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Estados Unidos e Irán avivan la batalla por un estrecho clave para la economía mundial y las navieras temen un gran sobrecoste en el transporte. La idea del republicano da carta de naturaleza al cobro en el paso marítimo
Martes, 23 de junio. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, aterriza en Abu Dabi con un mensaje claro: el estrecho de Ormuz, dice, es una “autopista marítima internacional” y, como tal, “ningún país puede cobrar peajes o tasas” en ella. “Es lo que dice la legislación internacional, lo que ocurre en otras vías marítimas alrededor del mundo y lo que esperamos que suceda allí también”. Sus palabras tienen varios destinatarios: Emiratos Árabes Unidos, el país amigo que visita, y el resto de exportadores de hidrocarburos del golfo Pérsico podrán exportar sin cortapisas. Y, por supuesto, Irán, que —según sus palabras— no podrá hacer caja con los barcos que transitan por esa vía clave para el transporte de petróleo, gas y los derivados de ambos.
Lunes 13 de julio. Todas las esperanzas que trajo consigo el acuerdo de alto el fuego se desvanecen. Donald Trump acaba de notificar al Congreso que su país vuelve a estar en guerra, y su discurso sobre Ormuz da un giro radical: “Estados Unidos será reembolsado, a una tasa del 20% [del valor] de toda la carga transportada, por todos y cada uno de los costes necesarios para llevar a cabo la tarea de proporcionar seguridad y protección en esta zona tan volátil”. Poco antes, en una entrevista en Fox News, su cadena de televisión predilecta, se había autodenominado “ángel de la guardia” del estrecho.
Martes 14 de julio. Mientras el reloj descuenta las horas para la entrada en vigor de un nuevo bloqueo estadounidense de Ormuz, efectivo solo para los barcos iraníes, Trump vuelve a la carga... y da marcha atrás a su manera: “He decidido reemplazar la tasa del 20% con acuerdos comerciales e inversiones que varios países del Golfo harán en EE UU”, escribe en su red social, Truth, para, al rato, decir en una comparecencia en el Despacho Oval que no cree que “nadie deba poder cobrar una tarifa por el uso del estrecho”.
Pese a lo peregrino de la idea —y a que el magnate republicano ha hecho del no cumplir sus palabras, promesas o amenazas un estilo de vida—, una fuente de la Administración estadounidense había asegurado el lunes que la posición de Trump es “muy seria” respecto a este punto. “Es lo que siempre había querido hacer, pero la gente le había tratado de convencer de que no. Para él es una decisión instintiva y, en cierto modo, ha vuelto a interesarse por ello”, agregaba en declaraciones al portal informativo Semafor.
Entre los que se han mostrado en contra de esa “decisión instintiva”, y lo han hecho, además, en público, están Rubio, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Basta un repaso a la hemeroteca para encontrar varias declaraciones contra la idea de cobrar un peaje... cuando esta era de Teherán.
Irán —que mantiene conversaciones sobre ello con su vecina Omán desde hace semanas— ha puesto varias veces sobre la mesa una posibilidad que este lunes cambió de bando. Es Trump −quien, junto a Benjamín Netanyahu, lanzó la guerra que desembocó en el cierre de Ormuz− el que ve posible ahora cobrar por transitar esas aguas.
En uno u otro bando, la sola idea arrasa con cualquier atisbo de seguridad en una zona crítica para la economía mundial. Y da carta de naturaleza a unos peajes que no tienen “ningún fundamento jurídico”, como recordaba este martes la Organización Marítima Internacional (OMI, dependiente de Naciones Unidas), pero que cada vez parecen más cercanos.
Con este bandazo, el enésimo, Trump sirve además en bandeja un potente argumentario a sus antagonistas: Teherán no hace sino ver respaldada su propuesta de cobrar por cruzar Ormuz. “El presidente de Estados Unidos tiene toda la razón. Quien garantice el paso seguro de los buques mercantes por el estrecho debe ser compensado por este servicio”, publicaba el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchí, tras la propuesta del republicano. Añadía, a renglón seguido, su propia interpretación: “Irán siempre ha sido el guardián del estrecho y lo seguirá siendo para siempre. El 20% es, por supuesto, excesivo. Nosotros seremos justos”.
La salida de tono y posterior marcha atrás de Trump acercan, de hecho, aún más a Irán y a Omán. Este lunes, horas después de escuchar a la Casa Blanca, las autoridades omaníes reafirmaban que su “prioridad” seguía siendo llegar a un acuerdo “con Irán para garantizar la libertad de navegación”. Incluso los países que en un principio basculaban entre ambos contendientes parecen alejarse cada vez más de Washington. Ninguna capital de Oriente Próximo fue consultada por el Gobierno de Trump antes de lanzar su propuesta, según han publicado el medio catarí Al Jazeera y el estadounidense Axios.
De la lectura del Truth de Trump de este martes, no queda claro tampoco si son nuevos pactos esos “acuerdos comerciales e inversiones que varios países del Golfo harán en Estados Unidos”, anunciados a todas luces para disimular su última recogida del carrete de sus amenazas y, según los analistas de Washington, para evitar su indeseado efecto en el precio de la gasolina en un año electoral. O si el republicano se estaba refiriendo simplemente a los acuerdos cerrados tras su visita a la región el año pasado, de donde se trajo, entre otros regalos para él y para su familia, un avión donado por Qatar que el presidente aspira a usar como Air Force One y que ya ha dejado las primeras dudas sobre su seguridad.
En una comparecencia ante la prensa este martes en el Despacho Oval, donde ha recibido al primer ministro iraquí, Ali Al Zaidi, Trump ha dado explicaciones a su marcha atrás: “Me contactaron diversas personas y representantes de distintos países —reyes, emires y figuras que todos respetamos— para decirme que preferirían hacerlo de otra manera: invertir miles de millones en Estados Unidos en lugar de cobrar una tarifa; y, de hecho, esa idea me agrada, porque no creo que nadie deba poder cobrar una tarifa por el uso del estrecho", ha dicho.
Ormuz ha vuelto a ser, en los últimos días, el estrecho de Schrödinger: abierto según Estados Unidos, cerrado según Irán. Sobre el terreno, la realidad es mucho más matizada: algunos barcos siguen cruzando, sí, pero con cuentagotas si se compara tanto con el volumen de cruces previo a la guerra como con el de las semanas inmediatamente posteriores al memorando de entendimiento. Los que se atreven, lo hacen a oscuras, con el transpondedor apagado, para pasar lo más desapercibidos posible y evitar ser atacados.
Los cruces se han desplomado especialmente en la ruta sur, una vía que discurre por aguas omaníes y que, sobre el papel, cuenta con el amparo de la Armada estadounidense. Eso indica, según el medio especializado Lloyd’s List, que “entre los armadores se está erosionando la confianza en esa protección”.
Solo en la última semana, al menos siete buques han sido atacados por Irán, la mayoría, buques-cisterna de gran capacidad vinculados a empresas de hidrocarburos emiratíes, saudíes y cataríes que participan en un esquema por el que estas embarcaciones, escoltadas por navíos de guerra estadounidenses o supervisadas por aeronaves, asumen el riesgo de traspasar Ormuz para luego distribuir su carga a otros buques más pequeños frente al puerto de Fuyaira (Emiratos Árabes Unidos).
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