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Nevaco Global
25 de mayo de 2026

Hablar con Putin

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Europa debe prepararse para estar en la mesa de cualquier hipotético diálogo sobre el futuro de Ucrania

La posibilidad de nombrar un representante de la Unión Europea que esté presente en una hipotética negociación con Rusia para poner fin a la guerra de Ucrania es una conversación aún incipiente en Bruselas, pero debe ser bienvenida como sintoma de una renovada ambición de Europa de sentarse allí donde se decida el mapa político y estratégico del continente para los próximos años y del que había sido excluido. La idea desactivaría el injustificable ninguneo con que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha tratado a la UE en las iniciativas previas de resolución de la guerra. La reunión de ministros de Exteriores de la UE que se celebra esta semana en Chipre y donde se discutirá el asunto es una excelente oportunidad para emitir un claro mensaje de que, además del apoyo logístico y económico a Ucrania, la Unión es un interlocutor solvente en la finalización del conflicto.

Más allá de los nombres, lo interesante es el contexto en el que la idea se ha puesto sobre la mesa. El primer lugar, llega tras la constatación de que las iniciativas surgidas desde Washington, algunas meras operaciones propagandísticas, no han tenido recorrido alguno más allá de generar inquietud en Ucrania y en Europa. La guerra iniciada por Rusia en febrero de 2022 lleva meses con el frente estancado. Es una guerra encallada y sin horizonte más allá del desgaste y la carnicería humana.

La UE se mueve tras constatar el fracaso diplomático de EE UU para avanzar hacia el fin de la guerra. Precisamente esa inoperancia estadounidense da a la iniciativa europea mayor credibilidad en un hipotético papel como interlocutor eficaz ante Moscú. Son los europeos quienes llevan el mayor peso del esfuerzo que supone el apoyo a la defensa de la integridad ucrania, aportando no solo el grueso de la ayuda militar, sino también recursos económicos, defendiendo las sanciones contra el régimen ruso y soportando en mayor medida las consecuencias de las represalias rusas a esas sanciones.

En segundo lugar, es cierto que Vladímir Putin dispone ahora mismo de una situación económica menos complicada debido al regalo que supone, como exportador de hidrocarburos, el cierre del Estrecho de Ormuz en el contexto de la guerra de EE UU contra Irán. Esta coyuntura le ha permitido ver reducidas parcialmente las sanciones que pesaban sobre las exportaciones energéticas rusas. Pero también es verdad que —además del descontento social interno provocado por una larga guerra que no termina— la economía rusa atraviesa importantes dificultades provocadas precisamente por las sanciones decretadas por los países de la Unión y el Reino Unido tras la invasión y a la trituradora de recursos financieros, logísticos y humanos que es una guerra. Esto supone un notable punto de ventaja negociadora de la UE a la hora de sentarse con el presidente ruso.

La larguísima guerra en suelo europeo lleva ya tiempo empantanada en un peligroso y mortal impasse que demanda urgentemente una solución y ha llegado el momento de que Europa, que sí ha mantenido firmes sus principios de apoyo incondicional a Ucrania, cambie de mentalidad. La UE hace bien en prepararse para estar presente en la toma de decisiones sobre el conflicto y no resignarse a ser un mero espectador de lo que se decida entre Rusia y Estados Unidos, como han pretendido hasta ahora Washington y Moscú. La política del apretón de manos entre hombres fuertes ha fracasado. Es hora de que Europa, y sobre todo Ucrania, vuelvan a tomar la palabra.

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