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Nevaco Global
28 de mayo de 2026

De Ubú Rey a Donald Trump, el reto de satirizar a quien ya no se avergüenza

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Nave 10 de Matadero Madrid recupera el clásico de Alfred Jarry en un momento en que la realidad de varios líderes políticos se ha vuelto más grotesca que la farsa

En 1896, Alfred Jarry partió el teatro en dos. Su gordo, narcisista y vulgar Ubú, tirano de una imaginaria Polonia, quebró el metrónomo de la decencia de la época con solo pronunciar su primera palabra en escena. Su mítico “merdre” —con esa erre atravesada como escupitajo a punto de salir— convirtió el patio de butacas del Théâtre de l’Œuvre de París en una trifulca que duró 15 minutos entre opositores enfurecidos que pedían la suspensión y defensores de que la obra siguiera; un pequeño inciso en la larga historia de éxito de un personaje que ha servido durante más de un siglo como burla grotesca del poder más autoritario.

Pero el efecto repulsivo de un rey que comía “coliflores a la mierda” y cobraba impuestos de casa en casa parece quedarse corto para retratar a líderes que han hecho del exceso su programa de campaña. Poco le puede importar a la política moderna que la sátira le atribuya las proclamas obscenas y la total ausencia de pudor de Ubú si el propio presidente de Estados Unidos dice con total naturalidad cosas como: “Tengo los dedos largos y bonitos, al igual que otras partes de mi cuerpo, como ya se ha documentado en alguna ocasión”. ¿Cómo ridiculizar entonces a quien ya no se avergüenza?

La dramaturga María Folguera se ha lanzado al reto con una adaptación del clásico de Jarry que dirige Hugo Nieto y que podrá verse en Nave 10 de Matadero Madrid desde este jueves y hasta el 21 de junio. “Es verdad que la sátira está en shock”, empieza reconociendo Folguera: “Y lo está porque se han apoderado de su lenguaje. Hay una rotura de protocolo y una parálisis donde, además, se pueden despojar de su peso palabras como holocausto, genocidio o democracia. Se dice cada vez una barbaridad más fuerte para neutralizar la anterior”. Por eso, aunque Trump es inevitablemente reconocible en el contemporáneo presidente Ubú que ha creado —un hombre que impone aranceles, pretende cerrar medios de comunicación y viaja en un avión de oro—, Folguera no quería hacer una imitación porque “no se puede competir”. “Con esas mismas herramientas de imagen y de tono, él escenifica su propio show cada día, entonces para qué repetirlo”, cuenta.

En su obra la fuerza individual del Ubú de Jarry —parodia de Macbeth— se diluye un poco conforme avanza la trama para abrir paso a una guerra interna de partido y una reflexión más española sobre los tiempos políticos que habitamos. “El texto piensa en el mercado de la atención y en cómo redes sociales e inteligencia artificial se usan para destruir al adversario. Termina siendo una cosa más de cloacas de partido que de un político en concreto”, cuenta la dramaturga. Por el escenario pasan asesores interesados, cachorros de partido o una primera dama influencer con más hambre de poder que el esposo. Al fin y al cabo, sigue Folguera, “Ubú desde su creación ha atravesado distintas décadas y siempre emite un reflejo distinto a la sociedad que lo está mirando”.

Folguera apenas necesita exagerar ciertos vicios del presente para volverlos grotescos en escena. Y la sátira, en lugar de fungir como un ejercicio de revelación, de quitar máscaras a quien las lleva puestas, sirve más como un ejercicio de reconocimiento de lo ya conocido. “En tiempos así es interesante acordarse, por ejemplo, de 2004 [se refiere a las torturas de militares españoles a prisioneros en Irak, que tienen una referencia en la obra], recordar la memoria del siglo XXI, que es un siglo acelerado, donde es muy fácil perder el hilo”, continúa.

