El intento de rebautizar ahora el lago Ontario o Nuevo México es más que una ocurrencia: es un método de acoso y un espejo de la megalomanía presidencial
Donald Trump ha demostrado en la Casa Blanca una singular obsesión por cambiar el nombre a toda clase de cosas, desde accidentes geográficos a centros culturales en Washington o aeropuertos en Florida, y muy a menudo para ponerles el suyo propio. Ahora ha alcanzado nuevas cotas con la insinuación de que el Estado de Nuevo México se llamará Nueva América.
Lo dejó caer en un mensaje en su red social. Y al día siguiente, con el país inmerso en una guerra en Irán sin salida y el coste de la vida disparado, no tuvo mejor idea que continuar mandando otros mensajes con el mapa de Estados Unidos alterado con su última ocurrencia. Podría parecer ridículo, como una versión moderna del emperador Calígula nombrando cónsul a su caballo, si no viniera del líder de la primera potencia mundial. Y si no fuera por todo lo que esconden esas arbitrariedades y salidas de tono.
El bautismo del golfo de México como “de América”, anunciado al principio de su segunda presidencia, preludió el imperialismo renovado de lo que más tarde rebautizaría como doctrina Donroe, y se entendió como un desprecio por la identidad de América como continente. La decisión de quitarle su nombre indígena, Denali, a la montaña más alta de Norteamérica para ponerle el del presidente McKinley, pisoteó la herencia nativa de Alaska. El cambio más reciente del lago Ontario por el de lago América ha buscado provocar, en plena guerra comercial, a la vecina Canadá, cuyo líder, el primer ministro Mark Carney, ha sabido aglutinar a sus compatriotas en su enérgica respuesta a los continuos desafíos de Trump. El caso del lago Ontario, como el del golfo de México, ha servido además para comprobar lo rápido que Apple o Google se pliegan a los deseos del presidente cambiando sus mapas. Y ha rescatado del olvido a MapQuest, veterana aplicación de cartografía, cuya negativa a obedecer la aupó a la lista de las apps más descargadas.
Bajo el afán de Trump por renombrar subyace la obsesión de un megalómano preocupado por apuntalar su legado, alguien que no confía en que los que vengan detrás vayan a reconocerle sus logros en la altísima estima en que él los tiene. Porque algunos de los cambios de nombre posiblemente no sobrevivan a su salida de la Casa Blanca, y otros, como el de Nuevo México, no están siquiera en su mano llevarlos a cabo. Pero sirven a otros propósitos: conseguir que no decaiga el espectáculo de la confusión que es su presidencia y distraer a la opinión pública de lo fundamental, el fracaso de sus políticas y la degradación de la democracia estadounidense.