meses de perturbación, la capacidad de los mercados energéticos para seguir reajustándose y comprando tiempo está al límite. Según la Agencia Internacional de la Energía, la producción perdida en el Golfo es ya de 10 millones de barriles diarios de petróleo y la recuperación no llegará hasta 2027, dados los crecientes riesgos de seguridad. Y ello, con una solución rápida: en caso contrario la crisis se extendería hasta bien entrado el año que viene.

Además de corto, se preveía que el conflicto se limitaría geográficamente a ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, sin grandes desbordamientos energéticos regionales. Por el contrario, Irán mostró mayor capacidad de lo esperado para resistir y atacar infraestructuras energéticas vitales para sus vecinos. El desbordamiento se acentuó cuando sus aliados en Irak y Yemen se sumaron al conflicto. Los houthis ya habían atacado en 2019 con drones el oleoducto saudí Este-Oeste, obligando a cerrarlo de manera preventiva. En abril de este año otra de sus estaciones de compresión fue alcanzada por un misil iraní y en julio facciones iraquíes pro-iraníes sabotearon varias secciones. El 10 de septiembre, otro ataque con drones de esas milicias han obligado a cerrarlo de nuevo, en principio durante varias semanas, y a volver a redireccionar sus flujos vía Ormuz. En paralelo, los houthis atacaron con drones y misiles otras instalaciones petroleras saudíes para obstaculizar esta solución. También capturaron posiciones en el estrecho de Bab el-Mandeb, ampliando el riesgo de perturbaciones de Ormuz al Golfo de Adén que tras desentenderse Estados Unidos sólo la presión china sobre Irán parece poder contener.

Esta prolongación y extensión del choque de oferta supone un desafío para aquellos importadores europeos que han intentado amortiguarlo fiscalmente confiando en su corta duración. La subida de los precios energéticos se ha transmitido al debate político, extendiendo su influencia a futuras contiendas electorales y ahondando en la creciente polarización que rodea a las cuestiones energéticas. El cierre de Ormuz empieza a hacerse demasiado largo y extenso, revelando implicaciones políticas y económicas que podrían perdurar tras su eventual reapertura. Ya no es algo temporal, sino que precisa una respuesta a largo plazo: acelerar y racionalizar la transición energética para reducir cuanto antes y en la mayor medida posible la exposición a las importaciones de combustibles fósiles.

Gonzalo Escribano es investigador del Real Instituto Elcano y catedrático de economía en la UNED

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