La sátira contemporánea ya no compite contra lo oculto, sino contra el exceso cotidiano. Y hay quienes ven en esto una crisis importante. Hal Foster, uno de los teóricos culturales más reconocidos de nuestro siglo y autor del libro Qué sigue después de la farsa, lo explica: “La sátira históricamente ha dependido de exposición, de desmitificación. Y, como ya se ha dicho, no hay nada que exponer cuando hay políticos que están bastante felices de mostrar abiertamente su corrupción”. Él defiende que el arte tiene que encontrar alternativas de creación constructivas que ya no impliquen exponer y desmitificar. “La línea dadaísta y destructiva del avant-garde —considero a Jarry un precursor del Dadá— ya no es efectiva, es menos válida. Y la otra, en cambio, es constructiva, mira hacia adelante a nuevos mundos y propone incluso proyectos utópicos. Ahí se tiene que mirar ahora. La transgresión solía ser una estrategia de la izquierda y se ha vuelto una estrategia de la derecha. Y creo que esto ha confundido a los artistas”, agrega.

Frente a su escepticismo, otros expertos prefieren aferrarse al instinto de resistencia. Paula Vogel, dramaturga estadounidense y ganadora del premio Pulitzer, sigue confiando en el efecto catártico de la sátira. Ya en 2017, organizó un maratón creativo donde reunió a autores de todo su país para reimaginar las escenas de Jarry bajo el prisma del universo Trump. Hoy piensa lo mismo que entonces. “Jarry nos dio a Ubú como una herramienta necesaria para cuando el caos y la corrupción política alcanzan niveles intolerables. La realidad pura ya no es capaz de retratar por sí sola la decadencia actual. Solo la comedia puede reventar el grano del ego y la autocomplacencia”, defiende a través de un correo electrónico.

La puesta en escena de Nieto responde directamente a este pensamiento y quizá en ella, más que en el texto, descansa casi inalterada la esencia original de la obra. Nieto se rodea de un elenco, encabezado por Antonio Pagudo como Papi Ubú y Marta Guerras como Mami Ubú, experto en teatro gestual y cómico: Dani Llull, Eduardo Mayo, Elena Lombao y Cristina Gallego en algunas funciones supliendo a Guerras. “Para mí era muy importante recuperar la esencia de los títeres, que era originalmente el inicio del Ubú Rey, y con ese juego plantear todas las situaciones que plantea la obra, que son algunas muy burlescas”, explica. Por eso mete a sus actores en enormes blusones que endurecen sus movimientos, pero los mantiene con un ritmo frenético y siempre exagerado, y los acompaña con efectos de sonido en directo o actuaciones musicales —con letras del propio Nieto y música de Miguel Magdalena— que recuerdan a mítines de extrema derecha. Tampoco faltan las referencias escatológicas visuales, muy presentes en el texto de Jarry y menos en el de Folguera.

Según cuenta Pagudo, todavía sudado después de un exigente ensayo — “Esto requiere condición física de superhéroes”, dice una compañera— y con la aprobación del resto, más allá de pequeñas referencias visuales, han construido sus personajes sin imitar a nadie: “Lo importante es no perder nuestra identidad como payasos. Descubres que hay un umbral en el que la máscara te da la información y no necesitas fijarte en ningún personaje”. Es decir, su trabajo gira partiendo de la base de que ellos no son los que copian a los Ubús reales de hoy, sino que los líderes les han copiado a ellos.

El politólogo Guillermo Fernández-Vázquez, doctor en Ciencia Política y experto en extrema derecha europea, lo confirma: “No solo no les importa ejercer un poco de bufones, sino que sus propios asesores de comunicación les dicen que hagan determinados gestos un poco ridículos, porque les funcionan. Son líderes de la memeficación”. Una de las razones por las que esto funciona, sigue Fernández-Vázquez, es que “se piensa que ellos dicen en alto lo que todos pensamos en bajo. Trump es como el pequeño hooligan que tenemos todos dentro”. Es decir, permiten a sus seguidores librarse de la vergüenza. Lo adelantaba el propio Jarry en el siglo XIX cuando decía que, al menos de la cintura para abajo, todos somos Ubú.

Y esa idea sobrevuela el espectáculo entero. El Ubú de Folguera, Nieto y Pagudo a veces genera la empatía de quien lo mira, pero no lo hacen quienes lo vitorean mientras grita: “¡Por mis huevos!”, para anunciar que lanzará desde drones cupones de 2x1 en hamburguesas. “¿Sentís vergüenza? ¿Soy yo o eres tú?“, canta Ubú como marco, al principio y al final del espectáculo. Porque quizá la respuesta de la sátira de hoy no esté en avergonzar a los tiranos que gobiernan, sino a quienes los hemos votado.

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