La región vinícola francesa, ahora asolada por los incendios, se enfrenta a la caída de los precios, los aranceles y el cambio de preferencias de los consumidores. La conjunción de todos estos factores obliga a los productores a arrancar miles de hectáreas de vides
El vino está asociado con la alegría de vivir. Menos veces, con el drama. En poco tiempo, tres viticultores de Burdeos se han suicidado. El 31 de diciembre, el bodeguero Guillaume Petregne se quitó la vida en Bouscat, un suburbio al norte de Burdeos, poco después de marcharse de sus viñas, Château Guillaume, en la comuna de Saint-Yzans-de-Médoc. Había concedido una entrevista a la emisora France Info: “Me dije: no puedes seguir así”, explicó. “Tienes que parar antes de que el banco venga y te embargue la casa, los muebles, y te encuentres viviendo como un indigente bajo un puente”. Mucha de esta desesperación procede seguro de ver vinos de Burdeos o del sur del Ródano a dos euros la botella en algunos supermercados.
A finales de noviembre pasado, el Gobierno del presidente Macron anunció un plan de 130 millones de euros para desbrozar (levantar) viñedos este año y 2027. Por ahora solo en el departamento de la Gironda, el segundo más grande de Francia, “se han arrancado 19.000 hectáreas de vides”, según Dominique Techer, portavoz de la Confederación Campesina (Confédération Paysanne). Es el comienzo. Otros enólogos, formados en Burdeos, como Eduardo García, hablan de la necesidad de arrancar 60.000 hectáreas. El tamaño de La Rioja. Y el bordelés Gregory Pérez, quien ha trabajado en Château Cos d’Estournel (Saint-Estèphe), reivindica viajar: “Burdeos ya no se vende solo”.
Los aranceles del 15% aprobados por Trump a los vinos galos ha obligado, según Guillaume Touton —distribuidor de vinos del país con sede en Nueva York—, a reducir los precios promedio el 8%. “Incluso los Grand Crus Classés, de Burdeos, que no querían cambiar sus costes, han ofrecido promociones”. Poco a poco se forma la tormenta perfecta. Hay un atasco de volumen —vino no vendido— de la región pese a la bajada de precios de las dos últimas añadas y el “gusto” —se lee en el último informe dedicado a Burdeos del experto Quim Vila—, “en la pasada década se ha desplazado hacia regiones más exclusivas como Borgoña”. Nunca como hasta ahora parece que la política, las guerras y el dinero tendrán un peso tan decisivo en las tarifas y botellas disponibles. Por si fuera poco, ahora la región se ve sometida a otro factor de tensión: los incendios.
“La situación de Burdeos es real, pero a menudo se simplifica demasiado”, matiza Frans Roskam, director técnico y enólogo de Château Cantenac (Saint-Émilion). “Existe, desde luego, una crisis que afecta a parte del sector, con programas de arranque de viñas, caída del valor de las tierras en algunas zonas —hasta llegar a 15.000 euros la hectárea— y graves consecuencias humanas, y, desde luego, no deben minimizarse”, añade. “Pero creo que se trata, sobre todo, de una ruptura del modelo económico y de cambios en los hábitos de consumo”. Burdeos se construyó en torno a grandes volúmenes y la distribución tradicional a través del comerciante de vino. Durante décadas, muchos productores no tenían contacto directo con los consumidores o compradores; el sistema de négociants (intermediarios) se encargaba de ello. Hoy en día, los elaboradores necesitan tener mucha más presencia en el mercado.
El cambio climático ha provocado —junto al descenso de clientes— algo inaudito. La recuperación oficial del clarete. Un vino tinto que se bebe frío (8 °C -12 °C). Tiene su “reto positivo”, narra Stéphanie Sinoquet, directora general de la asociación de Viticultores de Burdeos, ya que los productores han recurrido a variedades de uva no tradicionales y resistentes al calor. Las temperaturas más cálidas permitieron que los frutos alcanzarán una “maduración mejor y más uniforme”. Porque el incremento de los niveles de alcohol son una preocupación: ahora es habitual llegar al 15%. Para colmo, se ha encarecido el agua de riego.
“Hace 20 años, a la gente le gustaban los tintos robustos con alta graduación alcohólica, pero hoy se buscan vinos más ligeros y frescos”, indica el crítico de Le Figaro Bernard Burtschy, En esto coincide con un experto español, Juan Manuel Bellver, “vinos de trago fácil”, resume. Es una época de filtrar. “Burdeos no se limita a vinos de 500 euros. La mayor dificultad la soportan los caldos de gama de entrada, ya que los clientes actuales tienden a beber menos, pero mejor”, sintetiza Frans Roskam.
También hay un cambio geográfico del gusto que sienta bien a España. La revista Wine Spectator ha decidido no catar botellas de Burdeos en Nueva York, como hasta ahora, sino caminar las viñas francesas. Y en nuestro país, al igual que destaca The New York Times, hay vinos de “estilos sobrios” como el Fino y la Manzanilla de Andalucía. Nadie conoce mejor esta fractura que Peter Sisseck. Autor del célebre Pingus, con sus 100 puntos primero de Parker y ahora de su sustituto: Luis Gutiérrez.
“Hablaba con un bodeguero y me comentaba que de esta crisis saldremos al igual que en los últimos 300 años, también escapamos de la Segunda Guerra Mundial”, ahonda Sisseck. Pero quizá ese exceso de confianza haya sido parte del problema. Este bodeguero abre tres vías. “Ahora puede llegar un elaborador [gracias al acuerdo de libre comercio con América Latina] chileno, al que nadie conoce, y ni siquiera está sujeto a un límite de producción como en la Unión Europa, y nos hace un roto con un vino mediocre”, advierte. Y hay (como hemos visto) dos problemas añadidos. “Los jóvenes ya no beben y la crisis climática ha provocado que empecemos a vendimiar el 3 de septiembre pasado”, observa Sisseck. “La esperanza es que a diferencia de España, donde no existen los negociants [intermediarios], aquí, en Francia, unas 3.000 personas se levantan todos los días pensando en vender Burdeos; es su trabajo”, zanja.
Quizá, uno de los problemas, resalta el distribuidor Quim Vila, es un periodo de fuerte especulación y luego un descenso de precios. Entre 2009 y 2010, el mercado chino compraba Burdeos como si “fuesen acciones y las revendían entre ellos”. Ayudaban unos tipos de interés en Europa en ocasiones negativos. Era fácil —apunta el distribuidor Zoran Ristanovic— no solo comprar vino, sino también tierra. Y Burdeos tiene la extensión en viñas que suman Australia y Nueva Zelanda a un coste ínfimo. Pero solo un 1% posee la clasificación de Grand Cru. Señal de calidad y altos precios. El de baja calidad puede adquirirse por nada, hoy, en una tienda. La subida de los tipos de interés, la salida del consumidor chino, los nuevos hábitos y la emergencia climática descargan sobre Burdeos como jamás en su historia.